21 de agosto 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

Nos parece apropiado citar a Harry Elmer Barnes, en una muy buena obra denominada «Historia de la Economía del Mundo Occidental» y que data de los años 50. En el aparte acerca de los mercados, realizaba esta simple reflexión: «Cierto que nuestras recientes experiencias especulativas deberían impedirnos adoptar una actitud de superioridad, respecto de las ' burbujas' del siglo XVIII. Con toda nuestra mayor experiencia y nuestros mejores métodos financieros, todavía perdemos grandes sumas en la especulación. Hasta el punto de que las antiguas «burbujas» parecen juegos de niños...». Y hoy se puede repetir, sin tocarle una coma, el mismo texto. Y mucho más remarcado, porque al haber sido escritos no estaban todavía vigentes las nuevas y fundamentales herramientas, como las comunicaciones actuales, la Internet, la tecnología en los procesos, la infinidad de programas que pretenden hacer invulnerables a mercados y a inversores. La gran utilización de los «derivados» del mercado normal, aportando su cuota extra para los grandes negocios -fabulosos-pero también llevando el riesgo a su límite último, con la carga explosiva que ello implica en momentos de pendiente y de graves inquietudes. Lo que primero empezó con: «Esto se para así». Después se transformó en: «¿Y a esto cómo se lo para?». La semana actual ha resultado terrible. Y siempre nos apartamos de lo que es el resumen de un índice, o la contabilización de bajas de precios. Es mucho más terrible, porque en cada jornada se fueron agregando situaciones desesperadas, como la de la mayor entidad de créditos de los Estados Unidos. ¿Podría esto último hacer reaccionar a la Fed en el sentido al que se la está invitando con un desastre tras otro? La baja de tasas, el objetivo principal y acaso único para que la presión ceda. Y allí viene lo otro: ¿presión natural, o mucho de presión inducida? Porque se ha visto en estos días que muchos de los que dispersaban calma y no veían al momento como tan difícil, después se conjugaron para pronosticar peores males. Y se hizo un embudo, o un estrecho pasadizo, para lograr el propósito.

Cuánta vigencia poseen esos párrafos que mencionamos, donde los episodios legendarios y que parecían aterrar al lector moderno quedan como simples travesuras, comparados con los desastres que se engendran desde las pantallas del hombre moderno. Y de banqueros que ya no lo son. Y de operadores de mercados que llevan a los mercados al extremo, para después pedir el «salvataje» que tapone sus tropelías. Lo que le ha pasado a los Estados Unidos con su mercado inmobiliario estaría bien para países de larga historia en desvíos económicos y financieros -como el nuestro, por caso-, pero que suceda en quien es el rector de la economía mundial trasciende toda imaginación. Y más todavía cuando hubo abiertas advertencias tempranas. ¿A qué conduce todo esto? Es la gran pregunta ahora.

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