Por ahora, son las « calificadoras de riesgo» las que han quedado expuestas, ante el desastre de los créditos inmobiliarios en Estados Unidos. Les llueven críticas y es posible que hasta muchos que tienen intereses cruzados, y hasta directos, con ellas las suelten de la mano. En toda época y lugar, ante cualquier tipo de catástrofe de mercados, hay que «tirarle» a la gente que se irrita un racimo de supuestos únicos culpables. Aquí llegamos al extremo -en tiempo de efectuar el «canje»- de culpar a los compradores de bonos, pasando por alto a los responsables de las administraciones que llevaron al país a la crisis. (Al tocar este punto, delicado, todo se arregló echando las culpas al Fondo Monetario... y a otra cosa.)
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Es indudable que tales « calificadoras» son un eslabón de la cadena y que poseen un poder de inducción que se utiliza de mala manera. Las tardías reacciones, cambios de calificaciones apresurados y cuando todo ya está casi consumado en el desastre, es un clásico visto en todas partes y no solamente ahora. Pero esto no puede ser utilizado -en realidad sí puede, no deberíapara tratar de encubrir responsabilidades mucho mayores. Como la liviandad bancaria en entrega de créditos y la absoluta negligencia en organismos de control, que no se mueven preventivamente. Y hasta llegar a la cúpula, de quienes no hacen caso a las advertencias y dejan que todo siga, como si fuera un proceso de autorregulación y que naturalmente irá a corregirse. En 2000 sobrevino en el enorme cráter originado en el fenómeno de la «burbuja» de las tecnológicas, que terminó pagando en todas direcciones, excesos de todo tipo, codicia desbocada, valores imaginarios y hasta sociedades que eran más virtuales que reales. Ahora, solamente cambió de sector.
Como el asunto no tuvo epicentro en el mercado bursátil, el accionario, los parientes de las «calificadoras» -los que denominamos como «Curro's Brothers»- han quedado fuera de los reflectores. Pero convendría refrescar esas recomendaciones y cotejarlas con aquello que hicieron en la realidad con sus verdaderos clientes.
El problema del mundo moderno es que el «virus mediático» está mucho más potenciado en sus alcances, llega a cualquier parte, lo cubre todo, bombardea al simple inversor con descargas permanentes y procura crear la corriente necesaria en la dirección deseada. Eso es una verdadera estafa intelectual, más allá de que la gente siempre tiene el poder de utilizar el filtro y protegerse de la malicia. Pero alguien por encima y actuando de protector de un escenario que tiene que ser limpio y transparente tiene el deber de ejercer ese poder y calificar a los que califican o penalizar a los que se desvían con opiniones que no condicen con sus hechos. Nunca como ahora se estuvo en mayor peligro al actuar en los mercados.
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