Le contamos una pequeña historia, de hace mucho, mucho tiempo. Previo al terrible «crac» de 1929 y cuando todo el mundo venía embriagado en la vida fácil de los después llamados « locos años 20», hubo un señor -John J. Raskob-que era presidente del Partido Demócrata de los Estados Unidos. Un día, se le ocurrió escribir un artículo al que no tuvo empacho en titular como: «Todos debieran ser ricos». En éste, el entusiasta político decía: «Si un hombre ahorra 15 dólares a la semana y los invierte en buenas acciones, al cabo de 20 años tendrá -por lo menos-unos 80.000 dólares. Y sus inversiones le producirán un ingreso aproximado de 400 dólares al mes. Es decir: será rico...». Obviamente, el lector tendrá que mentalizarse con las cifras que hoy le parecerán demasiado modestas, imaginando el dólar con el valor de aquella época, o fijando una suma aproximada, a lo que podría utilizarse en la actualidad. El hecho es que lo importante pasaba por esa fórmula tan simple y donde los sujetos de casi todas las clases sociales -desde el potentado hasta el barbero-solamente se hacían la misma pregunta: ¿por qué aquello no se les había ocurrido antes?...
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A fines de octubre de 1929, la enorme burbuja se pinchó. La ilusión de la ganancia perpetua, y fácil, se hizo pedazos. Y después, hasta engendraron bromas tan crueles -de la épocacomo que: «Con cada acción de Goldman Sachs le regalan al comprador un revólver». Y que al ir a alquilar una habitación en un hotel, el conserje le preguntaba: «¿La quiere usted para dormir o para arrojarse por la ventana?»... En sólo dos meses, 40.000 millones de dólares -de 1929- se habían volatilizado. Y la nota sobre «todos ricos» también sepultaba a un político que creía haber descubierto la fórmula de la felicidad.
Viene a cuento, porque esa misma postal ya se había visto varias veces antes, siglos antes, en distintos mercados y economías líderes. Y siguen teniendo vigencia en toda la historia posterior: hasta llegar al drama actual que sacude a los Estados Unidos -y al mundo-con la terrible experiencia de las hipotecas, de los créditos, de los apalancamientos, y donde han caído en algo muy similar a aquel presidente demócrata: pretendiendo que la «cadena de la felicidad» se podía armar. Para que todo público accediera a ella, ganaran las constructoras, los bancos se llenaran de dinero, los créditos convertidos en bonos fueran un negocio excelente, las aseguradoras hicieran sus regias comisiones asegurando tales riesgos, la economía toda se viera arrastrada al eterno crecer anual...
Y la historia se repite. Sin que se la pueda detener a tiempo. Un destino fatal de ver burbujas crecer, después estallar. Para buscar otras.
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