26 de marzo 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

Los «llorones de Wall Street» -gran apelativo que les puso un analista foráneo-han venido tejiendo en estos días (donde nuestro ambiente andaba también cubriendo rutas y hoteles, junto con la grey porteña que escapa en cuanto puede), acaso demostrando que consiguieron esos baldazos de dólares, intentando limpiar la sangre de las calles financieras. Por allí surgió -como estímulo-el decir que «los bancos perdieron menos de lo esperado» y, ante lo cual, se nos ocurre que sería lindo ver los balances y el modo en que han inscripto esos créditos hipotecarios fallidos. Si apareció la vista gorda, permitiendo una contabilidad «imaginativa» para pasar el mal trago, es algo que sería difícil de suponer en otra época. Pero está visto que aquella comunidad del Norte ya no es la misma que antes: y ahora colocan por delante los salvatajes, dejando de lado los castigos y la decantación natural de los que debían irse por la rejilla, como precio a sus desmanes y malas administraciones. Se parecen cada vez más a nosotros, y otros similares, lo que no constituye -para nada-una comparación elogiosa. Solamente indica que el mundo se está nivelando hacia abajo, tirando por la borda una serie de principios básicos que mantengan limpia la selva de los mercados y de las finanzas. Es uno de los lamentables, pero útiles, derivados que nos queda de todo lo que vino arrastrando esta crisis del nuevo siglo. Diques rotos, el agua que vino con todo y -lo peor-trayendo una densa columna de basura, de la más baja ralea. Contando con la actitud primero contemplativa, después conformista, de sus autoridades políticas. Si recuerda el lector este detalle, puede ser muy testimonial: la expresión, la actitud, toda la dureza del discurso de George Bush, cuando sucedió la hecatombe y pinchadura de las «tecnológicas» unos años atrás. Las medidas punitivas que de inmediato también se tomaron (como ver a directivos de Enron salir esposados y detenidos por el FMI, con las sentencias posteriores). Y cotejarlas con los mensajes que parecían ser casi fraternales, como si estuvieran perdonando algún error menor a: bancos, financieras, agentes, y toda la cofradía que participó en prender fuego a la economía de ellos. Y de todos, por extensión.


Como la laxitud extrema derivó en esa lluvia de dólares (¿cuántos estarán dando la vuelta por el mundo, con tanto dar marcha a la maquinista?) y ahora surgió un principio de complacencia, con respuesta positiva en los índices del NYSE, ya todo puede caber y nada asombrar. Pero hay un trasfondo que siempre seguirá latente, el que mantendrá la luz roja encendida en el día tras día: saber cuánto tardará la gente en curarse nuevamente del espanto sufrido. Y no se resuelve con una medida de la Fed.

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