18 de junio 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

Un desastre. El país se ha convertido en una postal de la Edad Media, como en épocas en que los «campesinos», hartos de las permanentes opresiones recaudatorias de los reyes, se alzaran espontáneamente. ¿De qué manera se puede analizar, ponderar, escribir u opinar sobre mercados? Y, sin embargo, al simple periodista -a quien le pagan para hablar sobre el tema, en especial lo bursátil-no le queda otra salida que intentar engarzar lo que sucede fuera de los muros de la Bolsa de Comercio con lo que puede verse adentro. Por de pronto, creemos que el operador de estos momentos -en la compra-es un hacedor de carteras de mediano y largo plazo. Y que elige y selecciona, con serenidad, los papeles a los que puede considerar muy acomodados en sus precios, para esperarlos. O bien algún espíritu con ansiedad de consumir adrenalina al por mayor y arriesgarse a actuar como en el « trading», en un contexto que está en llamas.

Y siempre repicando campanas sobre lo mismo: como está la situación interior, no es posible saber si se ha tocado fondo, llegado a lo último de la cadena de degradación, o si esto solamente es una muestra en la superficie y todavía faltan etapas peores. Llegando a concluir que puede no ser todavía el fondo del valle, resulta sumamente arriesgado entrar en el juego en esta etapa. Otra cuestión es levantar la mira y pensar que -como siempre ha sido y será- los momentos traumáticos serán superados, y las empresas, que avalan a las acciones emitidas, seguirán permaneciendo en su lugar. Tratando de producir, de generar beneficios, de poder ampliar sus sociedades y siendo una buena opción de inversión.  

¿Por cuántos gobiernos, libritos económicos, situaciones de tensión y hasta dramáticas, han pasado las empresas cotizantes? Ellas siguen, los activos están, las ganas de engrandecerse no se han visto diluidas. No se manifiestan expresamente -esto ha resultado también un mal permanente del concierto industrial, que critica en pasillos y se allana en público-, pero puede inferirse que la industria también está rogando por menos atropellos. Por diálogos, por ejercer debidamente los instrumentos que otorga la democracia, en lugar de verse inmersa en esta postal que recrea casi a la Edad Media en pleno siglo XXI. ¿Y el inversor qué puede hacer frente a esta dilapidación de ocasiones que se ve en la Argentina? Si se está adentro, esperar. Si se está afuera, también. Entrar en la fruición de operar en una semana como la que se ha diagramado -corta, pero más dañina que el veneno-queda reservado solamente al « apostador» de mercado. Una raza que gusta del riesgo extremo: caldera de infierno.

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