Debacle de los bancos en EE.UU.

Economía

Volvieron a derrumbarse los bancos en EE.UU. El mercado anticipa que tendrán aún más pérdidas. Freddie Mac, una agencia de hipotecas, se desplomó 24% en un día. Otro gigante hipotecario, Fannie Mae, perdió 13%. Bancos de inversión como Lehman Brothers cayeron 11,4%. Merrill Lynch 9,3%, Wachovia 8%, Citigroup 5,5% y JP Morgan 4%.

En Gran Bretaña, el banco Bradford & Bingley (la fusión de dos antiguas sociedades de construcción) se balancea a la vera del abismo. Todavía no transcurrió un año desde el colapso de Northern Rock, y la escena se repite con lujo de detalles (menos la fotogénica corrida de depositantes). Dos intentos de recolectar capital fracasaron con estruendo, y el valor de la acción roza apenas 9% de lo que supo ser doce meses atrás. En EE.UU., Indymac -otro banco hipotecario del pelotón de los líderes- también debió pasar el sombrero por el mercado de capitales para encontrarse con idéntico saldo: las manos vacías. Ante la perspectiva de perderlo todo, los accionistas institucionales de B&B están aportando 400 millones de libras (el doble en dólares) como inyección de efectivo para prolongar la vida de la entidad. Como las imposiciones, después del affaire Northern Rock, están respaldadas por el Tesoro inglés, no hay signos de corrida. Indymac -que tiene 17 mil millones de dólares en depósitos garantizados, pero no la totalidad enfrenta un futuro más sombrío: expuesto a sufrir un drenaje mayúsculo de recursos, todavía carece de una estrategia clara para salvar el trance. Corolario: su acción vale magros 38 centavos cuando excedía los 31 dólares un año atrás.

En pleno mar embravecido por la crisis, son los dos naufragios más probables. Casos extremos que, en su crudeza, revelan el talón de Aquiles de la banca. La erosión que generan las persistentes pérdidas crediticias obliga a reforzar la estructura patrimonial de continuo, para mantenerse a flote. Si el capital se fisura y nuevas suscripciones no sellan el daño con presteza, la navegación zozobra. Y cuando hasta los roedores abandonan la nave, y el valor de la firma se hunde, es tarea titánica embarcar inversores.

Desde 2007, los bancos perdieron 400 mil millones de dólares brutos a costa de la crisis financiera. En faena encomiable, se las arreglaron para compensarlo apelando a inyecciones de capital (por aproximadamente 325 mil millones de dólares) y ganancias de fuentes diversas. Así, una variable proxy del patrimonio de la banca comercial de los EE.UU. señala que su posición a fines de junio no era sustancialmente distinta de la que regía cuando estalló la crisis internacional. Pero, como los activos bajo control aumentaron (en forma forzosa) y su calidad se resquebrajó, tal situación supone un desequilibrio a corregir. O aumentando el capital, o podando dividendos, o lanzando el sobrepeso de activos por la borda (lo que anticipa una severa contracción crediticia con cargo sobre el resto de la economía).

Para peor, la hemorragia de pérdidas no se detiene. En la meticulosa contabilidad del FMI, la proyección de los daños totales por la crisis suma 945 mil millones de dólares. De esa cifra, la factura que recaería sobre las espaldas de los bancos se calcula entre 440 mil millones de dólares y 510 mil millones. La cuenta al día ya cubre entre 80% y 90% de tal estimación. Pero la dinámica actual amenaza desbordarla con creces. Es verdad que cuando se terminen de recolectar los quebrantos del segundo trimestre, se advertirá una desaceleración (un rojo menor que en los dos trimestres previos). Pero, bastará para superar el tope previsto por el FMI. Y nada indica que la fuente de pérdidas esté próxima a secarse.

Conclusión: cuando la semana pasada se deslizó que una reputada compañía de inversión -Bridgewater Associates- manejaba una proyección de 1,6 billón de dólares (4 veces los registros a la fecha) nadie se animó a descartarla de plano.

La vuelta de tuerca final estriba en un delicado efecto de realimentación. En la medida en que las pérdidas se montan y con ellas trepan las necesidades de tomar capital, el valor de las acciones cae a plomo. Y a más velocidad. Los bancos, se dijo, ya perdieron 400 mil millones de dólares (brutos, no netos, y antes de impuestos), pero en términos de su valor de mercado, la baja de las cotizaciones les destruyó capitalización por más de 1 billón de dólares (dos veces y medio esa cantidad). Tómese el caso de Citigroup. Las pérdidas contables ascienden a 42,9 mil millones de dólares desde 2007. Se obtuvo capital marginal por 2 mil millones de dólares en exceso. Sin embargo, el valor de la compañía se pulverizó. En menos de dos años, 221 mil millones de dólares se evaporaron. Hoy en día, adquirir todo el paquete accionario del Citi costaría menos de 84 mil millones de dólares. Cuando la institución deba reponer capital, para afrontar nuevas pérdidas, saltará a la vista la brutal reducción de su poder de compra. Y, por cierto, mayores perjuicios van en camino: quizás entre 6 y 9 mil millones de dólares, mucho menos que los 19 mil millones de cada uno de los dos trimestres anteriores, pero suficientes para provocar un dolor de cabeza.

De ahí, los estertores que despierta cualquier estimación de requerimientos adicionales de capital. Aun cuando carezca de sólido fundamento o se trace a mano alzada. Tal la situación que enfrentan las dos mayores agencias hipotecarias patrocinadas por el gobierno: Fannie Mae y Freddie Mac. Ambas cayeron más de 17%, el lunes, al conocerse un informe de Lehman que sugería la obligación de apartar 75 mil millones de dólares en respaldo patrimonial extra. El propio regulador -el titular de OFHEO- salió al cruce: negó la especie y facilitó una recuperación transitoria de los papeles. Ayer, sin embargo, las acciones volvieron a desmoronarse. No importa que exista una garantía implícita del Tesoro, el costo de protegerse de un eventual incumplimiento trepó en el mercado de Credit Default Swaps y disparó el chapuzón en la Bolsa. Fannie Mae declinó 13% y Freddie Mac, 23%. No es un tema menor. Sin ánimo de exagerar: ambas instituciones son las que mantienen en pie el funcionamiento del mercado hipotecario de los EE.UU. Sus obligaciones conjuntas exceden los 5 billones de dólares (más que la totalidad de la deuda del Tesoro en poder del público).

Este remolino de precios revela mejor que ningún otro indicador que, otra vez, la desconfianza reina peligrosamente en el corazón del sistema financiero. Cuando en marzo se vivió una situación similar, la respuesta de las autoridades no se hizo esperar. El rescate a Bear Stearns fue la punta del iceberg, la acción visible, pero la estrategia incluyó también una flexibilización ad hoc de rígidos límites regulatorios. Así se puso a salvo al resto de los bancos de inversión. Si la vorágine prosigue, no debería sorprender que la tesitura se repita. Que en vez de dejar chocar a los bancos contra el muro de las exigencias de capital, se busque la forma elegante de correr la pared.

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