29 de agosto 2001 - 00:00

Diálogos de Wall Street

(Un operador de la Bolsa de Nueva York, que se identifica con el nombre de Gordon Gekko -el mítico personaje de la película "Wall Street"-, analiza las señales de retracción de la economía a nivel mundial. Los efectos de la globalización comienzan a hacerse sentir claramente.)

Diálogos de Wall Street
PERIODISTA: Uno recorre el mundo y, mire el país que mire, no importa mucho el continente, los bríos de la economía se están apagando.

Gordon Gekko: Hay escasas excepciones.

P.: ¿Cuáles?

G.G.: China o quizá la India.

P.: Dos economías bastante cerradas.


G.G.:
Y con un gran mercado doméstico. Esa es la razón por la cual la crisis internacional no los impacta de lleno. La indiferencia ante la crisis que exhiben varios países de Africa se debe, claramente, no tanto a su tamaño, como a su desvinculación supina del quehacer mundial. Si pertenecer tiene sus privilegios, no pertenecer tiene también los suyos, aunque se puedan contar con los dedos de una mano. Digamos que se trata de la módica bendición de ser irrelevante.

P.: La regla es, sin embargo, una desaceleración pronunciada en todos los continentes. Un enfriamiento sincronizado que aflige a los países del G-7 pero que, desde ya, no se detiene allí. Basta observar México o el sudeste de Asia.


G.G.:
Son los bemoles de la integración. Como la globalización conecta a los países en serie, un cortocircuito en los Estados Unidos puede terminar con un apagón fronteras afuera. Son las reglas del juego. Cuando los tiempos son buenos, todos se apuran por anotarse. Y borrarse ahora, lamentablemente, no evita el golpe. Hay que absorber los efectos de una brusca desaceleración en los flujos del comercio internacional y un cambio en el patrón de los flujos de capital que los aleja de todo aquello que huele a riesgo.

P.: ¿Hay antecedentes de un cuadro tan generalizado de abrupta pérdida de dinamismo?


G.G.:
Sí, claro. El antecedente más cercano data de la recesión de 1991. Es muy curioso: en los últimos 20 años todos estos episodios recesivos (como en 1974 o en 1982) estuvieron precedidos por fuertes subas en el precio del petróleo. La nueva economía, por lo visto, no ha podido desentenderse de esa anacrónica fuente de vulnerabilidad.

P.: Nada muy halagüeño considerando la bonanza petrolera de los últimos dos años. Pero queda claro también que los precios de la energía han comenzado ya a bajar de la mano de una merma en la demanda.


G.G.:
Es verdad. Aunque todavía sean altos.

P.: ¿Cree que el mundo corre el riesgo de caer en una recesión?


G.G.:
A esta altura, eso lo creen todos. Una baja más sustancial del petróleo haría mucho por aventar esos riesgos.

P.: Si uno recorre el mundo, no sólo observa un patrón común de baja en el nivel de actividad. También detecta una postura homogénea en los bancos centrales. Todos han hecho ya el giro hacia una política de estímulo.Y todos van por más.


G.G.:
No es tanto la suba del petróleo como la respuesta que gatilla en los bancos centrales lo que explica la relación entre energía y las crisis recesivas de antaño. En ese sentido, en esta oportunidad, los bancos centrales dejaron de drenar liquidez, primero, y, luego, comenzaron a reponerla, mucho antes de que el petróleo llegara a la cima de precios.

P.: La Reserva Federal arrancó el año bajando las tasas de interés. Lo ha hecho con premura y mucho ahínco. Ya entramos en el octavo mes del año, y hay otro recorte en la agenda. ¿En esa anticipación no está la llave para sortear la recesión?


G.G.:
Tal vez. En los Estados Unidos, siempre dijimos que el riesgo de una recesión (entendida como una caída efectiva del producto bruto) era más un asunto de 2002 que de 2001. Tanto la política monetaria como la política fiscal han sido prescriptas con generosidad este año. Usted puede discutir qué efectividad han tenido sobre la economía, pero no el hecho contundente de que la fe que predomina, la fe en una pronta recuperación, descansa en la confianza que se les tiene a ambas. Remueva esa convicción, y entramos en problemas serios.

P.: ¿Ese es el papel que usted le reserva al año próximo?


G.G.:
Espero equivocarme. Pero la política monetaria no es la cura de todos los males. Sobre todo, no se le debería pedir milagros, aunque en el pasado los haya provocado.

P.: No es sólo la Fed. El Banco de Inglaterra ha disparado ya cuatro bajas de tasas.
La última fue una sorpresa.Y el Banco Central Europeo (BCE) vela las armas para un recorte. Quizás antes de que culmine agosto.

G.G.:
Ya lo hemos hablado. La merma en la inflación europea le abre las puertas a una baja que, a diferencia de la anterior, esta vez vendrá acompañada por un pasaporte de credibilidad.

P.: El repunte del euro debe ayudar. Ha trepado más de 6% desde julio.


G.G.:
Correcto.

P.: Hasta diría que le ha infundido a la parsimonia del BCE ciertos visos de inteligencia que nadie le hubiera reconocido poco tiempo atrás.

G.G.: Es un espejismo que ocurre cuando las expectativas sobre los Estado Unidos se tornan borrosas. No se preocupe. Italia acaba de difundir una contracción del PBI en el segundo trimestre. En Alemania, la debilidad de los indicadores no reconoce fisuras. El tiempo está más que maduro para el accionar del BCE, indudablemente.

P.: ¿No puede decirse lo mismo acerca del Banco de Japón?


G.G.:
Allí la situación es más urgente. Mucho más. Pero no es sencillo instrumentar un curso de acción cuando las tasas ya han llegado a cero. El paso que sigue es monetizar la deuda pública.

P.: Emitir para financiar el déficit de las cuentas públicas...


G.G.:
No de manera directa. Pero el efecto es similar. Si el primer ministro Koizumi insiste en llevar adelante su agenda de reformas estructurales con la economía entrando de nuevo en una recesión, el Banco de Japón deberá ser muy agresivo.

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