Diálogos en Wall Street

Economía

(El diálogo es con un operador de la Bolsa de Nueva York a quien se lo identifica como Gordon Gekko en alusión al personaje que interpretara Michael Douglas en la película «Wall Street». El tema de la conversación es Japón, cuya crisis amenaza seriamente con contagiar a Occidente.)

PERIODISTA: Hace un par de semanas usted veía a Japón como el principal riesgo al acecho en los mercados internacionales. El presidente Bush, sin embargo, le dio un fuerte espaldarazo al primer ministro Koizumi. Dijo que estaba convencido de que cumpliría con su agenda de reformas.

Gordon Gekko:
Aun si lo hiciera, ¿eso es bueno o malo?

P.: Usted sabrá...

G.G.: La reforma original que prometió el premier antes de ser elegido, sin duda, agravaría la situación de corto plazo. Es innegable que la economía japonesa no funciona y precisa una reestructuración, pero los costos de la reforma impactarían de lleno en la presente recesión y los beneficios sólo llegarían al cabo del tiempo. El riesgo que le citaba no desaparece sino que se profundiza...

P.: Sabemos que limitarse a administrar la crisis tampoco es garantía de éxito. Van ya tres recesiones en un década...


G.G.:
Estamos ante lo que los griegos llamaban una tragedia.

P.: ¿Cómo es eso?

G.G.: Todos los caminos -cualquiera sea el que usted escoja- obligan a atravesar el mismo peligroso desfiladero...

P.: Hace años que la comunidad internacional urge la adopción de medidas. El G-7 lo ha hecho de manera sistemática en los últimos cuatro años. El presidente Bush no es la excepción: se suma al coro de los que quieren ver una reforma profunda.


G.G.:
De la misma manera que a la Argentina se le pide un plan económico sustentable, a Japón, desde muchísimo tiempo antes, se le exige que reformule su economía. Que cambie las viejas prácticas. Que avance con una reforma a fondo.

P.: Se le habla a una pared. O sea, no se encuentra eco en ninguno de los dos casos...


G.G.:
Así es. Aunque a decir verdad tampoco hay grandes expectativas de recibir una respuesta. Yo diría que, entre ambos, la única diferencia es que Japón es el mayor acreedor mundial...

P.: Pequeña diferencia... Puede prestar oídos sordos ya que no necesita de la ayuda internacional.


G.G.:
Es una ventaja. Pero no sienta envidia: la abundancia de recursos, por otra parte, es lo que mata la voluntad de cambio y prolonga increíblemente la agonía.

P.: Ya sea que Koizumi cumpla sus promesas o que no lo haga, usted avizora una situación complicada en Japón...


G.G.:
No soy original. Es lo que percibiría cualquiera que se detenga a revisar la situación. El espectro de una crisis financiera de proporciones en torno del cierre del año fiscal -o sea a fines de marzo- es muy evidente. Para todos.

P.: Imagino que esa afirmación incluye al gobierno.


G.G.:
Desde luego.

P.: ¿Y cree usted que se cruzará de brazos y asistirá impávido al espectáculo?

G.G.:
Desde ya que no. Pero el gobierno no tiene el control absoluto de la situación. Amén de que deberá tomar decisiones difíciles en áreas en las que sí tiene injerencia...

P.: ¿Qué es lo que el gobierno no puede asegurar?


G.G.:
La percepción sobre la calidad crediticia de su propia deuda está en tela de juicio. No es un tema menor para alguien que debe 130% del producto bruto y que, pese a las promesas de su primer ministro, no puede desconectarse de los paquetes recurrentes de estímulo fiscal.

P.: La deuda pública de Japón ya perdió el status triple A. G.G.:
Hace tiempo.

P.: ¿Y puede seguir cayendo?


G.G.:
Es un escenario muy probable, sobre el que la agencia Moodys hizo una advertencia formal la semana pasada. Luego de colocar la deuda doméstica japonesa bajo revisión. Con perspectiva bajista.

P.: ¿Cuál es la calificación actual
?

G.G.:
«Aa3». O sea «doble A menos».

P.: Pasaría a la categoría «A más»...


G.G.:
Si baja sólo un escalón. Pero el informe de Moodys señala claramente la posibilidad de un recorte más agresivo. De dos niveles en un solo movimiento. Si ése fuera el caso, la migración sería a la clase «A2» (o lo que S&P llama «A» a secas).

P.: No creo que otro país del club de los siete grandes ostente una calificación tan baja...


G.G.:
Desde ya que no. Japón quedaría relegado a una categoría en la que militan dudosas compañías: Polonia, Chipre, Latvia...

P.: Me imagino que hay más que orgullo en juego...


G.G.:
Se imagina bien. La deuda pública en yenes rinde 1,5% anual a 10 años. Si la baja de calificación daña las cotizaciones y la tasa trepa demasiado tendremos un dolor de cabeza por su impacto en las carteras de bancos y compañías de seguros. Como si ya no fuera suficiente con la fuerte suba de los incobrables y la caída de la Bolsa.

P: ¿Y qué tan factible es que ello suceda?


G.G.:
Muy factible dadas las circunstancias. No se olvide que la recesión obliga a empujar con políticas fiscal y monetaria expansivas.

P.: En cuyo caso el parecido con la Argentina sería más que llamativo.


G.G.:
No llegaremos a tanto. La deuda pública de corto plazo es muy segura. Tanto que las Letras de 3 meses rinden casi 0%. Pero no por eso deja de ser una situación difícil. No se olvide que el 1 de abril cesa la garantía universal y sin tope sobre los depósitos bancarios. Y entre el público no sobra precisamente la confianza en los bancos. ¿Irá Koizumi a fondo? ¿Dejará que caiga alguna institución como se insinuó en la campaña? Los pequeños depositantes no querrán tomar el riesgo. Y el gobierno deberá definir cómo atiende la situación de los bancos que pierdan liquidez. No será fácil para un primer ministro que busca se lo compare con Margaret Thatcher aunque quizás termine obrando como Tony Blair...

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