El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Esta vez ocupará un despacho del Senado, lo que vuelve más inquietante su visita. La Cámara alta, no debe olvidarse, es el reino de Cristina Fernández, la primera dama. Nada debería irritarla, en la superficie: Duhalde volverá al cuerpo desde el que saltó a la Presidencia para promover el tendido del puente Punta Lara-Colonia. Un negocio de cemento que él defiende desde que se convirtió en secretario general del Mercosur.
La excusa es impecable y será usada por segunda vez. El ex presidente ya adujo que las tres horas que pasó con sus hombres en la Cámara de Diputados, el martes pasado, también fueron aplicadas a hablar de ese puente todavía imaginario. Sin embargo, como en esa otra oportunidad, la visita le permitirá dar a entender que su dominio es el Poder Legislativo, desde el cual podría condicionar al gobierno y, eventualmente, gobernar.
En efecto, el duhaldismo no detuvo su hiperactividad parla
Alfredo Atanasof, acaso hoy el hombre que más nítidamente expresa las posiciones de Duhalde, ya le dio un dolor de cabeza a Kirchner y a Aníbal Fernández avanzando con un proyecto de ley para reformar el sistema electoral y llevarlo al régimen de preferencias que rige en Brasil. Fernández quedó paralizado con ese avance y hasta ahora no pudo dar un solo paso en dirección a la reforma política que viene anticipando el gobierno. Ahora Atanasof avanzó otro casillero: también se adelantó con un proyecto de ley que regula el financiamiento de los partidos políticos. El ministro del Interior está proyectando su propio régimen de financiamiento, basado en la obligación de hacer pasar cualquier ingreso o gasto por una cuenta única del Banco Nación. De nuevo llegó tarde frente a un duhaldismo que resolvió operar por las suyas en temas centrales para la política oficial.
En la Comisión de Justicia, María del Carmen Falbo -que ahora asumirá la Procuración de la provincia de Buenos Aires- dio el visto bueno a un proyecto alentado por los duhaldistas Jorge Casanova y Cristian Ritondo. Ellos quieren una ley que obligue a los fiscales que ocupan cargos en el Poder Ejecutivo a optar entre una de las dos funciones. Falbo pertenece al círculo más estrecho del ex presidente y el proyecto de esos legisladores pondrá en una encrucijada a hombres que ejercen responsabilidades principales en el gobierno: desde el secretario de Seguridad, Norberto Quantín, hasta el interventor en Santiago del Estero, Pablo Lanusse.
No es azaroso que los duhaldistas estén empeñados en aprobar leyes de carácter institucional: quieren abrazarse a la bandera de la modernización de la política (eliminación de la lista sábana, transparencia en el manejo de fondos, separación de poderes, etc.) porque sospechan que la estrategia de Kirchner para avanzar en la provincia es presentarlos a ellos como dinosaurios impresentables.
Mientras tanto, Duhalde avanza en la realización de una matriz institucional en la que se refleja su idea de la distribución de poder con Kirchner: el ex presidente se siente cómodo en una especie de «diarquía» por la cual él gobierna desde el Poder Legislativo y cede al Presidente el espacio del Ejecutivo. No es otra cosa que trasladar a la Nación el modelo adoptado en la provincia de Buenos Aires, donde los Duhalde ejercen la jefatura política y delegan en Felipe Solá solamente el mando administrativo.
Desde luego, Kirchner no está dispuesto a aceptar ese diseño. Los primeros en pagar las consecuencias son los (ex) duhaldistas que lo rodean, que se han convertido en los ministros con trabajos más insalubres. Aníbal Fernández eligió poner en práctica la sobreactuación de los conversos: hacerse creíble para el entorno del Presidente lo puso en la obligación de menospreciar públicamente a sus antiguos mandantes, sobre todo a Chiche Duhalde. José Pampuro debió tolerar que desde el propio duhaldismo le demoren el envío de tropas a Haití, en una combinación con Adolfo Rodríguez Saá que el presidente de la Cámara baja, Eduardo Camaño, administra sigilosamente y a la que no es ajeno el diputado bonaerense Hugo Franco. Ginés González García es sometido al desdén del sanitarismo santacruceño, a tal punto que el médico personal del Presidente, Luis Buonomo, organizó unas jornadas sobre su especialidad y no invitó al ministro de Salud. Sí se preocupó porque estuviera su segunda y adversaria, Graciela Rosso.
De los amigos del ex mandatario, hasta ahora, el único que no está sometido al chirrido de la hostilidad es Roberto Lavagna: su trato con Duhalde, igual que con Raúl Alfonsín, ha comenzado a ser cada vez más sigiloso y prudente. Otra es la situación, en cambio, del secretario de Hacienda, Carlos Mose, y del encargado de provincias del Ministerio de Economía, Carlos Fernández. Ambos responden al presidente del Banco Provincia, Jorge Sarghini, y por eso están sospechados por los técnicos de Kirchner en la pelea de la Coparticipación: son Juan Carlos Pezzoa y Alejandro Arlía, hombres del jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Este funcionario comandó ayer, junto a la esposa del Presidente, una operación parlamentaria por la cual un grupo de 49 diputados amenazaron con dividir el bloque peronista a raíz de la polémica por el reparto de fondos federales.
La semana próxima, las fricciones entre Kirchner y Duhalde se extenderán al Senado. Habrá que prestar atención al formato que adoptará la visita. Tendrá protagonismo, seguramente, Daniel Scioli, uno de los jerarcas del Congreso que reportan a Lomas de Zamora y a quien Duhalde quiere ver como candidato a la Jefatura de Gobierno porteña, es decir, como challenger de Alberto Fernández. Pero habrá un invitado más llamativo en la mesa de Duhalde. Es Eduardo Menem, sorpresivamente interesado en la construcción del puente de Punta Lara.
Si éstas serán las formas, también habría que prestar atención a las consecuencias de fondo de la llegada del ex presidente a la Cámara que lo tuvo como legislador: Kirchner aguarda que se apruebe allí una medida conflictiva, que ha provocado innumerables rechazos. Es el nombramiento de Carmen Argibay en la Corte. ¿Será éste el caso que le servirá al caudillo bonaerense para enviar una señal de poder desde el Senado?
Dejá tu comentario