La Argentina y el mundo de Orwell

Economía

Para Orwell, doblepensar es sostener simultáneamente la creencia firme en dos ideas tan opuestas hasta el grado de ser mutuamente excluyentes, de manera tal que se mantenga una firme creencia en ambas a la vez. Para dar un par de ejemplos sería como pensar que la inflación puede reducirse de manera estable y que al mismo tiempo se puede crecer y eliminar pobreza de manera sostenible retrasando el valor del dólar

George Orwell en su magistral novela distópica “1984” genera nuevos conceptos lingüísticos para describir la sociedad opresiva y asfixiante que allí idea. Uno de esos términos es el “doblepensar”. Para Orwell, doblepensar es sostener simultáneamente la creencia firme en dos ideas tan opuestas hasta el grado de ser mutuamente excluyentes, de manera tal que se mantenga una firme creencia en ambas a la vez. Para ello es necesario el uso permanente de la lógica contra la lógica misma y suspender la desconfianza en la contradicción, adoptándola de buen grado. Los argentinos deberíamos hacer en forma personal un profundo y calmo examen de conciencia acerca de si estamos o no inmersos sin darnos cuenta en un sistema en el que usamos permanentemente el doblepensar. Para citar un ejemplo bien actual: buena parte de la población expresó sin dudar que lo primero a cuidar es la salud, llegando a haber abollado cacerolas en apoyo al personal médico, al que se llegó a tildar de “héroes”. Esa misma población usa prolijamente el barbijo, se desinfecta con alcohol y aplica con gran minuciosidad el distanciamiento social. Y al mismo tiempo, ese mismo sector simultáneamente reclama airadamente al punto de manifestar en Olivos que lo que más valoran y atesoran en su vida: sus hijos pequeños, concurran a clase con un fervor que haría empalidecer al propio Sarmiento, quien como presidente en 1871 clausuró escuelas y colegios por la epidemia de fiebre amarilla. Estos reclamos llegan al punto de abollar las pocas cacerolas que habían quedado sanas, dado que una parte de la población ha empezado a figurarse que es un objeto que representa el patriotismo en vez de un simple utensilio para hacer un guiso de lentejas. Y demandan escolaridad presencial aunque para ello sus pobres hijos deban viajar apiñados en camionetas escolares, en medios de transporte colectivos o en taxis de dudosa pulcritud. ¿Cómo es esto posible? Muy sencillo: se cree en sospechosas estadísticas que nadie sabe cómo están hechas y que para peor se usan para enarbolar como argumento político, por lo que bien pueden haber sido confeccionadas de manera inválida. Se tiene fe a pie juntillas en lo que algunos médicos dicen acerca de lo que supuestamente dijo -sin que se lo demuestre- la Organización Mundial de la Salud -ente que la viene errando feo con el coronavirus- o la publicación “The Lancet” como si esta estuviera dotada de un saber bíblico. Ni siquiera se recuerda que hace tan solo meses se aseveraba científicamente todo lo contrario con respecto a los contagios de los niños a los que se asignaba gran peligrosidad, que este virus aún es desconocido en muchos aspectos para la ciencia, que sus efectos de largo plazo aun no los puede conocer absolutamente nadie ni en adultos ni en mayores ni en niños, que en todo el mundo se han cerrado colegios por muy largos períodos en otoño e invierno, y que la salud de los propios padres está en riesgo si sus hijos se contagian aunque estos últimos corran menos riesgos de vida. Menos riesgos de vida hasta cierto punto, por supuesto, dado que proliferan nuevas cepas más peligrosas que causan más estragos en gente cada vez más joven. Ni siquiera se toma en cuenta que ya en estos mismos días en las aulas habrá un frío bárbaro con las ventanas abiertas de par en par, y que los niños, por ser niños, en diez minutos se olvidan de todo protocolo imaginable para ponerse a jugar, como es sano y normal. Para decirlo en una solo frase: asombrosa y oníricamente surrealista. Obra maestra del doblepensar social. Pero el doblepensar no se limita al comportamiento social. Invade con gran frecuencia a la economía. Por ejemplo, en el seno del equipo económico se señala un día que hay que cuidar el superávit de balanza comercial porque Argentina es un país endeudado en dólares que debe generar dólares. Y a los pocos días sale el ministro Guzmán advirtiendo que el dólar a fin de año deberá valer en torno a $102, cuando se cae de maduro que eso significa ir a un atraso cambiario acelerado que perjudica visiblemente las exportaciones y el crecimiento. Y esta no es una cuestión más, un tema entre otros muchos en la economía argentina, sino que por lo contrario es el gran y excluyente tema económico nacional. Toda otra cuestión u objetivo debe pasar a un segundo lugar, de la misma manera que la educación de nuestros hijos debería dejar de ocupar el centro de la escena cuando la salud de todos está en juego. Para no caer en el doblepensar es necesario levantar diques mentales que nos eviten caer en graves contradicciones.

Pues bien: en la economía si se va al atraso cambiario, las mismas industrias y empresas agropecuarias que tienen que lidiar contra los peores efectos de la pandemia terminarán por perder la poca rentabilidad que les queda vendiendo al exterior, desde donde se les ha desplomado la demanda de productos y verán puesta su propia existencia en juego ante la competencia de los bienes importados que pasarían así de constituirse en un elemento que promueve una sana competencia, en una trituradora de rentabilidad y de negocios del sector privado.

Cuando en febrero pasado el ministro Guzmán habló por primera vez de un retraso cambiario, se sobrentendía que esa era una de las medidas –solo la primera– de un todo coherente que sería puesto en práctica en poco tiempo más con el fin de mejorar el perfil de crecimiento del país. Se podía suponer que aunque el retraso cambiario podía tener una meta electoral, la misma no constituía el objetivo principal, sino que este último era aumentar de manera sostenida la tasa de crecimiento con el fin de incrementar el empleo y disminuir la pobreza. Pero las semanas y los meses han pasado y ese “todo coherente” no apareció. Más bien por lo contrario sobrevinieron estas rarezas exóticas de viajes del ministro con finalidades que no parecen prioritarias dado que a su nivel ni siquiera se puede obtener una refinanciación rápida con el FMI ni con el Club de París, donde por lo contrario es necesaria una gestión presidencial. De esta manera se están desperdiciando valiosos días para sostener este andamiaje del atraso cambiario que cuelga de sogas más bien endebles y a una considerable altura dado el bajo nivel de reservas del BCRA.

En otras palabras: el objetivo debe ser siempre un alto y sostenible crecimiento reduciendo la pobreza. Para ello puede entenderse que se trace la meta de corto plazo de ganar las elecciones para solidificar la cuota de poder y así estirar el horizonte económico. Pero lo cierto es que para que ese alto crecimiento sea factible es necesario reducir la tasa de inflación a niveles compatibles con los del Primer Mundo. Es cierto que con eso no alcanza para crecer. Pero es un condicionante infranqueable. Al respecto puede entenderse que como instrumento económico de corto plazo se recurra a una dosis pequeña de retraso cambiario. Pero ello solo si el mismo es rápidamente complementado de otros instrumentos tan necesarios como el propio atraso cambiario inicial que además debe revertirse lo antes posible porque la economía argentina no puede funcionar bien establemente con un dólar bajo. El país no va a ninguna parte con un dólar bajo. Solo va a una crisis. Y si la clase política no lo ha terminado de entender es probablemente porque los economistas no hemos hecho hincapié y explicado esto todo lo suficiente.

Por lo tanto, tras cerca de 60 días de un débil esquema de indefinido pero real retraso cambiario sin nada que lo respalde y lo haga coherente con otros instrumentos y por lo tanto rápidamente reversible, se corre el riesgo de que los funcionarios del área económica empiecen a actuar utilizando mecanismos típicos del doblepensar. Esto sería peligrosísimo. Para dar un par de ejemplos sería como pensar que la inflación puede reducirse de manera estable y que al mismo tiempo se puede crecer y eliminar pobreza de manera sostenible retrasando el valor del dólar. O que se puede ir a un futuro económico mejor que este duro presente mientras simultáneamente se piensa que se pueden seguir despilfarrando todos los días las pocas reservas del BCRA en aras de impedir toda suba del dólar contado con liquidación.

Nada es más riesgoso cuando la economía está en un estado de debilidad que dejarse ganar por pensamientos contradictorios y considerarlos mutuamente factibles. Y es mucho más peligroso aun cuando esos pensamientos contradictorios están basados en puros actos de fe, sin sustento real. En economía, en salud pública o en educación los argentinos debemos dejar el doblepensar para la literatura, aplicar la fría razón y ponernos manos a la obra.

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Walter Graziano y Asociados

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