EE.UU. podría sufrir anemia (no recesión)

Economía

¿Es anemia o una recesión? El interrogante, planteado allá por enero a la luz de los afanes de la Reserva Federal por contener un estrepitoso derrumbe de indicadores, no encontró aún cabal contestación. Mejor dicho: la falta de hierro no se discute. La economía creció apenas 0,6% en los tres últimos meses de 2007 y otro tanto en los primeros tres del año en curso. Están debidamente acreditadas, de mucho antes, dos recesiones sectoriales: en la construcción de viviendas y en la industria automotriz.

Desde enero, en forma sistemática, el mercado de trabajo expulsa empleo (el sector privado comenzó en diciembre). Y, esta vez, el consumidor no permanece ajeno. Lo acosan las desventuras de la vivienda y el crédito hipotecario, la desaceleración de sus ingresos, el desempleo en alza y la suba incesante de los precios de la gasolina que, a más de u$s 3,60 por galón, casi triplican sus niveles de 2002. No en vano su confianza -medida por la encuesta de la Universidad de Michigan- se hundió en abril al escalón más remoto de los últimos 25 años. Sin embargo, para consagrar un veredicto oficial de recesión, no alcanza. Quien la semana pasada examinó el cuerpo magullado de la expansión habrá detectado inesperados signos vitales. Los análisis de Cuentas Nacionales y del Empleo no suscitan entusiasmo, pero tampoco certifican, de ninguna manera, la defunción anunciada. Ya se dijo en otra oportunidad: contra todos los pronósticos razonables, la economía aún respira.

Que nadie se llame a engaño: si bien logró repetir la faena de aumentar el producto bruto en 0,6%, la economía no cesa de perder vigor. Las ventas finales que habían crecido 2,4% en el cuarto trimestre de 2007 (no muy alejadas de 2,8% de 2006) se contrajeron 0,2%. La demanda interna las ventas finales a los residentes de los EE.UU.cayó 0,4% (tras avanzar 1,3% en el trimestre anterior y 2,7% en 2006). Esta doble lectura negativa nunca se había registrado desde que, a fines de 2005, el aterrizaje suave comenzó a carretear. Se advierte así un daño, grave y reciente, en el tren de aterrizaje que -de no mediar el paquete de estímulo fiscal- garantizaría una colisión inevitable.

¿Cómo es -vale preguntarse- que la reducción apuntada del gasto no se refleja en una merma en la marcha del Producto Bruto? La respuesta descansa en la estiba de mercaderías. En el último trimestre de 2007, las ventas finales crecieron 2,4%. Que se atendieron con un incremento de la producción de 0,6% y una paralela digestión de inventarios (1,8% del PBI). Algo cambió en los tres primeros meses del año. Las ventas finales, como se dijo, se hundieron 0,2%. El producto repitió el avance de 0,6%. De ahí la acumulación de mercancías sin vender por 0,8%. Para peor, como las importaciones de bienes cayeron (por el equivalente a 0,35% del PBI y lo hicieron en dos de los últimos tres trimestres), es dable pensar que los artículos nacionales predominan en los stocks. O sea que si la debilidad de la demanda persiste y fuerza su reducción, el ajuste impactará de lleno en la actividad interna.

En esa dinámica el comportamiento del consumo -que representa por sí solo 70% del Producto Bruto- es crucial. Y su andar no arroja buenas noticias. La pérdida de confianza comenzó a cobrar peaje. De crecer un saludable 2,3% en el cuarto trimestre se desaceleró peligrosamente a 1%. Más aún: todos los renglones de gasto discrecional exhiben recortes. Sólo los servicios de demanda más rígida -como el gasto médico, que normalmente es solventado por la cobertura laboral- sostienen el alza. O los servicios de la vivienda que, en rigor, son una mera imputación. A diferencia, pues, de la recesión de 2001, el consumidor está golpeado y en pleno repliegue. Con el gasto de capital en retroceso como soga al cuello, un titubeo del consumo es lo único que falta para tensar la cuerda de la recesión.

¿Es posible escapar de esta encerrona? ¿O es la recesión una cita inexorable? Aquí tallan dos decisiones muy agresivas. La política monetaria de ofensiva relámpago de la Fed y el paquete fiscal de estímulo (de aplicación igualmente veloz). Cuando el gobernador Frederic Mishkin, en agosto pasado, en la Conferencia de Jackson Hole, sugirió una estrategia de recortes acelerados de tasas de interés para responder a una crisis de los precios de la vivienda, esbozó el libreto que la Fed escogería luego para navegar la tormenta. Mishkin recomendó un camino más contundente que la mera regla de Taylor y así se hizo. «Una de las razones por las que la política monetaria es tan exitosa en contrarrestar los efectos de una caída de precios de la vivienda es por los grandes rezagos que median entre los cambios en la riqueza en vivienda y los cambios en el consumo», afirmó, clarividente. Pero, aun así, la profundidad del desequilibrio inmobiliario amenaza con dejar a la política monetaria sin suficiente munición. Entre otros motivos, porque la fuerte suba de la energía es un contratiempo mucho más grave que el tenue ascenso transitorio de la inflación que contempla su modelo teórico en el papel.

Y aquí el paquete fiscal juega un rol clave para torcer lo que parece imposible. Es el timing impecable de su aplicación -justo cuando el consumidor luce exhausto- lo que mantiene la incertidumbre sobre la anemia o recesión. Empero, la propia encuesta de confianza de la Universidad de Michigan acota las expectativas favorables. Sólo tres de cada diez consultados planean volcar las devoluciones de impuestos a un mayor consumo. Cancelar deudas y fortalecer los fondos de ahorro son los destinos preferidos en tiempos de confusión espesa. Pese a ello, dado el tamaño del estímulo y su rápido desembolso, una economía tan recalcitrante debería poder aferrarse como un andinista a la pared vertical de una montaña y postergar la caída anunciada. Aguardando quizás un segundo paquete de estímulo que el secretario del Tesoro, Henry Paulson, prudentemente ha negado. O una reestructuración a fondo de las hipotecas en problemas. O a la espera, simplemente, de que el oráculo de las Bolsas esta vez se pruebe acertado y lo peor del chubasco termine pronto de pasar.

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