El 1 a 1 no merecía un final surrealista
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Recordemos que en 1995, ante la crisis provocada por efecto de simpatía de la mexicana (lo que se llamó el «efecto tequila»), Menem se mantuvo firme, respaldó a su ministro Cavallo y le ordenó cerrar un acuerdo con el FMI. Todo el mundo comprendió que la convertibilidad seguiría intacta, y obró en consecuencia, de modo que la economía se normalizó en poco tiempo. En los momentos de crisis se manifiesta la fibra de los presidentes. De la Rúa, que ya tenía imagen de flojo, la confirmó cuando echó a López Murphy.
El Presidente nombró entoncesa Domingo Cavallo como ministro de Economía, pensando que el padre de la criatura llamada convertibilidad sabría cómo salvarla frente al embate de una sociedad cada vez más desconfiada. Pero Cavallo obviamente no comprendió el problema y, paso a paso, destruyó la paridad dólar-peso. Porque la verdad es ésa: no se cayó por ser inviable o plantear graves problemas, sino que fue prolijamente destruida.
A poco de asumir, Cavallo dijo que el peso estaba sobrevaluado en 20%. La gente interpretó esto como un prenuncio de una devaluación y acentuó su conducta en el sentido de retirar depósitos y comprar dólares o transferir los fondos al exterior. Por lo demás, Cavallo nunca fundamentó esta peregrina afirmación, ni hubiera podido hacerlo.Y aun si hubiese tenido razón, jamás debió haber dicho eso. Luego inventó una convertibilidad distinta, atando el peso por mitades al dólar y al euro, a partir del momento en que estas monedas alcanzasen la paridad. En un momento en que el euro aún era un concepto abstracto en nuestro país, esto se interpretó como una señal de pronta devaluación. Como si esto no fuera suficiente, el ministro produjo el alejamiento del presidente del Banco Central, Pedro Pou, considerado un garante de la convertibilidad. La interpretación obvia era que hizo esto para devaluar, cosa que Pou tal vez no hubiera permitido.
No contento con tanto disparate, Cavallo redujo cargas sociales, afectando los ingresos del Tesoro. Actuó siguiendo el consejo de Arthur Laffer, quien sostuvo en los EE.UU. que bajando impuestos finalmente se recaudaría más. Laffer lo había convencido a Reagan, y el resultado fue desastroso, con un déficit gigante del presupuesto. En la Argentina sucedió lo mismo. Cavallo no entendió, como sí lo comprendió López Murphy, que en ese momento había que erradicar el déficit, sea como sea. Con déficit en aumento también aumentaba la deuda pública, que había entrado en una zona de peligro, lo que se expresaba en crecientes tasas de interés para títulos públicos argentinos.
Entre tanto ya se había producido un importante retiro de depósitos bancarios y una reducción equivalente de las reservas del Banco Central. Ello tuvo el efecto de la profecía autocumplida: el público daba por hecho que habría devaluación y actuaba en consecuencia, acentuando el fenómeno señalado.
En esas circunstancias Cavallo probó algunas soluciones mágicas, como una ley de déficit cero, que era incumplible desde el vamos, y una garantía a los depósitos en dólares, que luego tampoco se cumplió. Finalmente tuvo que renegociar la deuda pública con mucha presión sobre los acreedores, lo que fue un prenuncio de la cesación de pagos. Y el broche de oro fue la implantación del control de cambios y la limitación de los retiros en efectivo de las cuentas bancarias.
Esto último fue tomado como pretexto por Duhalde, Alfonsín y otros para impulsar (¿u organizar?) «cacerolazos», que se presentaban como hechos espontáneos, lo que ciertamente no eran, y finalmente una gran pueblada violenta en la Plaza de Mayo, que causó tal susto a De la Rúa que echó primero a Cavallo y al día siguiente renunció. Con ello convalidó el golpe civil y selló la suerte de la convertibilidad.
Lo que vino después, la declaración de cesación de pagos por parte de Adolfo Rodríguez Saá en el Congreso de la Nación, con el aplauso irresponsable de la mayoría de los legisladores, la devaluación, el congelamiento de los depósitos y la pesificación compulsiva y asimétrica, es otra historia. Sin duda se podía haber salido de la convertibilidad en forma menos traumática, sin profundizar tanto la crisis y sin la brutal redistribución regresiva del ingreso nacional. La exitosa convertibilidad no se merecía ese final surrealista.




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