15 de enero 2002 - 00:00

El "corralito" tiene una salida sin dolor

Esta es una propuesta capitalista. Respeta, hasta donde las circunstancias lo permitan, los derechos de propiedad de los depositantes, minimiza las quitas sobre los depósitos, crea una banca invulnerable a la corrida, elimina el riesgo devaluatorio y abre la puerta a una banca offshore.

Tan crítica es la situación económica argentina en diciembre de 2001, que problemas hasta ahora absorbentes como el default de la deuda pública o la aplicación de la regla de déficit cero han sido desplazados a posiciones secundarias. Nuestro problema más urgente es el congelamiento de los depósitos bancarios.

Podemos solucionarlo de una forma grosera y expropiatoria, como en el pasado, o podemos encontrarle una solución consistente con los fundamentos del capitalismo y el crecimiento. El propósito de esta nota es presentar una posible salida del congelamiento bancario. En primer lugar, expondré los objetivos y los instrumentos de la propuesta. En segundo lugar, destacaré sus ventajas y las relacionaré con algunas importantes ideas y experiencias que las avalan. En tercer lugar, puntualizaré sus eventuales complicaciones de instrumentación. En cuarto lugar, sintetizaré las principales conclusiones.

I


La propuesta atiende cuatro objetivos: a) descongelar los depósitos y levantar el control de cambios; b) evitar una devaluación descontrolada del peso; c) minimizar la expropiación de los depósitos y respetar, hasta donde sea posible, los derechos de propiedad de los depositantes, y d) garantizar en adelante tales derechos. La propuesta tiene cuatro puntos:

1. Convertir en dólares toda la oferta de circulante en pesos y los depósitos que aún están denominados en pesos, al tipo de cambio del momento. Las reservas internacionales disponibles al 18 de diciembre alcanzaban para convertir en dólares los 9.000 millones de pesos en circulación, y dejaban un margen para descongelar unos 5.000 millones en cuentas corrientes y cajas de ahorro.

2. Cada banco residente crearía un fondo fiduciario, en forma separada; transferiría a éste todos sus depósitos (menos los descongelados), convertidos en cuotapartes, y su cartera de préstamos, y procedería a devolver las cuotapartes a una cotización que dependería de la calidad de la cartera de préstamos y de los aportes de capital de los due-ños del banco. Los bancos con buenas carteras y con posibilidades de recapitalización devolverían las cuotapartes a 100% del valor original de los depósitos o con un descuento mínimo, en tanto que los bancos con malas carteras y sin posibilidades de recapitalización devolverían las cuotapartes con descuentos mayores. La creación del fondo fiduciario no debería ser obligatoria, las características financieras de las cuotapartes serían el resultado de negociaciones entre cada banco y sus depositantes, y cada banco debería retener la posibilidad de devolver sus depósitos sin necesidad de convertirlos antes en cuotapartes.

3. Los depósitos en cuenta corriente y caja de ahorro descongelados tendrían un encaje de 100%, integrado en dólares. Así, los bancos residentes dejarían de ser bancos propiamente dichos. En su lugar, nacerían dos unidades independientes entre sí: el alma-cén monetario, que aceptaría depósitos en cuenta corriente y mantendría un encaje de 100%, y la banca de inversión, que entregaría cuotapartes en proyectos y fondos comunes de inversión en lugar de certificados de depósito a plazo. Esta es la célebre propuesta de Henry Simons.

4. En adelante, los bancos residentes quedarían inhabilitados por ley para aceptar depósitos de cualquier especie. Los bancos extranjeros sólo podrían recibir depósitos por cuenta y orden de sus casas matrices, y los bancos nacionales sólo podrían recibirlos por cuenta y orden de sus sucursales en el exterior. La idea es poner los nuevos depósitos (cuenta corriente, caja de ahorro y plazo fijo) que genere la economía argentina bajo la jurisdicción de países con gobiernos confiables y sistemas bancarios sólidos. Los bancos residentes se encargarían de evaluar y cobrar los préstamos otorgados a empresas y familias argentinas, pero los fondos provendrían de las casas matrices y las sucursales en el exterior.

En síntesis, la propuesta consiste en una dolarización de M1 (el dinero transaccional), la creación de fondos fiduciarios con el fin de descongelar el stock de depósitos existente, la creación de alma-cenes monetarios para canalizar las nuevas cuentas corrientes y de bancos de inversión para canalizar los nuevos ahorros y la creación de una banca offshore para que el público disponga del menú de servicios bancarios tradicionales. En rigor, la banca Simons no es parte indispensable de la propuesta; de hecho, sus servicios competirían con los de la banca offshore. De todos modos, la banca Simons resultaría útil hasta que se logre el pleno funcionamiento de la banca offshore, y no estaría de más en el largo plazo.

II

Las ventajas de la propues ta son evidentes. Prime-ro, elimina el riesgo devaluatorio dado que la moneda nacional dejaría de existir, y reduce la prima de riesgo-país puesto que, sin la alternativa de la devaluación, ya no serían posibles violentos cambios de precios relativos. Segundo, permite el descongelamiento de los depósitos y el consecuente levantamiento del control de cambios; los bancos líquidos devolverían sus depósitos sin más trámite y los ilíquidos entregarían a cambio de ellos cuotapartes que luego rescatarían con un descuento variable por banco. Tercero, crea un sistema bancario invulnerable a la corrida; es decir, soluciona de una buena vez la inconsistencia básica de la convertibilidad, que heredaría la dolarización unilateral: la falta de un prestamista de última instancia. Los ahorristas ya no tendrían motivos para entrar en pánico. Los depósitos en los almacenes monetarios estarían siempre disponibles debido al encaje de 100%, los inversores en los bancos de inversión descontarían anticipadamente que el valor de sus cuotapartes fluctuaría con el ciclo de la economía nacional y los depositantes en la banca offshore se sabrían a salvo del riesgo argentino. Cuarto, la propuesta crea una banca comercial offshore, como la que surgió en El Salvador después de años de guerra civil, pánicos y expropiaciones, que se acomodaría a la cautela que dominará la conducta de un público que ha sufrido un plan BONEX y un «corralito» en apenas 12 años. Por cuestiones de escala y avance tecnológico, es probable que el costo de operación de la banca offshore resulte menor que el presente y que el clearing no exija más de 72 horas.

III


La propuesta reconoce ciertas complicaciones de instrumentación; algunas son ilusorias y otras, reales. La primera de ellas alude a la fuerte contracción de la liquidez, que supondría la creación de los fondos fiduciarios. Si las reservas internacionales sumaran unos 14.000 millones de dólares, como hemos supuesto, la aplicación de la propuesta arrojaría una oferta monetaria (M1 = circulante + cuentas corrientes) cercana a 5% del PBI, casi tres veces el nivel de mediados de 1989. No es poca cosa. Por otra parte, si el público necesitara más liquidez, bastaría con que sacara dólares del colchón y los depositara en el almacén monetario o con que abriera una cuenta corriente en la sede local de un banco offshore. El país seguiría funcionando con un tipo de cambio fijo y podría importar en cuestión de días todos los dólares que necesite, como la provincia de San Juan ha importado históricamente todos los pesos que necesita del resto del país. Otra crítica señala que los fondos fiduciarios, en su afán de rescatar las cuotapartes, provocarían una contracción del crédito disponible y que esto profundizaría la recesión. No es así. Algo tendrá que hacer el público con el capital rescatado de las cuotapartes y con el flujo normal de ahorros que genera la rueda incesante de la economía.

Una alternativa es comprar nuevas cuotapartes en los bancos de inversión; otra alternativa es el plazo fijo en la banca offshore. El nuevo capital para las empresas y las familias argentinas saldrá de los bancos de inversión y de las sedes locales de la banca offshore. Una crítica importante es que la dolarización sin devaluación nos condenaría a una larga deflación. La razón de la crítica es que el país que sigue al default, al congelamiento y a otra renuncia anticipada de un presidente de la Nación, no atraería capitales y, por tanto, tampoco podría sostener el tipo real de cambio de los últimos años. Sólo el paso del tiempo develará si este argumento es válido. Por el momento es una conjetura, y un país no debería jugarse a punto y banca su estabilidad monetaria. Advierta que la deflación ya hizo parte de su trabajo: el tipo real de cambio registró en noviembre el nivel de mayo de 1992.

Por otra parte, una reducción de la prima de riesgopaís a 1.000 puntos básicos dentro de un año podría transformar esta recesión con deflación en una reactivación con reflación. Con esto quiero decir que el único precio relativo que está groseramente fuera de línea es la prima de riesgo argentino, y que ésta no depende del tipo real de cambio sino de otras grandes cuestiones. La crítica más punzante es que la conversión de los depósitos en cuotapartes cambiaría unilateralmente los términos contractuales suscriptos por depositantes y bancos. Es cierto. Gabriel Rubinstein ha propuesto una offshorización que no cambiaría dichos términos. La pregunta es cuál de las propuestas es más viable en vista de
los problemas patrimoniales de algunos bancos.

IV


Esta es una propuesta capitalista. Respeta, hasta donde las circunstancias lo permitan, los derechos de propiedad de los depositantes, minimiza las quitas sobre los depósitos, crea una banca invulnerable a la corrida, elimina el riesgo devaluatorio y abre la puerta a una banca offshore. Evita la socialización del problema del congelamiento, y con ella una formidable transferencia de riqueza desde los depositantes (e incluso el Estado) hacia los bancos y los deudores bancarios, pone en su lugar la responsabilidad individual de bancos y de deudores bancarios y premia a los depositantes que supieron o tuvieron la suerte de elegir un banco sólido y castiga a los que no supieron o tuvieron la mala suerte de elegir un banco débil. Su mérito es relativo al mérito de una pesificación con devaluación o al de una nueva versión del plan BONEX. Es probable que esta propuesta llegue tarde. Que por una vía u otra la expropiación se haya consumado antes de que esta nota sea leída. En tal caso, el punto referido a los fondos fiduciarios debería ser desechado. Sin embargo, la dolarización, la banca Simons y la banca offshore seguirán siendo los pilares inevitables de un nuevo sistema monetario y bancario a tono con la historia de inestabilidad del país y con el curso de la globalización.

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