El temor de Cardoso: que, como en Argentina, vengan incompetentes
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Entonces, los fiscalistas tendrían la razón. Pero, ¿qué sentido tiene evaluar la importancia del fenómeno sin ponerlo en el contexto apropiado? ¿Qué validez tienen las conclusiones sobre el atraso cambiario debido al gasto público cuando se pasa por alto el crecimiento del PBI nominal, que es la torta de la que salen los impuestos que lo financian y que engloba los recursos por los que compiten el sector público y el privado? Estoy diciendo algo obvio; sin embargo, rara vez los miembros de la escuela fiscalista hicieron alusión a este aspecto decisivo del fenómeno. Pues bien, el gasto primario creció durante la convertibilidad de 29,0% del PBI a 29,3%, es decir, nada. En tanto que el gasto consolidado (primario + intereses) subió de 31% del PBI a 33,6%, es decir, dos puntos porcentuales y medio. Saltan a la vista dos contraconclusiones:
1º) El gasto consolidado como porcentaje del PBI no explotó ni mucho menos; aumentó un poco en el bienio 1998-'99 sobre todo a raíz de la recesión que achicó el denominador del cociente.
2º) El gasto primario, el que esconde a los «ñoquis» y la eventual corrupción, se mantuvo, en cambio, constante como proporción de la torta. La explicación de este comportamiento es que el PBI también subió mucho durante la convertibilidad. En parte, por la inflación residual inherente a toda estabilización monetaria exitosa, y en parte por el crecimiento real que promovió el mismo clima de estabilidad.
• Recesión
De modo que la escuela fiscalista no tiene razón en este aspecto clave de su argumento. Con respecto a la evolución supuestamente explosiva de la deuda pública, le asiste alguna razón. En los buenos años de la convertibilidad, cuando la economía argentina crecía con fuerza y se canjeaban empresas estatales por papeles de la deuda, ésta rondaba 35% del PBI. Pero la rápida sucesión de shocks externos negativos (Asia, Rusia, Brasil) y la natural incertidumbre de la transición presidencial de 1999 determinaron una prolongada recesión. Así aumentó el numerador del cociente por las necesidades de endeudamiento y bajó el denominador por la recesión, y la deuda saltó a 46 por ciento del PBI en 2000. Esta proporción no es alta para un país europeo, puede ser alta para un país de historia volátil y es definitivamente alta para un país de historia volátil que había quedado a cargo de un gobierno inepto. Sobre todo, si le agregamos el euro, la pérdida de independencia del Banco Central, las imprudentes rebajas de encajes bancarios y la apropiación de reservas internacionales para cubrir el déficit fiscal. La alta deuda era ya un motivo de preocupación; los manejos monetarios de 2001 colmaron el vaso. La corrida bancaria en tal contexto fue inevitable y terminal.
El gran error económico de la administración Menem fue no haber previsto que debía dejar un país a prueba de incompetentes. Dicho error está hoy expuesto a la luz del día para quien lo quiera ver. El presidente Cardoso ya lo ve y presiente el destino de Brasil en caso de una victoria electoral de Lula el próximo octubre. Cardoso sabe de qué habla: la deuda y el gasto brasileños son más altos que en la Argentina en 1999 y Lula preside una coalición progresista que no sabe cómo funciona una economía globalizada.




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