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4 de agosto 2008 - 00:00

Estanflación: ahora turno para Europa

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Jean-Claude Trichet
Resulta evidente que a la fecha, la actividad económicamundial está sufriendo un significativo proceso de desaceleración, acompañada, sin embargo, por crecientes niveles de inflación. ¿Cómo es posible que con una caída de la demanda global, se dé en forma simultánea un incremento de precios? A nuestro juicio, esta incongruencia se origina en las fuertes subas registradas últimamente en los precios del petróleo y de los alimentos, las cuales parecen no responder a los fundamentos de la oferta y la demanda, sino, más bien, a coberturas de capitales financieros contra la debilidad del dólar. A este respecto, vale mencionar que -de un año a esta parte- el precio del petróleo más que se ha duplicado, pasando de 70 dólares por barril a un máximo de casi 150; sin embargo, actualmente, la oferta y la demanda del mercado mundial se hallan equilibradas en el orden de los 86 millones de barriles por día. Algo similar, aunque en menor medida, ha sucedido con los alimentos. Todo indica, pues, que en estos casos estaríamos en presencia de un proceso de formación de burbujas.

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Independientemente de la hipótesis anterior, lo cierto es que actualmente la economía mundial se enfrenta a una crítica situación: coexistencia de una clara desaceleración en sus niveles de actividad con crecientes presiones inflacionarias. La encrucijada que plantea este difícil escenario radica en que, lamentablemente, las políticas monetarias y fiscales necesarias para combatir ambos flagelos son antagónicas e incluso pueden llegar a exacerbar en forma negativa y simultánea ambas variables. Si este fuera el caso, se podría llegar al peligrosísimo escenario conocido como «estanflación»: recesión con inflación.

¿Qué atacar primero, los niveles de precios o el ritmo de crecimiento? La euroárea, al igual que la mayoría de las economías centrales, ha privilegiado el ataque contra la inflación. En efecto, el Banco Central Europeo (BCE) ha sostenido reiteradamente que el mandato prioritario de sus estatutos es «preservar el valor de la moneda». Más aún, recientemente, su presidente, Jean-Claude Trichet, afirmó que la institución consideraba que «la estabilidad de precios es condición necesaria para lograr un crecimiento sostenido de la economía». Dicho de otro modo: sin estabilidad no hay crecimiento. La consecuencia de esta posición fue la implementación por parte del BCE de una política monetaria claramente restrictiva, manteniendo desde el inicio de la crisis su tasa de referencia en el 4,0% (EE. UU., entretanto, la reducía de 5,25% a 2,0%).

Cabe destacarse que a pesar de lo anterior, inicialmente el nivel de actividad económica de la euroárea no se resintió. En efecto, durante el primer trimestre de este año -y merced básicamente al fuerte impulso de la economía alemana- la región alcanzó una más que razonable tasa de crecimiento interanual de 2,0%, acompañada por niveles de inflación del orden de 3,0%.

  • Cambio drástico

  • Sin embargo, en el segundo trimestre el escenario cambió drásticamente: la caída del nivel de actividad en Alemania, sumada a las crisis inmobiliarias de España e Irlanda, dio lugar a un claro proceso de desaceleración en toda la región, estimándose un crecimiento prácticamente nulo para el período en cuestión. No todo terminó allí; la inflación -exacerbada por la fuerte suba de los precios de la energía y de los alimentos- se elevó a un nivel récord de 4,0%, el doble del objetivo de máxima de 2,0% fijado por el BCE. La desaceleración era un hecho, la recesión con inflación creciente, una posibilidad.

    A pesar de este agravamiento de la situación macroeconómica, el BCE, conforme a su tradición, no modificó ni un ápice su política restrictiva. Es más, en su última reunión, realizada a comienzos de este mes -y por primera vez desde el inicio de la crisis-, incrementó su tasa de referencia en 25 puntos básicos, llevándola a 4,25%. La argumentación de la suba fue contundente:«Los niveles actuales de inflación de 4,0% continúan siendo inaceptables y, de no reducirse, impedirán el crecimiento sostenido de la economía en el mediano y largo plazo». Más claro.

    Sin embargo, las cuestiones claves a dilucidar aquí son las siguientes. ¿Por qué mantener esta política estrictamente antiinflacionaria de suba de tasas si más de 50% del incremento de los precios internos se debe a la desmedida y ya mencionada suba de los precios de la energía y de los alimentos. ¿Por qué insistir en nuevas subas de tasas que, claramente, perjudicarían aún más el nivel de actividad, pero que -al menos en el corto plazo- no impactarían en modo alguno sobre dichos precios, hoy inmersos en un proceso de burbuja, generado por toma de posiciones financieras?

    La respuesta puede encontrarseen las declaraciones oficiales del BCE: el objetivo de mantener la política monetaria restrictiva «a pesar de que ésta prácticamente no tiene impacto alguno en los precios de la energía y los alimentos, es evitar los efectos de segunda vuelta». ¿Cuáles son estos efectos? Lisa y llanamente, el eventual traslado de las subas «exógenas» de los valores mencionados en el párrafo anterior a los precios internos (incluidos los salarios), lo cual conduciría a una espiralización de la inflación. Si se comparte esta visión del problema se puede concluir entonces que la actual política restrictiva llevada a cabo por el BCE es adecuada.

    Caso contrario -es decir, de no combatirse ya mismo los efectos de segunda vuelta-, la espiralización, que inevitablemente se produciría en el corto plazo, forzaría a posteriori la implementación de subas de tasas mucho mayores que las actuales, con todo lo que ello implicaría en menoscabo del nivel de actividad.

  • Condición

    Sin embargo -y en forma independiente de que la política actual del BCE sea la correcta-, lo que debe quedar perfectamente claro es que para que ésta tenga éxito en lograr un escenario de «soft landing», es decir abatir primero la inflación y luego impulsar la actividad económica vía baja de tasas, será condición sine qua non que los precios de la energía y de los alimentos se encaucen y definitivamente confluyan hacia los valores indicados por los fundamentos de la oferta y la demanda (¿ petróleo a 90/100 dólares por barril?).

    Caso contrario, o sea de persistir los incrementos exógenos tipo burbuja de dichos precios, de nada le habrá servido al BCE contener en esta etapa los efectos de segunda vuelta. Si éste fuera el escenario (por ejemplo, con un petróleo a 200 dólares), sin duda la inflación continuaría en ascenso, la presión de los efectos de segunda vuelta serían cada vez mayores y, entonces, el BCE -fiel a su mandato- no dudaría ni un instante en profundizar lo que fuera necesario la suba de tasas en detrimento del nivel de actividad: ¡la «estanflación» sería inevitable!

    Se advierte, entonces, la crucial importancia que en la actualidad tiene la evolución del precio del petróleo y de los alimentos; en efecto, de él fundamentalmente depende cuál será la configuración del escenario macroeconómico de mediano plazo de la euroárea: nada menos que «estanflación» o «soft landing».
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