China se sale con la suya, Trump se va de la OMS y el rally mantiene su curso

Economía

El S&P500 no se desvía de su curso alcista. Subió el 3% en la semana y un 7,55% en el mes en el que más se predica vender. El "Sell In May", por lo visto, quedó si efecto este año.

No hubo choque frontal entre Beijing y Washington. El destino de colisión trocó en una simple escaramuza ruidosa. Wall Street sortea escollos. Ignora algunos, como la devastación del presente; otros se los quitan del camino, como la media verónica del viernes del Presidente Trump, quien cambió su derrota (en sus dos sentidos) para no causar zozobra. El S&P 500 no se desvía de su curso alcista. Subió 3% en la semana y 7,55% en el mes en el que más se predica vender (por el efecto “Sell In May” que, por lo visto, quedó sin efecto en 2020). La canasta de las 500 acciones principales se apreció ya 39% desde los mínimos del 23 de marzo, cuando la Fed de Powell la libró de otro obstáculo siniestro, la tormenta en ciernes de una corrida memorable contra la deuda corporativa. Tamaña levitación redujo las pérdidas del año a sólo 5,77% como si la pandemia con sus 100 mil muertos en EE.UU. fuera la anécdota pasajera de un resfrío. Eso la posiciona a tiro (10,1%) de los máximos históricos, y en la antesala de un nuevo mercado bull. El Nasdaq sería el probable mascarón de proa. En 2020 avanzó 5,76% de la mano del puñado de tecnológicas resistentes al Covid-19, y con un empujón de 4% estrenaría récords.

Aquí no ocurrió milagro más grande que la bonanza súbita del degollado que no lo fue: la deuda de las empresas se vende hoy como pan caliente.

De ahí deviene la fortaleza sostenida de la Bolsa. Boeing necesitaba un rescate estatal de 60 mil millones de dólares antes del furor de la pandemia y, sin embargo, no lo precisa ahora. La salvó el mercado de bonos a pesar de los vuelos diezmados por la peste, los aviones en tierra (y el 737 MAX en el tablero de diseño) y sus clientes, las aerolíneas, en bancarrota. Boeing es el principal colocador individual de deuda corporativa dentro de un boom inesperado que, desde el 23 de marzo, sobrepasó el umbral de un billón de dólares de flamantes emisiones (un volumen récord para un año completo).

No fue magia: fue la Fed con la innovación de sus dos facilidades de crédito a medida, el Tesoro que puso la firma y el colateral necesarios, y el Congreso que aprobó el mega-paquete fiscal que aportó el capital madre. Pero antes que las autoridades echaran mano a la billetera, el mercado de bonos se apuró por abrir la suya. Boeing, por caso, podría completar allí un programa de colocaciones por 75 mil millones de dólares para superar el trance. En Europa, donde el BCE estrenó el Programa de Compra de Emergencia Pandémica (PEEP), la historia se repite. Las nuevas emisiones bordean los 900 mil millones de euros. Lo más increíble de todo, créase o no, es que se le franqueara el acceso a los países emergentes, que ellos sí están desguarnecidos de todo apoyo oficial ad hoc, y a la intemperie. ¿Cuál es la lógica? Borrosa. La deuda es un bomba de tiempo que no detonó y tampoco se desactivó; enorme, se renueva y crece en tamaño. ¿Se confía en que se hará hasta lo imposible para que no explote? No importa el Covid-19, o, por caso, la confrontación geopolítica, si esa convicción se hace carne (hasta que sí importen, ya que no se abolió la ley de la gravedad). La pandemia desacelera pero las relaciones internacionales se tensan. China huele su momento y pasa a la ofensiva: sanciona una ley de seguridad nacional para aplicarle a Hong Kong. Remueve una llaga conocida: ¿qué sucederá con la autonomía y el principio de “una nación, dos sistemas”? EE.UU. advierte que va a responder. Y el presidente Trump lo anticipa el viernes: se retira de una OMS “dominada por China” y anulará el estatus especial de Hong Kong en materia de aranceles y turismo (aislándola aún más). Ladra y no muerde. La respuesta esquiva el bulto. China se sale con la suya y EE.UU. se sale de la OMS. Los mercados confirman que están en lo cierto. No importan las graves razones, sí el instinto. La ruta alcista es un camino sinuoso de desfiladero pero la carga se acomoda en el camino. Con una pizca de suerte, o con buena voluntad porque es en el interés de todos no desbarrancar. La crisis destruyó 40 millones de empleos, según los pedidos de subsidios, pero se pagaban 25 millones de planes y, esta semana, sólo 21 millones. Se sale a ciegas de la cuarentena, y la actividad resucita del fondo del pozo. Hay que cruzar los dedos para que nada se le cruce a la Bolsa. Y tal vez aun si así fuera, no faltará un comedido que lo aparte.

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