¿Grato souvenir? Una foto con el Fondo Monetario Internacional

Economía

El FMI bajo Christine Lagarde era una cosa y ahora bajo el comando de Kristalina Georgieva es otra es nada más y nada menos que un cuento de hadas al estilo película de Hollywood.

Algunas cosas parecen que no están del todo claras en la economía argentina. Quizás una de las peores es la mala interpretación que se suele hacer acerca del rol, las funciones y de los propios directivos del FMI. Del cuento de terror que se nos contaba -con sobrada razón- acerca del papel del FMI en Argentina durante la era Macri, vamos dando lentos, pero seguros pasos hacia un estrechamiento de un vínculo que de acentuarse demasiado, nos puede perjudicar mucho más de lo que seguramente nos va a favorecer.

No cuesta demasiado entender por qué. Ocurre que creer que el FMI bajo Christine Lagarde era una cosa y ahora bajo el comando de Kristalina Georgieva es otra es nada más y nada menos que un cuento de hadas al estilo película de Hollywood. El FMI es el mismo, lo dirija quien lo dirija. Y si Lagarde tenía esa postura mitad desafiante, mitad cínica y en cambio Georgieva cultiva un perfil más bajo ello no indica que el FMI haya cambiado nada en absoluto. Más aún: resulta más temible el FMI dirigido por Georgieva que dirigido por Lagarde. Y ello no se debe a que Georgieva tenga algo de malo, sino que a Lagarde se le veía demasiado la hilacha. Simplemente ocurre que ambas no han sido otra cosa que funcionarios pagos por los países miembros para que decidan y tomen las decisiones que los políticos que gobiernan los países miembros previamente ya han decidido independientemente del criterio que puedan tener los técnicos y los funcionarios del FMI.

El FMI no es más que el “filtro” que ponen los políticos y los poderes de los principales países del mundo para no tener que sonrojarse por las continuas exigencias que, a través del FMI, le hacen solapada pero firmemente a los países que pidieron ayuda previamente y a cuyos presidentes suelen sonreír de oreja a oreja. Visto de esta manera, da exactamente igual que al FMI lo dirija Lagarde, Georgieva o quien quiera que sea. No cambia un ápice la cosa. Y si bien por un lado esta es una gran contra que tiene que enfrentar cualquier deudor del FMI, bien utilizado puede ser una ventaja ¿Por qué? Porque el FMI - probablemente sin desearlo- puede operar de filtro para ambas partes. Por un lado, como dijimos, pone en la “sala de espera” a países sedientos de fondos y les realiza crueles pedidos, sin que deban sonrojarse Donald Trump, Angela Merkel o el propio rey Guillermo de Holanda. Pero por el otro no le cabe más remedio que oír, sin quejarse y sin chistar toda clase de improperios, acusaciones y reclamos, algunas veces fundamentadas y otras veces no. ¿Se imagina el lector que ocurriría si en vez de hacerle los reclamos al FMI hubiera que hacérselos a los jefes de Estado del G-7 que son los reales patrones de la vereda? Probablemente se generaría un problema insoluble porque ni los países desarrollados están dispuestos a hacer beneficencia internacional con sus fondos ni a los jefes de Estado de los deudores del FMI les puede dar demasiado el cuero como para arremeter contra el G-7 sin pagar enormes costos de todo tipo.

Como se puede ver entonces, el FMI dista de ser un organismo internacional inservible como se lo acusó repetidamente. Por lo contrario, debe ser una de las entidades internacionales más útiles que hay para que la diplomacia internacional sea posible. Es un “organismo buffer”. De otra manera las relaciones entre países desarrollados y países sedientos de fondos serían de una tirantez imposible de soportar. Pues bien, quien entienda esto puede comprender cabalmente que un país puede ocupar un rol contestatario con gran animosidad contra el FMI, o un rol neutral de quien pretende prestarse al póker perverso que el FMI maneja tan bien de disfrazar una gran cantidad de demandas que nada tienen que ver con las balanzas de pagos de los países miembros -su supuesto objetivo- tras las cuales hay en realidad intereses creados de los países del primer mundo -su actual finalidad. Esos son los dos casilleros que con cierta sabiduría y experiencia se puede ocupar. Lo que en cambio está severamente contraindicado como la sal al hipertenso es el tercer casillero: el del amigo o socio del Fondo, porque el Fondo no tiene amigos ni socios.

El Fondo tiene patrones y tiene países a los que les quiere cobrar. Si le interesa cobrar no es porque desee especialmente que le devuelvan lo prestado porque para los reales dueños del Fondo Monetario Internacional lo que se le adeuda al organismo no es más que cambio chico, sino porque es el encargado de mantener un orden monetario internacional en el que viajan pasajeros de primera clase, pasajeros de segunda clase en camarotes turista, y pasajeros que viajan en cama-cucheta con boleto de tercera. Y ya se sabe cómo son estos viajes: los pasajeros de primera, millonarios, pueden hacerse amigos del capitán -antes Lagarde, ahora Georgieva- quien no es más que un empleado de lujo que le teme a ese selecto grupo de millonarios de primera porque sabe que su cabeza está en sus manos.

Pero una cosa muy distinta es si un viajero clase turista “B”, o incluso -como son algunos países lejanos- simples ocupantes de “cama-cucheta” intenta, en un exceso de confianza, hacerse el amigo del capitán. O peor aún, tratar de mostrarle a los demás pasajeros que él sí es el real amigo del capitán. Ese es el casillero que no hay que ocupar. ¿Por qué? Porque el final es anunciado en tal caso: el capitán lo separa haciéndole un desaire con lo que sus compañeros de clase turista se le ríen en la cara y los millonarios de primera clase no solo hacen de cuenta que nunca lo vieron, sino que -para peor- cuando se lo crucen al otro día pondrán una inmensa cara de asco. Argentina hizo ese triste papelón en la era Macri. El expresidente pretendió mostrar que existía una amistad que en realidad no había con el organismo, que en un inicio le brindó todo el apoyo no por amor, sino por el espanto que le causa a esa entidad -y, lamentablemente, a buena parte de la clase política internacional- todo lo que huela a peronismo. Mauricio Macri seguramente hoy debe querer incinerar todas esas vergonzosas fotos y desvergonzados tapes en los que aparecen sonrientes él, Lagarde, Dujovne y una corte de funcionarios de ambos lados. Ese es el espejo en el cual es deseable que nuestro actual Presidente no se refleje.

El Fondo nunca fue amigo de Macri. Trump nunca fue ni es el amigo que Macri en un primer momento intentó simular. El gran acto protocolar del G-20 en Argentina no fue más que eso: un vacío acto protocolar sin nada sustancial ni de nuevo ni de viejo. Nadie es amigo de nadie. Lo único que hay son intereses que a veces se comparten entre socios que tienen afinidad y otras veces se disputan entre adversarios puramente circunstanciales de los cuales mañana se puede, quizás… ser socio. Por eso, no tiene ningún sentido intentar pegarse fraternalmente al capitán o sacarse fotos sonriéndole. Porque él ni siquiera decide si se toma rumbo a estribor o a babor. Porque por definición es solo un empleado. Nada más que un empleado. De lujo, pero solo un empleado. Nunca podría ser otra cosa desde ese lugar. Los presidentes de los países, en cambio, no son -o al menos no deberían, como algunos lo fueron- ser empleados. Son nada más, pero nada menos que los principales representantes de los votantes.

walter.graziano@yahoo.com

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