26 de marzo 2002 - 00:00

La convertibilidad era mucho menos costosa

La convertibilidad era mucho menos costosa
Cuando el gobierno de Duhalde asumió, el respaldo de la convertibilidad era de 82 por ciento, lo que implicaba que la relación de cambio (tipo de cambio sostenible) entre pasivos financieros del BCRA y reservas líquidas era de 1,22 a 1. Pero como 31 por ciento de esos pasivos estaba nominado en dólares (cuentas corrientes en dólares de los bancos en el BCRA), la conversión del total de pesos emitidos podía realizarse recién a un mínimo de $ 1,32 por dólar.

Un nivel de respaldo tan bajo sólo tenía un antecedente en toda la historia de la convertibilidad: el 6 de setiembre de 2001, momento en el cual el FMI se apiadó de Cavallo y asistió al BCRA con u$s 4.000 millones de reservas. Tres meses más tarde, esa asistencia se había desperdiciado y el nivel de alerta rojo volvía a aparecer, pero esta vez, sin salvavidas a la vista. O se dejaba de asistir al sistema financiero y se resguardaba el valor de la moneda, o se devaluaba el peso.

El 9 de enero, el gobierno decidió fijar la nueva paridad oficial del dólar en $ 1,40, de modo tal de quedarse con un muy pequeño margen de intervención de u$s 332 millones. El mercado libre abrió con una exigencia adicional a ese margen: al cotizar el dólar a $ 1,75, el colchón que le exigían implícitamente al Banco Central era de u$s 3.215 millones. Esa suma era una reserva que el mercado entendía como la medida prudencial para no ser defraudado si el Central vendía muchas divisas de golpe y el peso perdía respaldo. Ciertamente, con $ 1,37 se podía hacer frente a todos los pasivos, ahora pesificados; pero el mercado cotizaba 38 centavos más.

La primera lección interesante que se debió haber extraído entonces era la siguiente: si en convertibilidad el mercado exigía casi 100 por ciento de respaldo, a pesar de contar con una regla legal firme, sin convertibilidad exigiría seguramente más aún. Eso fue lo que sucedió, pues el mercado abrió con una exigencia de respaldo de 127 por ciento. Una regla objetiva parecía resultar más confiable que la discrecionalidad de un gobierno que venía de violar cuanto contrato se le ponía delante.

• Desairado

A poco andar y viendo que la cotización del dólar subía fuertemente, el Presidente quedó desairado al afirmar el 20 de febrero que la divisa norteamericana pronto bajaría a $ 1,70, algo que no ocurrió. Pero el desaire mayor lo sufrieron los ahorristas argentinos, quienes no sólo vieron frustrada la promesa presidencial inaugural de devolver los dólares depositados, sino que además habían sido pesificados por el gobierno a $ 1,40, y el Presidente aceptaba ya que el dólar valía 20 por ciento más que eso. Ahora bien, ¿qué cotización estaba en condiciones de respaldar el BCRA en el mismo momento en que el Presidente hacía esas afirmaciones? Un dólar de no menos de $ 1,62, pero suponiendo un respaldo de 100 por ciento. El mercado ya exigía para ese entonces un respaldo de 136 por ciento, implícito en el valor de mercado de $ 2,10.

Semanas después volvía a darse el mismo juego. El 11 de marzo, el Presidente advertía a quienes habían comprado dólares a $ 2,50 que «desgraciadamente habían perdido plata» y volvía a poner una cotización oficial ideal: $ 2. Era cierto que el BCRA seguía en condiciones de sostener una cotización de $ 1,61. Pero era el mercado el que seguía aumentando sus exigencias, pidiendo un respaldo de 146 por ciento, implícito en el valor de mercado de cierre, que fue de $ 2,25. Hoy esa exigencia ya llega a 200 por ciento y sigue su tendencia natural de hacerse infinita.

Conclusión: en un mercado como el argentino, les guste o no al gobierno y a los economistas pesificadores, un sistema de convertibilidad necesita de menos respaldo en divisas que un sistema de flotación. Es decir, una convertibilidad tiene menos costos de oportunidad para el Estado, en términos de divisas inmovilizadas. No es lo que ocurre en los países normales, donde la gente sólo exige una porción muy menor de divisas extranjeras en las arcas de la autoridad monetaria. En la Argentina, en cambio, lo mínimo que se le exige de respaldo es 100 por ciento, y ése es el caso de la convertibilidad o dolarización. Es decir, el Estado argentino no sólo tiene crédito voluntario nulo, sino también, crédito monetario nulo. No puede pretender emitir una moneda con valor positivo.

De más está decir que una moneda convertible era enormemente menos costosa también para el sector privado, pues con ella podía planificar a mucho más de una semana de plazo, algo que hoy está vedado en el país.
Si este análisis resulta convincente y claro, también es cierto que tiene una debilidad: su falta de novedad, ya que era absolutamente conocido de antemano, y no había ninguna necesidad de pasar por este costoso experimento. Salvo para convencer «en los hechos» a quienes no estaban convencidos de lo que se venía afirmando hace por lo menos una década: salir de la convertibilidad es ir al caos.

• Hiperinflación

Hemos pasado de la fijación de la moneda con libertad de todos los demás precios a un intento de fijación de todos los demás precios con libertad de la moneda. ¿Cómo podría haber sido consistente una economía en donde una sola variable, el peso, debe acomodarse al valor, arbitrariamente fijado por el gobierno, de cada una de las demás, pudiendo tener ella misma sólo un precio a la vez? Respuesta: no teniendo precio alguno. Ese resultado, el de un peso valiendo cero, es el único capaz de hacer trivial la fijación arbitraria de los demás precios. Ahora bien, cuando su moneda no tiene precio, un país enfila directo hacia la hiperinflación. Ya no se necesita de ningún elemento adicional, como la expansión monetaria, pues ya nadie quiere tener en su poder algo que no vale nada. En este punto está la Argentina hoy.

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