31 de enero 2006 - 00:00

La prudencia fue lo que más primó

La prudencia fue lo que más primó
Nunca antes en la historia, una empresa cotizante ganó tanto dinero en un período, como el que reportó ayer Exxon Mobil. Del otro lado, el juicio en contra de los ejecutivos de Enron comienza a poner punto final a lo que fue también un récord: la mayor quiebra de una empresa cotizante en la historia. Mirando 0,7% que perdió el Dow al cerrar en 10.899,92 puntos, casi podríamos decir entonces que las dos noticias se anularon mutuamente, de la misma manera que lo hicieron la suba del petróleo con la baja de las tasas y el repunte del dólar, o el resto de los balances que se dieron a conocer a lo largo de la sesión. Fuera así o no, lo cierto es que es válido pensar que el comportamiento del mercado fue el correcto ante la posibilidad (remotísima) que hoy el Comité Abierto de la Fed, la OPEP desde Viena o el presidente Bush en su alocución anual sobre el Estado de la Unión (el Congreso no está dispuesto a ningún proyecto "faraónico"), se aparezcan con alguna sorpresa.

Y hablando de récords, 2005 vio cómo los norteamericanos no sólo gastaron todo el dinero que ganaron, sino que además se vieron compelidos a pedir más dinero prestado y a sacar dinero de sus ahorros, algo que no ocurría desde la Gran Depresión (1932/33). Pero a diferencia de lo ocurrido en aquel entonces, cuando la crisis no dejó otro camino que "desinvertir", esta vez ha sido la sensación de riqueza (la suba inmobiliaria y un mercado laboral favorable) lo que derivó en que los particulares gasten más de lo "que les entró", para financiar la compra de vehículos, casas, etc. (sólo de manera marginal se desvió dinero a formas alternativas de ahorro, como las acciones, bonos, fondos comunes, etc.).

En una economía donde dos tercios de la actividad es responsabilidad del gasto de los consumidores, es claro que esto puede haber sido beneficioso. La gran duda es qué pasará si el costo del dinero continúa creciendo como se sospecha, y el precio de las construcciones comienza a descender. A quien seguramente este tema no le preocupa es a Alan Greenspan, que como las ratas (o los buenos ministros de economía tercermundistas) ha sabido abandonar el barco a tiempo.

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