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17 de junio 2004 - 00:00

Lavagna, ¿el negociador más caro de la historia?

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Los últimos en detectar la fragilidad de su estrategia y el costo que tendrá para el país fueron Elisa Carrió y su economista de cabecera, Rubén Lo Vuolo. Leamos a estos dos opositores en el artículo que publicó «Clarín» el martes pasado: «Las imprecisiones del anuncio no permiten conclusiones sobre el monto de la quita de la deuda impaga, aunque seguramente será menor a lo pregonado con pagos que más que duplican los anunciados en Dubai. Esto surge del reconocimiento de los intereses caídos desde el default, con las tasas pactadas originalmente. Siendo estos intereses muy superiores a los de la nueva deuda, surge la siguiente paradoja: el período de gracia por la demora en presentar esta propuesta perjudicó al país. Cabe agregar que los intereses ofrecidos casi triplican los de Dubai».

Carrió y Lo Vuolo pusieron el dedo en la llaga más irritable de Lavagna. Denunciaron que la táctica de arrastrar los pies, que el ministro adopta en casi todo, terminará costándole al país u$s 23.000 millones, exorbitancia que se pagará con un menú de bonos. La prodigalidad con que el Palacio de Hacienda reconoce estos intereses compensa el dato que el gobierno prefiere mostrar: el de la quita propuesta para el resto de lo adeudado.

La observación de Carrió y Lo Vuolo no es novedosa. Ellos vinieron a mensurar el costo, u$s 23.000 millones, para un error que otros señalaron antes. El primero en hacerlo fue el presidente del Banco Central. De modo muy discreto, Alfonso Prat-Gay señaló en su momento -un mes antes de hacerse cargo de sus actuales responsabilidades-, que la lentitud en la negociación de la deuda sólo provocaría daños. Dijo que hubiera sido mejor para el país precipitar un acuerdo «cuando estábamos de rodillas», es decir, cuando nadie sabía si la Argentina se recuperaba o se hundía más en su desastre.

Es probable que Prat-Gay no conociera, en ese entonces, la generosidad con que su colega Lavagna reconocería los intereses que no pagó mientras eludía la mesa de negociación. Casi seguramente, la recomendación del presidente del Central sólo hacía foco sobre la conveniencia de hacer jugar a favor del país la incertidumbre que provocan los derrumbes. Eso hubiera evitado que la negociación transcurra, como sucede ahora, en el contexto de un crecimiento formidable y cuando el Tesoro acumula un superávit llamativo, sobre todo para la codicia de los bonistas.





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