Pelea el gobierno por obras sociales
Como sucedió cuando se gestionó la reforma laboral, también ahora, con los intereses del sindicalismo afectados por la desregulación de las obras sociales, el gobierno vuelve a dividirse. Fernando de la Rúa se mostró inmu-table el miércoles por la noche, cuando Patricia Bullrich y Pablo Gerchunoff desarrollaron en Olivos los argumentos que aconsejan avanzar con una desregulación amplia, que desemboque en la emancipación de los empleados respecto de las obras sociales, "cajas" de los sindicalistas. En cambio el ministro de Salud, Héctor Lombardo, y el superintendente del Sistema de Salud, Rubén Cano, defendieron ventajas para los gremios, como que se les conceda que durante un año quienes acceden a su primer empleo (jóvenes sanos) estén obligados a afiliarse a la obra social del sindicato. La discusión que se produjo en Olivos y a la que De la Rúa no le puso final alguno involucra más dirigentes del oficialismo. Como cuando se debatía la ley laboral, Enrique Nosiglia, Raúl Alfonsín y Rafael Pascual aconsejan al Presidente para que acuerde con los sindicatos. Esgrimen peligros como un malestar social creciente, cortes de ruta, huelgas y otras plagas. Bullrich, José Luis Machinea, el asesor Dick Morris, Antonio de la Rúa y hasta Fernando de Santibañes recomiendan afrontar el conflicto: creen que no hay mejor adversario que el sindicalismo para encarar el año electoral y que la bandera de la libertad de opción en materia de salud sólo está destinada a ganar frente a los que deban votar en setiembre.
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Los dirigentes de la Alianza adoptaron conductas diferentes, enfrentadas. Gacelas unos, panteras los otros, estaban los que preferían la paz y, en todo caso, la huida, y los que creían que sólo se podía seguir con vida atacando.
En ese entonces se puso en tela de juicio el corazón del sistema sindical, es decir, el convenio colectivo centralizado. Ahora, cuando lo que se discute es el pulmón, las obras sociales, los alineamientos son similares y es la misma la dureza del conflicto. También es igual el papel de Fernando de la Rúa, quien oficia como árbitro mudo. Así ocurrió el miércoles por la noche, en Olivos, donde reunió en un tenso encuentro al ministro de Salud, Héctor Lombardo; a la de Trabajo, Patricia Bullrich; al jefe de asesores del Ministerio de Economía, Pablo Gerchunoff, y al superintendente del Sistema de Salud, Rubén Cano.
Gerchunoff, una vez más, volvió a enfrentarse con Cano y, en alguna medida, con Lombardo (aunque con éste tiene más consideración no por respeto sino porque no lo juzga de su misma categoría intelectual; tampoco a Cano, pero con alguien tiene que discutir). Cuando De la Rúa pidió un informe sobre «qué falta por reglamentar» y «qué piden los sindicalistas», en referencia a la desregulación de las obras sociales, Gerchunoff defendió una vez más una desregulación absoluta, en la que hubiera la menor cantidad posible de trabas para que los prestadores compitan entre sí. Como es sabido, Lombardo y Cano ofician desde hace meses como vocero de los intereses sindicales dentro del gabinete, tal como lo demuestran cuando finalizan las reuniones y llaman de urgencia a Armando Cavalieri para rendirle cuenta de lo ocurrido.
En cuanto a lo que piden los gremios, ambos bandos explicaron lo mismo al Presidente: quieren que durante un año se les garantice que quien accede a un primer empleo (jóvenes y sanos) estarán obligados a afiliarse a la obra social sindical. «Algo hay que darles a los muchachos» fue el único comentario de De la Rúa, quien dejó a ambos bandos en ascuas.



