2 de abril 2003 - 00:00

Perón libreempresista

Este fue un discurso de Juan Perón en su tercera presidencia. Lo pronunció el 4 de octubre de 1973 en la sesión final en la Asamblea Nacional de Entidades Empresarias organizada por la Confederación General Económica.

Aquí reniega de su otrora estatismo, se queja del déficit de las empresas del Estado, se muestra privatista pidiendo al empresariado que tome las muchas empresas del Estado. En realidad, Perón ya había girado su estatismo a fines de 1951 y se mantuvo en la libre empresa y la economía abierta al exterior hasta su fallecimiento.Aquí también Perón desalienta a izquierdas violentas que se habían pegado al peronismo en los '70 y quería, más que un «estatismo» directamente solo el Estado, en una dictadura del proletariado manejando toda la economía de un país.

Veamos párrafos salientes.

El Perón libreempresista que asumió en 1973. Pedía que la actividad privada asumiera el control de las deficitarias e inmanejables empresas públicas en manos del Estado.
El Perón libreempresista que asumió en 1973. Pedía que la actividad privada asumiera el control de las deficitarias e inmanejables empresas públicas en manos del Estado.
Hoy tengo el placer de decir que, en estos 120 días de trabajo, por primera vez he estado mirando los toros desde la barrera, porque siempre me tocó estar en el ruedo. Esto he podido observarlo ya como una experiencia, porque en 1946 nos tocó un trabajo más o menos similar, si bien, lo confieso, en mejor situación económica que la que actualmente soporta la República Argentina. Pero los grandes principios son exactamente los mismos, y -posiblemente en menor grado- los graves problemas que entonces enfrentamos son también los problemas de ahora.

En 1946, había terminado la Segunda Guerra Mundial. Habíamos soportado cinco años sin abastecimiento porque nuestra industria todavía no satisfacía un sector mínimo de las necesidades del país.

• Explicación

No era un problema fácil. Sin embargo, fue necesario abordarlo con una deuda elevada y con un gran porcentaje de desocupación. Fue necesario encarar la solución económica teniendo en cuenta los elementos que se presentaban como factores primarios.

Nos defendimos como pudimos en aquellas circunstancias, sin ayuda externa, porque la terminación de la guerra había dejado a todos los demás países en condiciones no de ayudar sino de ser ayudados. Hoy, fundamentalmente, esa situación, en cuanto a ese factor, ha cambiado, pero, como muy bien dijo el ministro de Economía, el país está como si hubiéramos salido de la Segunda Guerra Mundial, con todos los factores en contra.

En el futuro podrán hacerse estudios más profundos y quizás arrimar nuevas soluciones de acuerdo con las conquistas que la propia clase empresaria argentina está desarrollando en el país.

Yo pienso que la revolución de que muchas veces hablan tiene una sola ejecutoria que ha de ser constructiva: debemos evolucionar. Pero esa evolución no se realiza quebrando ni rompiendo sistemas, sino cambiando estructuras en la medida en que así lo exija la necesidad.

Yo pienso también que el trabajo que podemos realizar en conjunto las organizaciones empresariales, las organizaciones gremiales de los trabajadores y el gobierno, a través de una legislación apropiada, sancionada por el Congreso de la Nación, es lo único que puede consolidar las reformas para hacerlas definitivas y posibilitar su duración en el tiempo y en el espacio.

Finalmente, señores, sería injusto de mi parte si no agradeciera con profundo sentimiento de argentino la tarea que se ha efectuado ya en el Ministerio de Economía, como, asimismo, el esfuerzo y el sacrificio que han realizado los agentes que, en nombre de la Confederación General Económica y de la Confederación General del Trabajo, se desempeñan en él. Y sobre todo quiero hacer presente mi emocionado reconocimiento a los señores empresarios que, quizá quitándoles tiempo a sus propias necesidades, anhelan comprometerse con la administración y dirección de
las empresas estatales, que hasta ahora no nos han dado más que dolores de cabeza. Es en manos diestras que esas empresas podrán disminuir su déficit, y Dios quiera que algún día puedan, por lo menos, no producir déficit. Si los señores empresarios las toman en sus manos, la República tendrá que agradecérselo, porque son demasiadas las empresas estatales y demasiado grande el déficit que producen como para que el país no deba agradecer la habilidad, la buena intención y, a veces, el esfuerzo y aun el sacrificio de los que, abandonando quizá sus propias funciones, se dedican a las que corresponden a la Nación, que, como también se puede afirmar, son las que corresponden a toda la República.

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