Debe enviarse al olvido la declaración del ministro Roberto Lavagna sobre que con sólo 50% de aceptación de la oferta de deuda el gobierno se conforma. Es intentar decir «si llegamos a 60% reconózcannos un triunfo», sólo como mera especulación política. Y empieza a ser agobiante que este gobierno, de la tragedia del recital en Cromagnon a sacar del default al país, lo mida todo en función de «su imagen», de la «repercusión política adversa que podamos tener» como si a la Nación le correspondiera el segundo lugar.
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Un 50% o 60% de aceptación de los nuevos títulos que se busca canjear por los anteriores es bajo, sería fracaso. Altamente costoso en juicios para el país, además. Bastaría pensar que casi 37% de los que deben aceptar corresponde a la deuda pública interna que, en general, se cree aceptará la propuesta -aunque hay 10.000 bonistas locales de accionar imprevisible- y eso se sabe de siempre, desde que les concedieron otros beneficios a bancos, compañías de seguros y AFJP. ¿Qué le puede importar a un banco local o a una AFJP que los fondos resguardos de ley los cumpla con títulos a 38 años si ante cualquier irregularidad que surgiera por un Estado argentino incumplidor no les podrá reclamar nada ese mismo Estado? Pero para el exterior todo es distinto y si un gobierno aspira solamente a llegar hasta 50% de aceptación en su propuesta internacional, sumando apenas 12% de afuera, no podría disimularse un «arreglo meramente de entrecasa». En definitiva ese fracaso.
Por eso debe olvidarse esa declaración de Lavagna, por absurda o «de paraguas». En lo demás, el ministro estuvo correcto en su presentación de la oferta. Inclusive cuando amenazó con juicios a los que mundialmente se los hagan a la Argentina por no pagarles mejores montos por los títulos en mora, aunque sea una amenaza un poco de fogueo. ¿Qué tribunal internacional le va a dar la razón a la Argentina en un juicio contra los acreedores que judicialmente reclaman porque el país se comprometió y ahora no les paga lo acordado? Serían juicios también absurdos.
No obstante, hay que entender algo: el inicio de un período de oferta de la Argentina por 43 días para que sus acreedores se conformen y acepten perdonarle 65% de lo que el país legalmente les debe por 100.000 millones de dólares es como la invasión de Malvinas en 1982, aunque cabe pensar que con mejor final. Se pudo discutir antes si la oferta es mezquina o no -en realidad, es mezquina-, si debió ofertarse años antes o no --debió hacerse antes y hubiera traído miles de millones de dólares que por el default alargado cambiaron de rumbo hacia Brasil, además de haberse tenido que pagar en cancelación anticipada e innecesaria de deuda, en otro contexto, desde ya, de 9.000 millones de dólares al Fondo Monetario que brinda créditos a la más baja tasa internacional-, si Roberto Lavagna y su equipo eran la mejor alternativa o no para negociar un canje de títulos impagos con alta quita a los tenedores legítimos -ciertamente no eran los mejores porque muchos se esfuerzan ahora por impulsar la no aceptación, más allá de cualquier pérdida, por rencor a discursos y a actitudes soberbias personales del ministro-. Pero lanzada la oferta de deuda, como ya sucede, con Roberto Lavagna de cabeza técnica, el país no tiene más que apoyarlo porque, si le sale bien, o sea si hay alto índice de aceptación, todos los argentinos ganamos. Es como la noche previa de la invasión de Malvinas en 1982: cuando las naves partieron desde los puertos de nuestro país en el Sur hacia las islas terminó el disenso porque entraban en riesgo vidas argentinas. Se pudo discutir antes lo disparatado del tal actitud bélica, si el presidente de facto Leopoldo Galtieri y el general Mario Benjamín Menéndez eran el mejor resguardo para una patriada guerrera así, si nuestros soldados tenían un entrenamiento adecuado. Pero una vez comenzada la operación -antes Malvinas y hoy oferta sobre la deuda-, ningún ciudadano, cuando está en juego mucho del país, puede dejar de apoyarla. Simplemente porque ganamos o perdemos todos, los argentinos actuales, los que pronto se volverán adultos y los que vendrán aún sin nacer, si hay que pagar más.
Lavagna -ya lanzados a la operación internacional- podrá mentir o no, usar artilugios, hacer operaciones de prensa para tratar de lograr una alta aceptación. Inclusive debería ser sancionado y reemplazado si no hace todo -bueno, cierto, malo o falsoporque es su misión y está en juego en el monto final el bienestar de generaciones de argentinos.
La prensa es otra cosa. La prensa debe ser objetiva, desde ya, pero debe comprenderse no antiargentina. En definitiva, si «The New York Times» de Estados Unidos -el más importante diario del mundo-, «The Financial Times», el más importante diario financiero de Europa-, el importante Crédit Suisse First Boston y Mario Blejer, el tan relacionado argentino en el Banco de Inglaterra, pueden criticar la oferta argentina, pero informan hoy que tendrá alta aceptación, sería absurdo que alguna prensa argentina le negara tal posibilidad a partir de que hoy comienza la batalla.
Ojalá, entonces, la Argentina logre alta aceptación tras estos próximos días cruciales para el futuro nacional.
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