4 de enero 2002 - 00:00

¿Puede un gobierno suplente cambiar un modelo de 10 años?

Nadie sabe bien por qué, pero casi todos sostienen que hay que abandonarla de una vez por todas. Tal vez porque fue lo único que perduró con éxito en un país frustrante. Lo cierto es que acaparó todas las culpas o, más bien, todos los rencores de una dirigencia incapaz de lograr lo que se propone y que, agobiada, opta por destruir lo que funciona. Todo sea por cambiar algo y, a lo mejor, aparezca la solución.

Sumidos en este vértigo de la desesperación institucional que provoca ver un desfile de presidentes de la Nación en pocos días, muchos rumores, aunque ninguna voz, dijeron que esta vez hay que dejar atrás la convertibilidad, ese corsé rígido que no nos deja crecer. Pero sucede que el país está absolutamente dolarizado, no sólo en las contabilidades de empresas, estados y familias sino, lo que es más determinante, en la mente de cada uno de los argentinos que trabaja y planifica sus actividades económicas. Contra esa realidad no hay flotación, pesificación, pataconización ni argentinización que valga. Cualquier experimento terminará en una dolarización de facto. La diferencia estará en los costos que haya que pagar en el ínterin.

Hay que salir de la convertibilidad. Pero, ¿por qué? Por falta de competitividad. Pero, ¿alguien puede sostener que el principal problema de la Argentina radica en su falta de competitividad comercial cuando sus exportaciones crecen a un ritmo de 8% real anual y marcarán este año un récord histórico cercano a los u$s 27.000 millones, que no será muy superior porque los precios internacionales de nuestros productos están cayendo 4%? ¿O cuando nos encaminamos a un superávit comercial también histórico de alrededor de u$s 6.000 millones, más de 2% del PBI?

• Patas cortas

Es cierto que podrían crecer más vigorosamente aún y que eso ayudaría a 10% de nuestro aparato productivo que se dedica a atender la demanda externa. Pero con una acumulación de déficit fiscales consolidados de más de 3% del PBI por tercer año consecutivo, un nivel de desempleo que pronto superará 20% de la población activa (por responsabilidad principal del mercado interno) y una intervención estatal del sistema financiero que se originó en la necesidad de obligar a los ahorristas a no desfinanciar a los bancos que a su vez ayudaban al Estado en un canje «voluntario» de la deuda pública nacional y provincial, no parece que la competitividad comercial sea más que una excusa de patas cortas.

Habrá que decirlo con franqueza: agotado el financiamiento público voluntario comenzó la expropiación de todo lo fácilmente expropiable. Primero fueron los depósitos de los ahorristas y ahora serán las reservas del Banco Central. Es por eso y por ninguna otra cosa que se abandona la convertibilidad que tantas satisfacciones nos trajo a millones de argentinos en términos de previsibilidad y capacidad de ahorro. Tampoco es cierto que no se pueda rehabilitarla, aprovechando una parte muy menor de los recursos que deja el default para regresar al BCRA y esterilizar los pesos que utilizó el Tesoro indebidamente, volviendo a recomponer un respaldo del orden de 90%, suficiente para quebrar expectativas devaluatorias.

La sociedad difícilmente pueda creer que la salida de la convertibilidad la beneficiará. La vuelta a las remarcaciones de precios, de todos ellos, no sólo de los importados, ya ha despertado más de una memoria dormida. Estamos otra vez en el país de antaño, con las mismas consignas y con la misma falta de capacidad directiva y de respeto por las reglas de juego. Vuelven a ser los burócratas los que deciden cuánto habrá de pagar cada cual en este reparto de miserias. Vuelven esas imágenes que permitieron -con cierta justicia- acuñar posteriormente la frase «Argentina del Primer Mundo», por simple contraste con esto que retorna: la intromisión del Estado en nuestras vidas.

• Política libre

La población debe saber que la convertibilidad, lejos de ser una artificialidad rígida, como se sostiene, es una política monetaria absolutamente libre, donde es la propia gente la que decide cuánto dinero tener, manteniendo líquida la parte de los ingresos de divisas que haga falta para ello. Lo que es absolutamente artificial, en cambio, es emitir una moneda en las cantidades en que un gobierno necesite hacerlo, independientemente de la demanda que por ella exista. La demanda real de dinero existe y es un dato de la realidad económica.

Salir de la convertibilidad es quitarle a la gente una libertad macroeconómica, la de determinar cuánta moneda desea comprar para proveerse de liquidez. Para hacer más evidente esta visión puede pensarse en que, si se dolarizara, lo que a los efectos monetarios (no bancarios) es idéntico a una convertibilidad 100% asegurada, la moneda pasaría a ser un bien importado como cualquier otro, sin que nuestro Estado y sus dirigentes de turno pudieran intervenir en él, empobreciéndolo. ¿Qué tendría esto de artificial, si seríamos nosotros mismos los que decidiríamos nuestra política monetaria?

¿Por qué la pérdida de una libertad de mercado para entregarla a una administración que sigue dando pruebas de incapacidad habrá de beneficiarnos a los ciudadanos? Nadie puede dar una respuesta a esta pregunta en la Argentina de hoy. Pero lo peor, nadie parece estar formulando esta pregunta, que es la primera que deberíamos hacer a un gobierno que nos proponga la salida de la Convertibilidad.

Por último, ¿puede un gobierno suplente, nombrado por una vía constitucional indirecta y accidental, proponerse dejar atrás un «modelo» de una década de vigencia, implementado y ratificado por gobiernos que contaron expresamente con la voluntad popular, cuando fue el mismo Eduardo Duhalde quien llevó esta propuesta de cambio a las elecciones presidenciales de 1999 y por ella fue derrotado? ¿No se necesita un consenso popular para acometer semejante golpe de timón? ¿Y si él estuviera equivocado y el pueblo repudiara esta medida, como lo señalan algunas encuestas?

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