No es inusual, pero no deja de despertar alguna sonrisa que la explicación del malhumor de los inversores se sustente en un cúmulo de lo que se suele considerar como "noticias positivas". Es que si lo malo nunca deja de ser malo, es difícil aceptar que "lo bueno", por ser "demasiado", se transforme en "malo". Pero vamos por partes. A pocos minutos de arrancar la operatoria, se conoció que la confianza de los consumidores (correspondiente al mes de abril) había crecido inesperadamente al punto más alto desde mayo de 2002 (irónicamente, también se supo que la popularidad del presidente tocaba su punto más bajo). Casi al mismo tiempo, el reporte de venta de casas usadas trepaba 0,3% sobrepasando las previsiones de los analistas y dando cuenta de un mercado inmobiliario mucho más "fuerte" de lo que se pensaba. Un rato después, el presidente Bush anunciaba que dejaría de comprar petróleo para la Reserva Estratégica y enumeraba una serie de medidas adicionales a favor del desarrollo de combustibles alternativos. Con esto, el petróleo se desplomó por segundo día consecutivo, cayendo a u$s 72,88 por barril (parafraseando a McLuhan, tuvo más "valor" el mensaje que el contenido). A esto se sumó otro ramillete de "buenas" desde el frente empresarial (la tabacalera Reynolds que compra Conwood, Sun Microsystems que cambia de CEO, IBM que aumenta dividendo, AT&T que incrementó ganancias, DuPont que mejoró su perspectiva para el próximo trimestre), y, sin embargo, el resultado fue un Promedio Industrial que retrocedió 0,47% a 11.283,25 puntos. Es cierto que la tasa a 10 años trepó a 5,081%, pero el mercado se está comportando como el alpinista Fernando, que al verse cerca de la cumbre comenzó a retroceder, olvidando que la bajada más segura quedaba del otro lado de la montaña.
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