25 de enero 2001 - 00:00

Se necesita ya un shock de confianza

Cuando uno analiza qué significará el blindaje financiero para el futuro de la Argentina, es bueno tener en claro cuál es el diagnóstico, para así poder curar la enfermedad. Si consideramos que el país llegó a fines de noviembre a una situación cercana a la cesación de pagos por una coyuntural iliquidez conecuencia de un negativo contexto internacional, el remedio para curar al paciente es el mismo blindaje que le brinda una garantía de liquidez por un año. Resulta difícil imaginarse que una situación de corte de crédito externo pueda durar tanto tiempo. Por lo tanto, sólo hay que sentarse a esperar, y todo se irá resolviendo.

Por el contrario, a nuestro juicio, el problema no es externo, sino interno. No debemos desconocer que hubo factores de incertidumbre internacional que tendieron a generar un caldo de cultivo propicio para potenciar los problemas domésticos. Es cierto que los meses de octubre y noviembre estuvieron signados por los temores a una crisis internacional derivada de una estampida en el precio del petróleo; pero las dudas más graves pasaban por la Argentina.

En realidad, el problema de fondo es la gran pérdida de credibilidad de este gobierno durante su primer año de gestión. Como de credibilidad deviene la palabra crédito, era lógico que el financiamiento para la Argentina se redujera en la medida que mermaba la confianza de los inversores en el PE. A partir de allí, poco importa si el Estado debía enfrentar vencimientos por decenas de miles de millones o solamente unos pocos dólares. Si el crédito disponible es cero, igual uno está quebrado.

Mal humor

No es la primera vez que el gobierno vive una crisis de credibilidad. En el período marzo-mayo de 2000, se dejó crecer la imagen de un gobierno pasivo y sin liderazgo, que no tenía un rumbo definido para sacar al país de la recesión. Esto se montó en el malhumor de la gente que sufría el impacto de un «impuestazo» injusto e ineficiente, mal implementado y peor comunicado. Por otro lado, se sumaba el temor de los inversores a los que el gobierno les dijo que le habían dejado «un barco que se hunde» y que prefirieron abandonarlo hasta estar seguros de que el capitán podía llevarlo a buen puerto. También, colaboró la dificultad del gobierno en transmitir y defender las políticas que desarrollaba. A principios de mayo, era común escuchar el rumor de cambios en el gabinete ministerial y las dudas de inversores y analistas sobre la solvencia fiscal.

En ese momento, el gobierno pareció entender el problema y lanzó un duro ajuste fiscal como forma de demostrar firmeza en el rumbo que debía seguirse. Además, elevó su perfil comunicacional en la búsqueda de transmitir mejor su gestión. Sin embargo, pronto volvieron a primar los mensajes ambiguos de un gabinete heterogéneo y de una coalición con sectores que no apoyaban el accionar del PE. Por eso no extraña que, luego de una interesante recuperación inicial, durante el tercer trimestre, la Alianza volvió a ver cómo se esmerilaba su imagen.

Como respuesta, el Presidente buscó darle mayor homogeneidad a su gabinete y gestó cambios que no fueron apoyados por su vicepresidente, que terminó renunciando. Esta crisis política no fue el origen de los males actuales, sino la resolución del proceso de desgaste anteriormente descripto. Fue el punto culminante de la pérdida de credibilidad del gobierno y no es, por lo tanto, extraño que el crédito para el país terminara por desaparecer del todo.

El blindaje no sirve para restablecer esa credibilidad perdida. Simplemente es una garantía de que el gobierno podrá honrar sus compromisos en 2001. Sin embargo, nada les asegura a los inversores que podremos pagarles en los años subsiguientes. Pensar que el éxito de haber obtenido el paquete crediticio es un mérito suficiente para que la gente confíe en el gobierno es olvidarse de por qué llegamos a necesitarlo. Por lo tanto, el PE ha conseguido una nueva oportunidad y tiempo, no más allá de principios del segundo trimestre, para volver a recrear su imagen entre los consumidores e inversores. Por el momento corre con suerte, ya que el escenario internacional parece estarle jugando fuertemente a favor.
EE.UU. bajó sus tasas de interés medio punto porcentual, y se espera que, de acá a mediados de año, las baje hasta otro punto porcentual más. Para la Argentina, esto es una excelente noticia. Los inversores nos ven como fuertemente endeudados y, por lo tanto, significará menores pagos de servicios de intereses y mayor crédito disponible. Además, por la convertibilidad, el dólar es nuestra verdadera moneda, y la Reserva Federal, nuestra autoridad monetaria; por lo que nos viene bien que nos incremente la liquidez disponible. Por último, a mayor flexibilidad monetaria esperada, menores serán las expectativas de que un «aterrizaje forzoso» de la economía estadounidense genere una crisis de incertidumbre internacional que corte el crédito disponible para las economías emergentes.

También fue buena noticia la mejora de la calificación de la deuda brasileña, ya que disminuye la percepción de riesgo regional y potencia el crecimiento de un importante socio comercial nuestro. Además, el salvataje de Turquía por parte del FMI sacó del horizonte una potencial crisis que pudiese afectar a otras economías emergentes.

Remar con ganas

Es probable que, con este escenario externo, muchos piensen que es cuestión de dejarse llevar por el viento favorable. A mí me parece que también es necesario remar; pero en el sentido correcto y con ganas. Necesitamos un «shock» de confianza para que los inversores y consumidores vuelvan a creer en la gestión del gobierno, y apuesten a favor de sus decisiones económicas dinamizando el nivel de actividad.
De esta forma, el humor de la gente empezará a cambiar favorablemente, y los inversores y analistas tendrán menos miedo a una eventual dura derrota electoral en los comicios de este año, donde se renovará toda la Cámara de senadores y la mitad de la de diputados. También, habrá menos incentivos para que la Alianza pueda quebrarse ante la posibilidad de tener que enfrentar una debacle electoral.

Mayor crecimiento económico implica mejor recaudación; lo cual incrementa la posibilidad de cumplir con los compromisos de déficit asumidos en la Ley de Solvencia Fiscal reformada y en el acuerdo con el FMI. Una fuerte baja de la percepción de riesgo-país les dará la señal a los inversores de que el costo del endeudamiento que necesita el Estado será menor y que la disponibilidad de crédito para el período posterior a 2001, no cubierto por el blindaje, es altamente probable que esté disponible.

Pensar que el «shock» de confianza se dará simplemente porque el escenario internacional nos es favorable no resulta creíble. Para ello, se necesita que el gobierno muestre contundencia en las medidas que toma. En ese sentido, los decretos firmados a finales de 2000 dejaron un sabor ambiguo. La reforma previsional lanzada fue una versión incluida de lo anunciado por el Presidente en su momento y, aun así, desde la propia «tropa» de la Alianza algunos amenazan con derogarla. Por otro lado, la implementación de la libertad de elección de los servicios de salud no resultó lo suficientemente ambiciosa como para asegurar que los trabajadores podrán ejercer este derecho en el corto plazo; aunque debe reconocerse que es un primer paso en la dirección correcta. Lamentablemente, cuando uno quiere lograr un vuelco brusco de las expectativas, tiene que tomar medidas contundentes, y eso suele significar enfrentar intereses y generar conflictos. No se puede navegar a medias aguas. Por eso, si el gobierno no quiere perder esta oportunidad, deberá replantearse su estrategia gradualista y buscar ser más audaz. En definitiva, la audacia es uno de los gastos que caracterizan el «liderazgo» que la gente y los inversores están esperando de este gobierno.





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