1 de abril 2004 - 00:00

Si se aprende no es tan grave

Es axioma de muchas ciencias pero se le adjudica más a la Economía que «se puede tomar cualquier camino... pero no evitar las consecuencias». En el tema energético lo está viviendo este gobierno de hombres jóvenes e inexpertos en grandes administraciones -como la de un país-. Hombres recelosos de talentos fuera de su círculo y, para colmo, con sobrevaloración de sus méritos.

Si cierta admiración de sectores medios y bajos urbanos -según afirman sospechosas encuestas- es el principal capital que tiene Néstor Kirchner, las patologías que comenzaron a aparecer en su «modelo» económico prometen pegar duro también en ese sector.

Las restricciones en el transporte de gas y, en consecuencia, en la generación de energía, se le vienen anticipando a esta administración desde que se hizo cargo de la Casa Rosada. Ya se escuchaban durante el gobierno de Eduardo Duhalde, al que se le dijo muchas veces que un proceso sostenido de recuperación económica estaría limitado si no se facilitaban inversiones en reposición de equipos, tecnología de punta y en el área energética.

La emergencia energética en la que ingresó el país es un revés doloroso porque pone en evidencia la dificultad del Presidente para aceptar y también dominar algunos principios fundamentales de la Economía o ser capaz de canjearlos por un éxito político efímero. Paga el gobierno en el campo de la energía el mismo precio que en el de las finanzas, donde también se buscó hasta ahora vencer la ley de gravedad en la negociación de la deuda pública, que se hace más costosa cuanto más tarde se la encara.

El gobierno intentó ahora desafiar la regla según la cual no existe crecimiento económico que se sostenga sin inversión, y la inversión depende de las expectativas de rentabilidad que, en el caso de servicios públicos, está determinada por las tarifas. Tan importante es que las empresas tengan rentabilidad -o sea ganancia- como resto para invertir. Pero más importante es lo primero, que no se vea como pecado o expoliación el ganar. Porque para el resto hay crédito. Y este gobierno cree que ganar es un vicio, como dijo Winston Churchill.

El muy bajo precio del gas en la Argentina hizo que se exagerara en el consumo de este combustible y, por lo tanto, que no haya posibilidad de proveerlo suficientemente por falta de gasoductos, aun cuando las productoras garanticen la oferta por lo menos para el nivel de demanda de este año. Sobre esto actúa también el mayor pedido por recuperación de la economía. Durante el primer trimestre de este año hubo un consumo diario promedio de 34,1 millones de metros cúbicos, comparado con el de 22,2 millones del primer trimestre de 2003. Se calcula que para este invierno harán falta 17 millones de metros cúbicos de gas por encima de lo disponible dadas las limitaciones de la generación y, sobre todo, del traslado.

Kirchner hasta ahora marcó límites -y no obró mal- a los concesionarios de servicios públicos. Pero cayó, lamentablemente, en el pecado de exceso, con bastante omnipotencia e ignorando «las consecuencias» de los caminos antojadizamente elegidos. Temprano, en julio de 2003, el ministro de Finanzas de Francia, Francis Mer, visitó Buenos Aires a pesar de la airada advertencia del ministro Julio De Vido de que «si viene a hablar de tarifas, que no venga». Mer -que decide en el Fondo Monetario Internacional el voto de su país sobre la Argentina- vino igual y dijo públicamente que no habría nuevas inversiones si no se reconocía una nueva tarifa a empresas cuya ecuación de ingresos había sido destrozada por la devaluación y la pesificación asimétrica (las «torres gemelas» de Eduardo Duhalde) y que en nuestro país la energía eléctrica está entre las más baratas del planeta. Gente como Mer no habla por hablar.

Ocho meses después, en el restorán Horcher de Madrid, el presidente de Repsol YPF, Alfonso Cortina, le quiso hacer entender a De Vido que «si no prevés que no hay posibilidad de darle gas a todo el mundo, te darás de cabeza contra una crisis». El ministro contestó que «si se llega a ese extremo, la gente irá a golpear la puerta de las empresas», provocando la réplica de Cortina: «Julio, estamos hablando de servicios que la población asocia con el gobierno; tres días irán a las empresas y al cuarto, si siguen sin gas o sin luz, irán contra ustedes».

Se le advirtió siempre al gobierno -lo notaron muchas veces los lectores de este diario- que pagaría en algún momento su rechazo a crear un clima favorable a la inversión en el país. Kirchner elude ese reproche diciendo «no oigan lo que digo, miren lo que hago». Pues en el campo de la energía dijo y operó mal. Exageró el ataque a las empresas que pusieron dinero en la Argentina durante los años '90. Hasta las acusó, durante la primera visita a España, de no haberse ido a tiempo cuando llegó la crisis, «como hice yo con la plata de Santa Cruz». Tampoco atendió a las restricciones técnicas cuando le advirtieron que habría un déficit energético imposible de ser superado con voluntarismo. Kirchner tiene una tendencia a sospechar conspiraciones. Creyó que los que le aconsejaban recomponer los ingresos de las empresas de servicios lo hacían por un afán de lucro perverso, corriéndolo con la vaina de los cortes de energía. Aún ahora desde la Casa Rosada (Alberto Fernández) reclama que las empresas inviertan primero y después pidan tarifa.

Roberto Lavagna (hoy muy «aggiornado» y nada «alarguero» como fue) desde Lima, dijo lo obvio: que no hay inversión sin un marco regulatorio previo. Lavagna no es más virtuoso en esto que Fernández, pero cumple su rol: él tiene comprometido desde setiembre frente al Fondo Monetario Internacional una revisión de contratos que está pendiente desde que llegó al ministerio, en tiempos de Duhalde. Además, Lavagna disfruta inconscientemente del atolladero actual: al llegar al poder, lo primero que hicieron los patagónicos fue despojarlo de la Secretaría de Energía, materia que hasta ahora se suponía una especialidad de gente de Santa Cruz.

• Temor al cacerolazo

¿Quién va a poner capital en un emprendimiento productivo ignorando al calcular cuál será el costo energético que tendrá? ¿Cómo hacer una planta alimentada por gas si un año después habrá que usar fueloil? Se calcula que Brasil perdió 3 puntos del PBI durante su crisis de energía del año 2001. Uno de esos puntos se debió a la caída en las compras de aparatos eléctricos: el público dejó de adquirir artefactos que no podría usar por falta de luz. Para no afectar clases medias y bajas con un aumento general de tarifas, Kirchner por decreto obligó a las empresas a aceptar que habría distintos precios para cada sector del mercado. Sólo así se podría aumentar el precio del gas y restringir su consumo sin afectar a las familias y provocar un «cacerolazo» que el gobierno siempre teme.

No es una medida bien pensada si el más pobre usa más querosén que gas y si el rico con casa tiene el «beneficio extra del consumidor» porque el precio se fija a nivel de pobre con casa. Y hay mucho más gas en casa de ricos que de pobres. La decisión de contaminar con criterio electoral y de politizar las reglas de la Economía comenzó ya a enredar a los funcionarios, sometidos a casos particulares. Se busca, entonces, hacer un traje a medida para cada grupo, lo cual le quita transparencia al negocio: el combate al intervencionismo y la desregulación fue el mayor aporte de los años '90 a la lucha contra la corrupción en la Argentina. Pero ni siquiera desde este punto de vista el gobierno valora nada de esa época (en la que tan bien le fue a Kirchner).

Limitado en estos dos «mercados», el gobierno les apuntó a las generadoras eléctricas, también altas consumidoras de gas (entre 2003 y 2004, comparados los primeros trimestres, la demanda de gas en este sector aumentó 55%). Pero lo que se quería evitar por un lado se conseguiría por el otro: el ajuste en el precio del gas llevaría a un aumento en la tarifa de la luz. Además, otra peculiaridad de 2004 es que se trata de un año especialmente seco (el Paraná redujo su nivel en 34% y el Uruguay en 48%, mientras los ríos del Comahue lo bajaron en 24%), por lo cual ha disminuido extraordinariamente la generación hidroeléctrica. Esto hace todavía más sensible la limitación en el transporte de gas.

Como a las pymes no se las tocaría por las mismas razones de los domicilios particulares, no quedaban más sectores ajustables que las grandes empresas industriales y los países vecinos. En el primer caso, se las abastecería a fueloil. En el de los vecinos, sobre todo Chile, se les suministraría gas hasta los niveles que se registraron en 2003. La demanda de ese país aumentó 20% este año y la mitad de toda su producción energética depende del gas argentino.

Pero tampoco estas salidas son del todo viables. La idea de proveer fueloil a las generadoras eléctricas y grandes empresas choca contra un límite inflexible: muchas grandes industrias, convertidas a gas en los '90, carecen de depósitos para ese combustible líquido. Además, las destilerías no pueden aumentar la producción de fueloil o gasoil de un día para el otro. Resultado: la Argentina deberá importar ese combustible de la Venezuela de Hugo Chávez, lo que hace aparecer una dependencia externa inesperada, que anotarán los que siguen la política internacional de la región, sobre todo en Washington. Más allá de esto, aparece otro detalle: la falta de barcos en zona para trasladar ese combustible (de cada dos barcos mercantes que existen en el planeta, uno está hoy saliendo o entrando de un puerto de China; también los de combustible). ¿Qué flete se pagará por el fueloil que se traerá desde Venezuela?

Esta dimensión internacional de la crisis se hace más visible en el caso chileno. Si bien es cierto que el artículo 1º de la Ley 24.076 establece que antes de proveer gas al exterior debe estar garantizado el suministro interno, existe un protocolo de integración entre la Argentina y Chile, que fue incluido en el Sexto Acuerdo de Integración Bilateral entre ambos países (por lo tanto, tiene fuerza de ley nacional), en el que se establece que los cortes en la provisión de gas a Chile deben ser «proporcionales» a los que se realicen en el interior de la Argentina. Es decir, nuestro país está obligado a tratar al mercado chileno como al mercado doméstico.

• Mala fama

La ruptura de estos contratos internacionales acentúa los rasgos que lamentablemente el país ya ganó tras el default, la Ley de Quiebras y otras irregularidades que les hacen ganar a los argentinos una fama de estafadores que se tardará años en desmentir. De hecho, hoy en Chile las evaluadoras de proyectos de inversión desaconsejan cualquier emprendimiento que dependa de gas importado desde el otro lado de los Andes.

Pensamos que en 1957 Juan Perón para honrar compromisos (y no perderse necesarias divisas, a decir verdad) sacrificó a los argentinos haciéndoles comer pan de centeno pero no interrumpió las exportaciones de trigo, grano menguado ese año por terribles sequías. El modo de pensar y los complejos de los hombres del gobierno les hacen imposible encarar cualquier medida así. Siempre se ha visto que los pueblos aceptan sacrificios acotados y los prefieren a las falsas expectativas (por caso los disimulos de realidades con subsidios a los que es tan afecto el Kirchnerismo).

Hay la sospecha de que, a propósito de la crisis, podría existir la voluntad de intervenir en la propiedad de las empresas, reestatizando o controlando las inversiones desde la Secretaría de Energía. No se trata de ver fantasmas en todos lados. Pero hay indicios. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, el ministro Eduardo Cicaro alienta la formación de una empresa de distribución de gas que compita con las privadas que existen en el distrito. En el orden nacional, el ministro De Vido le encargó a uno de sus subordinados que estudie la creación de una Empresa Nacional de Gas. Ese subordinado no es Daniel Cameron, con quien el ministro está enemistado (Cameron es considerado un experto en el ambiente de la energía), sino el secretario de Comunicaciones, Guillermo Moreno. Este funcionario es el que, al comienzo de la gestión actual, ideó un fideicomiso desde el cual se orientarían las inversiones en telecomunicaciones, limitándose las empresas apenas al management y al mantenimiento de lo ya instalado. Como pesa sobre la administración el antecedente del Correo, estas presunciones se vuelven verosímiles.

La crisis es seria y prolongada, aunque pueda ser, disimulada. ¿Las soluciones? Racionalizar el manejo de la Economía algo que incluye, por lo expresado, tarifas razonables. Sustituir soberbia por humildad y pedirle un esfuerzo sincero a la población admitiendo errores. Si hay dinero -y lo hay-, ubicar mejor los subsidios de lo visto hasta ahora que es politización. Sustituir el clima de agresividad e iracundia que los Kirchner impusieron al país y al exterior por diálogos constructivos. La dosis de Poder y autoridad que Kirchner necesitaba ya la impuso. Ahora los caminos son otros.

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