La actual Unión Europea celebrará «sus quince» este año. Como una niña, a pesar de que empieza a tener formas de mujer, está lejos todavía de su mayoría de edad y madurez para todos los efectos. Sus raíces se remontan a la posguerra, cuando se formó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que representó el primer paso hacia el Tratado de Roma de 1957, en el cual seis países aceptaron trabajar juntos para lograr un mercado común que permitiese la libre circulación de personas, mercaderías y capitales en una organización llamada Comunidad Económica Europea.
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Sólo en 1986 se acelera el proceso, definiendo el año 1993 para el lanzamiento del libre comercio entre los países signatarios. En 1992, con el tratado de Maastricht, se crea la ciudadanía europea, se establece la libre circulación de personas y la creación de una moneda única, el euro, que sustituiría la moneda virtual ECU en 2002.
En 2004 los políticos europeos firman la Constitución europea, con la finalidad de dar una forma jurídica a la UE, que permitiría una política exterior y un ejército común y una mayor centralización del poder. Sin embargo, no se tuvo en cuenta a la población que rápidamente desarrolló opiniones contrarias a esta nueva iniciativa: la unión económica sí, la unión política no.
Negativas
Hace tres años, el rotundo No a los referendos de Francia y Holanda (el país que más influyó y aprovechó de la UE) acalló los temores de aquellos que no querían más transferencia de poder de los países miembros a las instituciones europeas y de los que se oponían a la idea de un «Súper Estado».
Los políticos no se dieron por vencidos y en 2007 firmaron un nuevo documento al que ya no llamaron constitución para evitar pedir la opinión de los pueblos, de los pocos países que democráticamente les solicitan a sus habitantes decidirsobre cambios en sus constituciones. El tratado sería aprobado sólo por los diferentes parlamentos de la comunidad y solamente en Irlanda los 3 millones de habitantes lograron imponer su opinión. Ellos decidieron por los otros 400 millones de habitantes de la Unión Europea: que el tratado no entrara en vigencia.
De un lado, el afán de los políticos que querían desarrollar más su nuevo juguete para así adquirir a través de él una posición de más poder a nivel planetario, para contrastar con las grandes naciones como EE.UU., Rusia y China.
Razones equivocadas
De otro lado, si el pueblo no quiere -tampoco quería el euro, pero nadie se lo preguntó-, no quiere y con seguridad tiene sus buenas razones, sean éstas más históricas que prácticas.
En realidad el No irlandés fue dado por razones equivocadas y superficiales, pero fue como «una bofetada» para los políticos que con su rol paternalista siempre creen que «saben» lo que es bueno para sus ciudadanos.
No cabe duda que el tema volverá dentro de dos o tres años en alguna otra forma, o en etapas.
Los problemas que está enfrentando el euro, sin embargo, pueden demorar el proceso. La moneda única fue introducida por los mismos políticos desesperados, que en tantos años de tratados y discusiones, no habían logrado soluciones en muchos aspectos fiscales, tales como el IVA o las tasas de los impuestos a la renta, que serían las bases para lograr una armoniosa unión monetaria.
En 2002 «se puso el carro delante de los caballos», imponiendo una moneda única que nadie quería y que a los seis años de vida está dando fuertes señales negativas.
El problema principal reside en los países del sur de Europa y en particular en Italia, un país que siempre vivió bien con su moneda débil, devaluándola regularmente y pagando altas tasas de interés a sus jubilados que tenían sus ahorros en «Buono del Tesoro».
Inteligencia
Con el euro, la deuda interna se volvió deuda externa y la moneda, gracias a la libre circulación de capitales, pudo salir de las fronteras. Como el dinero es inteligente, siempre se va donde más seguridad tiene y donde las posibilidades de ganar son mayores. Este lugar, claramente, es Alemania, que con la expansión al Este se encuentra ahora también físicamente en el corazón de Europa.
Por la escasa credibilidad de sus políticos y sus prácticas, el gobierno italiano hoy tiene que pagar 0,50% más de intereses que Alemania sobre sus abundantes deudas.
Pero eso no es todo: en Alemania muchos ciudadanos han comenzado a rechazar billetes de euros «italianos» o «españoles», detectables por los números de serie. Sólo aceptan euros cuyos números comienzan con una «X» impresos por el Bundesbank y no los que empiezan con «V» de España o los con «S» del Banco Central Italiano.
El problema es aún más profundo; sin embargo, Italia no va a soportar al euro y podría pedir su salida dentro de los próximos cinco años, volviendo a algún otro tipo de moneda nacional que le permita un manejo mas «flexible» («a l'italiana», diríamos) de su economía. Esto no sería catastrófico; por el contrario, con el tiempo llevaría a una situación más natural y no impuesta por los políticos. El proceso, sin duda alguna, creará mucha incertidumbre y la incertidumbre lleva generalmente a la desvalorización de la moneda. Lo que es difícil hoy es escoger cuál es el menor de los males. Por las dudas, diversificaría en francos suizos.
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