15 de febrero 2001 - 00:00

Un trío puede dilapidar el blindaje

Fernando de la Rúa quiere votar contra Cuba por la violación de los derechos humanos y mantener la política exterior argentina de los últimos años. Si ya se pronunció una vez en contra de la isla en tiempos de Bill Clinton, parece más razonable hacerlo ahora que gobierna el republicano George Bush. Así piensa pero no lo dice.

También se niega a desalojar a Pedro Pou del Banco Central, considera insensata esa remoción en el sentido de que podría afectar la estabilidad económica del país. Pero no lo dice. Se ha paralizado y, como consecuencia del silencio, se generó un estado de asamblea en la Alianza donde cualquiera opina, con o sin fundamento, y promueve acciones que inclusive van contra la dirección del gobierno. El saldo: hace 15 días De la Rúa descorchaba champagne, prometía reactivación gracias al blindaje y, ahora, aparece complicado, sin vigor. A los argentinos se les renovó una desconfianza que parecía disipada. Ciclotímico el país, sin duda, indefinido el gobierno y causante de la mutación.

Se dilapida en horas un esfuerzo construido durante meses. Esto, por supuesto, no lo advierten Raúl Alfonsín y Carlos Chacho Alvarez, mecenas de esta nueva crisis y los mayores fabricantes del riesgo-país de los últimos tiempos. Son ellos quienes provocan estas desventuras por mostrar que gobierna un triunvirato y no un Ejecutivo o, al menos, que tienen capacidad para corregir al Presidente. Otros hombres de gobierno ya se enardecen por esta situación: unos personalmente afectados, caso Adalberto Rodríguez Giavarini debido a la confrontación por Cuba; otros, como Chrystian Colombo, porque imaginan lo difícil que será alcanzar determinados objetivos (aprobar decretos o que las provincias cumplan sus obligaciones, por ejemplo) si el gobierno consiente lo que no pensaba consentir; finalmente, alguien como Ricardo López Murphy -quien ya negó que pueda suplantar a Pou en el BCRA-se disgusta porque se modifica una dirección que estaba claramente establecida. Estos tres, que no son un triunvirato menor, ya le han planteado las flaquezas evidentes a De la Rúa.

¿Es razonable enredarse en una discusión sobre el voto en las Naciones Unidas sobre Cuba, cambiar una decisión, inclusive, cuando ese episodio para nada modifica la situación de los argentinos, angustiados hoy por la falta de trabajo, el estancamiento económico y la inseguridad cotidiana? Más cuando pesa la insolencia de Fidel Castro acusando de «lamebotas» a la administración. Suena ridículo cambiar el voto, más bien impuesto por el dos a uno que domina el triunvirato, aunque ya se insinuó (lo hizo Horacio Jaunarena) que el gobierno votaría como lo hace el Mercosur (o con parte del Mercosur: ya se sabe que Brasil se abstiene, al revés de lo que hasta ahora ha hecho la Argentina, pero todavía no está definido el voto del Uruguay).

Crudamente considerada, la cuestión quedó cifrada en estos términos: la Argentina vota con los Estados Unidos -que reclaman esa solidaridad de manera explícita, como se verá en la próxima visita de su secretario de Comercio-o con Brasil, país al cual la postura argentina le resulta indiferente. Esto indigna a los tres ministros, más cuando suman la ofensiva política sobre Pou, quien guste o no constituye una reserva de garantía sobre la estabilidad monetaria (así lo expresó Roberto Alemann y también así lo piensa Domingo Cavallo).

En un país donde los acusadores confunden lavado de di-nero de la droga con operaciones de plata negra, donde suponen que las offshore son únicamente enclaves de corrupción (¿acaso las inversiones de grandes compañías realizadas en el país no vienen con un sello de una offshore?) o donde los grandes volúmenes de dinero siempre pasan por los Estados Unidos y, de éstos, la gran mayoría se canaliza sólo por tres bancos gigantes del mismo origen, las críticas o la presión sostenida para renunciar a Pou sólo se explica por intereses políticos o la incomodidad de los oficialistas para convivir con una jerarquía que no es de su partido.

Hay temor para defender a la autoridad monetaria, fundamentalmente por el miedo a ser sospechado de complicidad con el lavado (aunque existe la sensación de que alguna de estas imputaciones puedan complicar a la administración pasada de Carlos Menem). Como si reinara un fantasma réprobo y, además, existiera una Inquisición. Porque, como acostumbraba aquel tribunal sombrío, a Pou no se lo castiga por lo que hace sino por lo que piensa: que bien podría el país mejorar su performance si suscribiera con EE.UU. un acuerdo de dolarización. A pocos se les ocurre, en cambio, imaginar el daño posible que se le inflige a la economía argentina. Una enorme falla de los dirigentes políticos, sean de la Alianza o del peronismo, hasta de los empresarios que sólo sueñan con una rebaja de los encajes que podría hacer peligrar la convertibilidad. Quizás sólo logren frenar la reactivación y bajar el valor de los títulos públicos.

Dilema para De la Rúa, dividido entre el triunvirato electoral que integra en minoría y asociado a otro terceto hasta ahora sumiso y de confianza, pero que gobierna. Son estos últimos quienes empezaron a plantear que la debilidad en la conducción del país puede generar problemas sobre los cuales no desean tener participación ni responsabilidad. Sin duda es macabra la publicidad oficial alabando el blindaje, como si se vivara a la quimioterapia. Pero mucho peor que este tratamiento, sin duda, es la enfermedad. El Presidente decide, tal vez.


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