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20 AÑOS NO ES NADA
Sebastián Lacunza
Su victoria puso fin al éxito en el que navegó la Concertación durante dos décadas en las aguas del clivaje democracia-dictadura, partiendo de aquel 56% al 44% en el plebiscito de 1988 en el que Augusto Pinochet debió resignarse a dejar el poder a un Gobierno democráticamente electo. Eduardo Frei, la notable maquinaria electoral del oficialismo y el Gobierno de la popular Michelle Bachelet hicieron lo imposible por retomar aquella mística. Estuvieron cerca. El democristiano derrotado, que no es precisamente carismático, logró remontar casi veinte puntos porcentuales con respecto a la primera vuelta del 13 de diciembre. Pero no bastó.
Resulta evidente que la divisoria sobre el recuerdo y el imaginario del pinochetismo -a favor y en contra- estructuró hasta ayer buena parte del voto de este país. Lo expresa el escrutinio, la estrategia electoral de la Concertación, y lo pudo comprobar este enviado dialogando con varias decenas de votantes, ya sea en barriadas populares como San Gregorio y Lo Prado, en el Paseo Ahumada del microcentro, en las prósperas calles de El Golf o en las escalinatas del flamante Museo de la Memoria.
Tan elocuentes son dichas razones como que dejaron de ser decisivas para consagrar presidente en Chile, y por consiguiente, perderán peso drásticamente desde ahora. Así lo marca la victoria de un candidato conservador que logró convencer, aunque sea a una porción menor del padrón -la necesaria-, de que él no representaba lo que la Concertación trató de demostrar por todos los medios. Tuvo sus vínculos con la dictadura cuando en los 80 potenció su fortuna, pero Piñera obtuvo hace 21 años una credencial incontrastable, al votar por el No a la continuidad del régimen en aquel plebiscito. Por si eso fuera poco, ya hace años consideró a Pinochet el peor presidente de Chile junto a Salvador Allende.
Piñera también ganó ayer la batalla contra los pinochetistas de paladar negro de su coalición. Si puede dejar atrás esa agenda, tiene todo un temario por delante en cuanto a terminar de desprenderse del control directo de su fortuna, estimada en u$s 1.200 millones, lo que ha prometido. El eje del conflicto de intereses fue el amuleto que sacó a relucir la Concertación en todo este proceso.
Piñera no heredó su riqueza. Su padre, de clase media, fue fundador de la Democracia Cristiana de Chile junto a Eduardo Frei Montalva. Pedro Pablo Díaz, un amigo de la familia Piñera, reafirmaba ayer que «un sector minoritario de empresarios lo critica porque ha sido exitoso».
Se ha hablado del desgaste de la Concertación. Con líderes respetados en lo personal, como la propia Bachelet, Ricardo Lagos, y otros jóvenes, el conglomerado todavía oficialista tendrá que ingeniárselas para recrearse desde el descrédito mayoritario en que se encuentra.
Piñera ha demostrado flexibilidad y convicción para tomar una agenda social en su discurso, y si lo lleva a cabo, podrá socavar aún más los argumentos de la centroizquierda. Prometió continuar e incrementar los planes sociales, dando por sentado, como todos saben, que no habrá cambios drásticos en la política económica.
Habrá ahora pase de facturas en la Concertación. Este diario presenció el viernes, en un restorán de Las Condes, en ocasión de un almuerzo de camaradería del equipo de campaña oficialista, comentarios entre mesas que en nada coinciden con la visión ingenua sobre la cordialidad extrema de la política chilena.
Anoche acaso habrá sonreído un hombre que aspira a liderar la nueva oposición y que, carente de estructura y con cierta laxitud discursiva, cuenta con dotes mediáticas: Marco Enríquez-Ominami, el socialista díscolo que salió tercero, con el 20,13% de los votos, en la primera vuelta. Queda abierta la batalla.
* Enviado Especial a Chile


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