13 de abril 2011 - 00:00

A la espera de una rebelión radical

Mauricio Macri parece, por momentos, un hábil simulador. Lo padecen los suyos que creen -o desean- que está a punto de dar un paso en un sentido pero la realidad, inapelable, los cachetea con la novedad de que el porteño encara un sendero explícitamente inverso.

El último artificio que manoteó Macri para demorar la indefinición aporta un componente radical: el avance de su «invitación» a un megaacuerdo anti-K depende, asegura, de que se manifieste una rebeldía de los caciques territoriales de la UCR. Su teoría es lineal: la única forma de quebrar la resistencia del alfonsinismo es que los jefes locales radicales presionen al partido con el argumento de que, sin candidato a gobernador fuerte y un presidencial diezmado, podrían perder masivamente sus últimos refugios de gestión.

El jefe de Gobierno descubrió esa variable y la invoca cada vez que, a su lado, lo arrinconan con planteos de que debe anunciar, sin demora, su candidatura nacional. Anteanoche, la cofradía que empuja esa propuesta volvió, persistente, a pedir la definición.

Macri
optó por escuchar el consejo de Federico Pinedo que con criterio parlamentarista le sugirió dar el segundo paso en la convocatoria a un acuerdo de unidad: primero fue el mensaje; luego las bases programáticas -ver aparte-; más adelante, el atado político.

Pinedo frecuenta esos asados junto a Horacio Rodríguez Larreta, Cristian Ritondo, Diego Santilli, Emilio Monzó, Humberto Schiavone, Esteban Bullrich, Pablo Walter y, entre otros, Carlos Melconian. Ese el scrum que lo empuja, con lógica PJ, a la presidencial.

Fue, antes, la usina que le sugirió la doble candidatura: repetir en Capital y, con esa base de sustento y reservando territorio, enfrentar al candidato K.

A otro peronista, Carlos Grosso, se atribuye haber inoculado a Macri una fórmula dual: la convocatoria a un acuerdo anti-K puede ser el atajo elegante para renunciar a la postulación nacional y, en el mismo acto, la pirueta perfecta para quedarse en la Ciudad.Jaime Durán Barba adhiere, ferviente, a ese teorema. Encuentra, con fundamentos mundanos, alianzas en otros habitantes del planeta Macri, interesados en la continuidad del jefe de Gobierno en la Capital.

El camuflaje del pacto de unidad genera esa imprecisión: si el arribo a un acuerdo deriva en un repliegue de Macri en la Ciudad, ¿para qué sus promotores presidenciales contribuirán a esa unidad? Por contraposición, los que lo quieren en la Ciudad deberían ser los más dedicados a sellar un megafrente.

Pero Macri desorbita a los propios como ayer, que los hizo convocar para participar de una conferencia de prensa protocolar y sin sustento
.

La definición de un decálogo de puntos programáticos aparece en cualquier manual pero, en la práctica, los entendimientos surgen más de la necesidad política que de las advertencias republicanas.

Macri asume que la UCR, en particular el sector que empuja a Ricardo Alfonsín, es la traba mayor al inicio de conversaciones. Pero le soplan sobre la existencia de descontento y preocupación entre intendentes y jefes territoriales.

El derrape de Eduardo Brizuela del Moral en Catamarca y el 1,6% de la UCR, el domingo, en Salta son motivos válidos de pánico: si Alfonsín no despega y el radicalismo no encuentra un candidato a gobernador en Buenos Aires, la ola podría destrozar al radicalismo en el territorio.

Macri compró el supuesto de que esos caciques, desesperados ante el riesgo de una derrota en octubre, presionarán hacia arriba y doblegarán a Alfonsín para que la UCR acepte, formalmente, iniciar conversaciones con otros sectores, incluido el macrismo.

De mínima, entre algunos intendentes circula la propuesta de las colectoras invertidas: ir colgados de dos listas de candidatos a gobernador

-uno de los cuales, tras acuerdo con Macri, sería Francisco de Narváez-, de dos boletas de legisladores nacionales pero de una sola presidencial
.

En el macrismo plantean como esquema ideal que todos los sectores participen, como parte de un gran frente, en la primaria del 14 de agosto para definir en ese turno el candidato presidencial, mezclando las listas de legisladores. Eduardo Duhalde, a su vez, plantea que el acuerdo debe ser para el balotaje. El formato es, de todos modos, un dato accesorio: hasta ahora, los diálogos son superestructurales y, por tanto, no avanzan más allá de los voluntarismos de sobremesa.

Dejá tu comentario