El castillo de la localidad francesa de Vauvenargues donde vivió, murió y está enterrado Picasso se abre por primera vez al público después de 35 años.
Aix/Vauvenargues (Francia) - Picasso podría haber muerto ayer. Es la sensación que produce visitar el castillo de Vuavenargues y «violar» el espacio del taller donde trabajaba el maestro. Están los pinceles en su sitio. Y las latas de pintura, y los caballetes de madera. No huele a óleo ni a acuarela, pero sí funcionan, por ejemplo, los proyectores eléctricos que Picasso utilizaba para crear de noche, cuando la inspiración le sorprendía o él la encontraba.
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El cuarto de baño todavía denota una cierta vitalidad cotidiana. Probablemente gracias al fauno y a los árboles que Picasso pintó en los muros desnudos de la cámara. Quería que la criatura mitológica acompañara a Jacqueline cuando se bañaba desnuda. Y Jacqueline correspondió al artista decorando el baño como un jardín: sillas verdes, flores, celosías.
La cama de su dormitorio parece recién hecha. Y llama la atención la bandera de Cataluña que decora y reivindica el respaldo. También sorprende la desnudez de las paredes. Sobrias, severas, como la fortaleza que el artista adquirió para aislarse en 1958.
Picasso podría haber muerto ayer, pero lo hizo en 1973. No aparece la fecha ni el nombre del difunto en el túmulo. Está enterrado junto a Jacqueline en los dominios del castillo, aunque la tumba es invisible porque la sustituye un montículo circular de hierba fresca, custodiado por la escultura de una mujer oferente, abovedado por los cedros maduros.
Es la primera vez que el santuario se abre al público. No sólo para romper 35 años de hermetismo bajo llave. También para otorgar un acento simbólico a la exposición de Cézanne y Picasso que se inaugura en el Museo Granet de Aix-en-Provence el 25 de mayo.
El vínculo entre ambos artistas se materializa en la montaña de Sainte Victoire. Cézanne la pintó hasta 80 veces antes de intuir y anticipar el camino del cubismo. Y Picasso adquirió el castillo de Vauvenargues porque la fortaleza se emplazaba a la sombra de la gran roca. Era una manera de acercarse a su maestro. No lo conoció personalmente, pero una carta de Picasso remitida a Brassaï deja clara la devoción: «Cézanne es mi solo y único maestro. He pasado años contemplando sus cuadros. He pasado años estudiándolos», escribió el artista malagueño.
De ahí proviene la exposición bilateral del Museo Granet. Un recorrido en cuatro estaciones que aporta las «pruebas documentales» de la influencia que Cézanne ejerció sobre Picasso. Tanto en los años del descubrimiento (París, 1900) como en 1957, cuando el maestro español compró el cuadro de «Las cinco bañistas» y lo puso en cabeza de su colección privada.
La exposición que permanecerá abierta hasta el 27 de septiembre, se escenifica en los términos de un diálogo. Más o menos como si el lenguaje vanguardista de Picasso mirara de reojo el patrimonio de Cézanne. Y no sólo en los aspectos estéticos. También en la hondura y en la trascendencia de las obras.
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