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Acecha (de nuevo) el fantasma de Lehman
Mayo es un mes que tiene por bien ganada su terrible fama. Primero fue Grecia, que no pudo armar Gobierno. Y que alumbró el avance de una izquierda dura que presiona con la amenaza con patear el tablero. Después fue el turno de remover la sábana que cubría el torso del elefante. Y si las estimaciones moderadas cifraban en 50/60 mil millones de euros el costo remanente de sanear la banca española, solamente en Bankia (que representa no más del 10% del sistema financiero total) se descubrió un boquete de 23 mil millones de euros. El Gobierno nacionalizó la entidad, anunció un esquema de capitalización que todavía está apoyado en el aire y, en suma, consagra sus esfuerzos en tratar de estabilizar la institución. Pero lo que hay que volver a anclar no es sólo Bankia, sino todo el sistema. España, por sí sola, no podrá. No maneja ninguna de las herramientas necesarias para ejecutar la reparación. No tiene moneda propia. No controla la emisión de euros. No cuenta con un mercado ávido de absorber una ampliación de la oferta de su deuda pública. Su credibilidad -que ya cotizaba a descuento- se chamuscó con el escándalo. Las condiciones de borde son frágiles: Bankia desestabiliza el valor del stock de deuda ya colocada y en manos de los inversores. La disparada del riesgo-país es una pinza que recorta aún más el margen de maniobra.
La crisis europea, que estaba muerta, goza hoy de preocupante vitalidad. Se aceleró con la rebeldía griega y el temor a estrellarse en las segundas elecciones en Atenas el 17 de junio. Pero el affaire Bankia encendió el turbo. Y hoy no es Grecia, sino España la que dicta la prisa. Europa debería actuar antes del 17 de junio. Pero se sabe que la agilidad decisoria no es su punto fuerte. Será indispensable, pues, que lo haga en el terreno de la comunicación. Como una manera de fabricar el tiempo que precisa. Y si no consigue apaciguar las expectativas, entonces tendrá que tallar el BCE con la mejor coartada que encuentre a mano.
La buena noticia -tras dos largos años de penurias europeas- es que las soluciones para domar la crisis, en el plano técnico, están diseñadas. No se trata de inventar de cero. Las grandes depresiones se cuentan con los dedos de una mano, pero las crisis del sistema financiero son un clásico conocido. Ha habido más de un centenar y medio, y sobra la experiencia. Es más: Irlanda sirve como caso testigo. Constituye el mejor ejemplo de hacia dónde conduce la inercia si no se modifica el régimen actual de salvatajes. España podría acabar también en la sala de terapia intensiva en dónde tres han entrado -Grecia, Irlanda y Portugal- y de dónde nadie ha salido aún (y Grecia amenaza hacerlo del peor modo posible). Lo más tenebroso es que no hay asepsia. El contagio continúa. Y con pacientes cada vez de mayor tamaño, si cabe España, no habrá sitio para otro más. ¿Es que no se puede ensayar nada mejor? Sí. Lo recomendable es tomar el toro por las astas, sanear el sistema y dotarlo de un colchón de capital que le permita retomar sus funciones. Así se ejecutó, después de Lehman, en EE.UU. y en Gran Bretaña. La discusión sobre cómo hacerlo no es nueva. Se dijo aquí en abril: «Lo que en EE.UU. se financió con el plan TARP, lo puede hacer la bazuka de los fondos de rescate». En su última asamblea, el FMI lanzó esa propuesta concreta. Con un aditamento crucial: «Que, cuando la situación lo requiera, se puedan inyectar aportes de manera directa a los bancos». Y, de esa manera, que no se obligue al país -como pasó con Irlanda- a comprometerse con un plan de rescate (lo que invariablemente ha llevado siempre a perder el acceso a los mercados de capitales). El BCE no es refractario a la moción. Después de todo, «la integración financiera -la consecución de un mercado único de capitales y servicios financieros- es uno de los postulados a su cargo». Mario Draghi, su titular, lo supo explicar: un enfoque fragmentario de la administración de la crisis conduce a decisiones que pueden ser racionales desde una perspectiva nacional, pero subóptimas para la Unión Europea. Dijimos entonces: «Piénsese en el dilema del too big to fail. Una entidad puede ser demasiado grande para tropezar si el peso de su derrumbe recae sobre España, pero asimilable si lo soportan los hombros de todo el continente. Las necesidades de inyectar capital público pueden lucir astronómicas para un solo país (y, que lo diga Irlanda, hundirlo en un mar de deudas) cuando el muro cortafuegos podría absorberlas (de manera total o parcial) y evitar los temblores. Los beneficios de quitarle dimensión dramática al problema bancario serían sustanciales para el propio éxito de la actual estrategia de ajuste y reforma». Después de estallar Bankia, sí o sí habrá que ocuparse. Y ayer la pulseada se inclinó aún más para el lado de una intervención europea conjunta. Tanto la Unión como la Comisión Europea se pronunciaron a favor. José Barroso propició una «unión bancaria, con supervisión financiera integrada y un régimen unificado de garantía de los depósitos». Lo que sería plenamente compatible con la iniciativa. La Comisión menciona específicamente el tema de la recapitalización directa de la banca a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad. ¿Son globos de ensayo? Sí. Es la estrategia de comunicación que se citó como necesaria para calmar las aguas. Pero también es una tarea de ablande. Todavía Berlín resiste la pulseada. Pero Bankia bien puede obligar a mudar su postura. Y si no es Bankia, será el próximo. Lo que no se le concedió a Lehman, hay que recordar, lo obtuvo AIG un día después.


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