A los 91 años, Mario Monicelli filmó «La rosa del desierto», efectivamente en el desierto, con su energía y su espíritu burlón y también con una gran piedad por el alma humana.
«La rosa del desierto» (Le rose del deserto, Italia, 2006, habl. en italiano). Dir.: M. Monicelli. Guión: A. Bencivenni, S. Cecchi d'Amico, M. Monicelli, D. Saverni. Int.: M. Placido, A. Haber, G. Pasotti, T. Sanguineti, F. Falzarano, M. Atias.
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Orman, oasis perdido del desierto de Libia, 1940. Un cuerpo de Sanidad del Ejército Italiano se ha instalado allí, para mejor servir a la gloriosa campaña del Duce en tierras africanas. Pero no hay gloria alguna, ni tampoco campaña digna de tal nombre. Cada soldado soporta la arena como un beduino, se aburre como un camello, y rezonga o se las rebusca como un típico tano.
Algún día habrá combates y todo eso. Ahora hay cabras, tiendas con mujeres misteriosas allí ocultas, inaccesibles, o tal vez no, beduinos que las custodian, un solazo que parte la cabeza, y una burocracia ridícula. Esto es lo peor.
Entre los miembros de la unidad, un soldado reclama su derecho a casarse, el teniente médico toma fotos y tiene una singular experiencia, que habla de los beneficios de la profesión y la ignorancia de los profesionales, y el mayor al mando de la unidad toma asiento y tiene una infinita nostalgia por su esposa, que seguramente lo está pasando muy bien en Europa, según deducen los subordinados. Hay además, de visita, un comandante presuntuoso, que vive en su nube de necedades, grita su discurso de imbécil, e inaugura un cementerio vacío, augurándole una envidiable población de héroes. Poniendo algo de sentido común y espíritu cristiano entre divagantes imperiales y musulmanes recelosos, un fraile dominico reparte rezos, consejos, y bendiciones matrimoniales. En efecto, el soldado se casa. Y ahí, y en la siguiente escena, culminante, el público se ríe con su más entusiasta mueca de tristeza, y dice «qué grande, Monicelli».
Porque esta comedia es del maestro Mario Monicelli, ese que hizo reír y llorar al mismo tiempo con «La gran guerra», «Los compañeros», «La Armada Brancaleone» y su continuación, «Brancaleone a las Cruzadas», el que inició el mejor momento de la comedia a la italiana con «Los desconocidos de siempre», y lo cerró con «Un burgués pequeño, pequeño», comedia que no dejaba el nudo en la garganta, como otras suyas, sino el espanto en los ojos. Y ahora, en «La rosa del desierto», que hizo efectivamente en el desierto, a los 91 años de edad, con su energía y su malhumor toscano, burlón, ácido, y a la vez también bonachón, piadoso, humanísimo, nos deja una inesperada placidez en el alma, y una pena por el alma humana. Cosas semejantes a las que cuenta pasaron, fueron dramas, y ahora que pasaron, podemos reírnos un poco.
Sus fuentes de inspiración son «Il deserto della Libia», libro de memorias del médico psiquiatra Mario Tobino, que a su regreso se pasó a la Resistencia, «Il soldato Sanna», de Giovanni Fusco, y su propia experiencia en el frente. «Era todo engaño, una estupidez», gruñó al presentar «La rosa del desierto» el año pasado en Mar del Plata.
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