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Aguafiestas operan contra Wall Street
Es una ironía que Bullard fuera el portavoz del "contramensaje". Otros nombres serían más apropiados: Bullard fue quien se opuso en soledad al escenario febril que tan bien describió Ben Bernanke, el titular de la Fed, tras la reunión de junio; aquel que reveló la intención de comenzar a retirar el QE3 "hacia fines de año", y su probable cancelación total "hacia mediados de 2014" con la tasa de desempleo merodeando, presumiblemente, el 7%. Los argumentos que usó Bullard de junio son los que acaba de recitar Bernanke. La economía no desborda fortaleza, la inflación es demasiado baja, las condiciones laborales no exhiben la mejoría sustancial que persigue el QE3 como razón de ser. Todos muy buenos motivos para mantener el calibre de la compra de bonos. La sorpresa no radica allí. Lo que desconcierta es la cabriola. El meticuloso escenario que narró Bernanke de buenas a primeras se esfumó. "Fuimos demasiado optimistas con los pronósticos", admitió. Es verdad. Siempre ha sido así (como se apuntó en su momento). Pero nunca fueron tan veloces en escribirlos y desecharlos.
La explicación formal de Bernanke es una excusa. Hasta sostener que las condiciones económicas cambiaron para peor entre junio y septiembre es discutible. La Fed no debe trazar la política monetaria para los tres meses que ya dejamos atrás sino de cara al futuro, y los indicadores económicos de anticipación, que compila The Conference Board, registran que, después de una breve pausa que duró hasta junio, la serie trepó el 0,5% mensual en julio y el 0,7% en agosto. La tasa de crecimiento semestral se duplicó (al 4,3% anualizada) y presagia una actividad más vigorosa (y no menos) que la que podía estimarse razonablemente en junio. ¿Por qué apurarse entonces, con la tinta aún fresca, en borrar las proyecciones económicas de 2014?
La Fed preparó el terreno para el repliegue del QE3, los mercados pagaron los costos de adaptación: ¿convenía dejar pasar la ocasión de dar un primer paso simbólico? Para Esther George, presidenta de la Fed de Kansas City y disidente todo el año en las votaciones, ello fue una "decepción". James Bullard apunta: "entre reducir el QE3 en 10 mil millones de dólares y no tocarlo, no hay una gran diferencia". Ése es el punto. Si daba lo mismo, ¿por qué no se hizo?
¿Será el turno de octubre? Parafraseando a Bullard, qué diferencia hace arrancar en septiembre o un mes más tarde. La decisión, según contó, fue peleadísima y la información económica que surja en las próximas seis semanas podría inclinar la balanza. ¿Es posible? Sí. ¿Es probable? Difícil de creer. Una golondrina no hace verano. Un dato aislado o un puñado no pueden dictar los virajes de la política monetaria (a menos que delate una explosión). Si el próximo informe de empleo es muy robusto, ¿querrá decir que la Fed debe poner ya manos a la obra? Y si luego se revisa a la baja o el posterior es una lágrima, entonces... ¿de qué se disfrazará?
Si no hay acuerdo entre los partidos y no se remueve el techo de la deuda pública, el Tesoro -según el propio secretario, Jack Lew- deberá comenzar a postergar pagos a partir del 18 de octubre. La oferta republicana sobre la mesa canjea un corrimiento hasta diciembre a cambio de la desfinanciación de la reforma de la salud, la niña bonita (es un decir) del presidente Obama. Y el demócrata inició la negociación citando "la extorsión" de sus adversarios. El rumbo es de franca colisión. Bullard recordó lo duro que fue la riña de 2011, la "innecesaria" degradación crediticia que sufrió el soberano y la convulsión en los mercados. ¿Querrá la Fed sumar sus fuegos de artificio a esta celebración de la alta política? Cuesta pensar que la correrá la prisa.


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