15 de noviembre 2010 - 11:46

Aníbal-Boudou, primera prueba de "conducción" para Cristina

• El triple «error».
• Entre retos y disculpas.
• Los ejes y las pertenencias.
• Tanteos

Cristina de Kirchner el día de la jura de Amado Boudou, ante la atenta mirada de Aníbal Fernández.
Cristina de Kirchner el día de la jura de Amado Boudou, ante la atenta mirada de Aníbal Fernández.
Desde Seúl, antes de partir hacia Buenos Aires, Cristina de Kirchner le trasmitió a Aníbal Fernández su malestar por el espadeo inflacionario con Amado Boudou. Fue necesaria esa intervención para que, 48 horas después del episodio, el quilmeño haga un tibio descargo público.

El diálogo, se asegura que «muy intenso», fue la antesala de una conversación entre el jefe de Gabinete y el ministro de Economía. Aníbal F. habló con «su amigo Amado», según la figura que usó en Twitter, y los dos funcionarios dieron por clausurado el entrevero.

El sábado, tras los contactos, se ensayó el fin de una novela que arrancó el jueves y eslabonó sucesivos tropiezos. Fernández, diestro en la palabra, fue el ejecutor de lo que, recién tras el llamado presidencial, adquirió categoría de «error».

El «análisis distinto» -según su posterior descargo- al de Boudou en el capítulo inflación detonó la sospecha de si esa refutación era producto de una reacción autónoma del quilmeño o si expresaba, como vocero oficial, la postura de Cristina de Kirchner.

La duda voló a Corea, donde el ministro de Economía compartía la cumbre del G-20 con la Presidente. ¿Cristina autorizaba, a la distancia, a pesar de que por esas horas compartía una convivencia cordial en Seúl con Boudou, que Aníbal F. salga a contradecirlo?

Hubo incomodidad e intrigas en Casa Rosada y consultas afiebradas desde el Palacio de Hacienda. Con las horas, el interrogante se despejó y dio pasado al balance de costos del entredicho, combinado con el episodio legislativo del Presupuesto 2011.

Ese traspié era anoche invocado por quienes simpatizan con el jefe de Gabinete para justificar su cruce extemporáneo con Boudou. Parece demasiado poco para explicar el triple error en que recayó, con su parrafada, un experto enunciador como Aníbal F.

En una sola frase, el ministro sirvió un menú hipercalórico a la voracidad opositora sobre la inflación, regaló argumentos para agitar la hipótesis de internas de gabinete y resucitó la versión del cambio de staff. Justo tres ítems que Cristina quiere sepultar. El costo de ese puñado de palabras, llamativas en boca del jefe de Gabinete, llevó hasta a explorar una explicación de ribetes místicos. «Aníbal -dijo un operador K- lo hizo para que aparezca Cristina a ordenar: la hizo intervenir para que dé una señal de mando». Un poema altruista.

Un matiz, de fondo, sobre esa interpretación rondó ámbitos legislativos y refiere a que Fernández «sondeó» hasta

qué punto tiene, en el nuevo escenario sin el control policíaco de Néstor Kirchner, autonomía para decir y hacer sin consulta previa con la Presidente.

«Midió hasta dónde puede jugar», arriesgó un referente parlamentario que siguió, de cerca, el caótico operativo del Presupuesto que, según otro funcionario, fue un show de protagonismos para congraciarse con Cristina. «Tenía que salir mal y salió mejor de lo que pudo salir: hubo quince operadores», dijo.

Las dos miradas surfean, sin embargo, sobre un asunto particularmente sensible. Boudou, a pesar de su vínculo cordial con el jefe de Gabinete, tenía como terminal accesoria a los Kirchner -en su momento, Néstor y Cristina- al ministro de Planificación, Julio De Vido.

Tras la muerte del patagónico, el ministro de Economía potenció su empatía con De Vido. Es más: si antes, Roberto Feletti era el devidista en el Palacio de Hacienda, ahora el nexo sin intermediarios ni guardianes es entre Boudou y el jefe de Planificación.

No es un dato casual la pertenencia del ministro de Economía al eje pingüino frente a la tensiones que existen entre De Vido y el jefe de Gabinete. Esa pulseada, que Fernández atribuye a «cabezotas afiebradas», estalló como ensayo y fue aquietado por Cristina.

Fue necesario, sin visibilidad pública, que intervenga la Presidente que enfrentó un dilema: no hacerlo se hubiese leído hacia adentro como una señal de debilidad; una desmentida oficial podría generar el efecto no deseado de «sobreactuar» para ocultar vulnerabilidad.

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