El Malba acaba de inaugurar “Narciso plebeyo”, una muestra de esculturas, pinturas y fotografías de Pablo Suárez curada por Jimena Ferreiro y Rafael Cippolini. Suárez murió a sus 69 años, en 2006, y dejó una producción tan extensa como contundente. Faltan algunas piezas clave, pero en la exhibición se advierten la descarada ironía y su humor filoso. Vale la pena recordar que Suárez supo reírse de los alumnos de las escuelas de Bellas Artes que ilustraban los conceptos de Lyotard o Baudrillard. Así inundó de aire fresco los ambientes viciados de retórica, burlándose de los discursos ampulosos y vacíos. No obstante, la muestra comienza con un clima melancólico.
Una retrospectiva cargada de ironía y humor mordaz
El artista murió en 2006 y dejó una producción contundente. Supo reírse de los alumnos de las escuelas de Bellas Artes que ilustraban los conceptos de Lyotard o Baudrillard. Acercó una bocanada de aire fresco a los ambientes e instituciones viciados de retórica, tanto antigua como moderna.
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En los años duros de la represión se acentúa un verismo cercano al del maestro Fortunato Lacámera, artista que Suárez admiraba. Y allí están los luminosos interiores, las macetas y los paisajes. Años más tarde, sorprende el humor sarcástico. Hay un paisaje a punto de ser mordisqueado por un caballo de tamaño natural y el título de la obra explicita el significado: “Los que comen del arte”. No obstante, entre un centenar de obras se destaca “Exclusión” (1999). Un morocho con la crencha al viento se aferra a un tren que le cerró la puerta y trata de sujetar lo que irremediablemente ha perdido. Con esta obra cargada de sentido, Suárez ganó del Premio Costantini. Al comenzar el siglo, la imagen del cuadro fue la tarjeta de presentación de “Ámbito de las Artes”, el primer suplemento dedicado al arte que publicó un diario argentino. “El arte argentino no quiere perder el tren”, era el texto que en este diario acompañaba a la obra.
Los personajes de Suárez anuncian (o denuncian) los vaivenes económicos y sociales de nuestro país. Décadas de historia se pueden contar a través de su trabajo y un futuro catálogo promete documentar la trayectoria del artista. Cuando en los años 80 la Argentina recupera la democracia pero fracasa rotundamente en lo económico, con su aspecto tosco e inocente, “Narciso de Mataderos” se mira al espejo. La vida le pasa por delante y no puede entender el destino irreversible que le depararía la suerte. Cuando con la fuerza de un tornado se desató la crisis de 2001, Suárez encontró en la plaza Constitución los personajes que hoy resbalan por los paredones y tratan de no caer al abismo.
El Malba exhibe la vida de un artista que no ocultó su homosexualidad y que modeló los “Chongos” que le gustaban. Además, las “muñecas bravas” recuerdan la participación de Suárez en “La Menesunda” (Minujín, Santantonín), obra donde el artista deja su impronta. Pero, sobre todo, además del grotesco se percibe la marea de referencias a toda la historia del arte, desde la escultura helénica y el arte religioso hasta Berni. La influencia que ejerció Suárez perdura todavía en artistas como Marcia Schvartz, Marcos López o Sandro Pereira, talentosos retratistas de la muchachada. Los trabajos de Miguel Harte y Marcelo Pombo, sus discípulos de los años 90, por decisión de los curadores participan de la muestra.
Con sus ojos desorbitados los personajes de los barrios marginales encarnan la viva imagen de la impotencia. Suárez advertía la peligrosa incapacidad de reacción de nuestra sociedad frente a los marasmos políticos y económicos que dejarían a la Argentina noqueada. Nuestro artista supo anticipar nuestra historia y acentuar el poder de comunicación de su obra con el uso de la parodia. Para decirlo en con sus propios términos: “La parodia es el discurso paralelo. Y gracias a la parodia el discurso resulta comprensible para todos”. Le importaba ser escuchado y entendido, y cuando le explicó sus ideas a la curadora portorriqueña Mari Carmen Ramírez, surgió la muestra “Cantos paralelos” que se exhibió en el Museo de Austin, Texas. Mirando sus personajes, los perdedores y los excluidos de siempre, en su última muestra en la galería Daniel Maman, explicó su obra con una frase lapidaria: “Detrás de la parodia está la tragedia”.


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