Habrá que evitar caer en la “Trampa de la Timidez”. Esto es, el riesgo de quedarse cortos por temor a las consecuencias.
Luis Secco. Foto: Unidad de Comunicación Institucional FCE - UNLP)
Paul Krugman sostiene que la mayoría de los hacedores de política económica corre el riesgo de caer en la "trampa de la timidez". Esto es, el riesgo de quedarse cortos por temor a las consecuencias de sus acciones. Lamentablemente, lo que ocurre en Argentina por estos días parece darle la razón.
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Está claro que los problemas de Argentina no responden sólo a los últimos quince años de mala política económica. Los desequilibrios que se enfrentan son de larga data y de carácter estructural y no pueden resolverse en un par de años. No es fácil hacer de la Argentina un país normal. Hasta resulta difícil definir qué sería ser normal para la Argentina. De los últimos setenta años, sólo en trece años la inflación fue de un dígito. De esos trece años, seis fueron con Convertibilidad y tres con Néstor Kirchner. Van diez años con inflación del 20% anual y para muchos ya parece algo normal. Se repite hasta el cansancio que la inflación es mala y es el principal enemigo de los que menos tienen y de la inversión, pero está claro que muchos de los que así se expresan no tienen la más mínima voluntad de hacer lo que hay que hacer para erradicarla.
Durante todos esos años, Argentina fue un laboratorio de los más diversos regímenes cambiarios. Se probó de todo (salvo suprimir la moneda local y dolarizar); hubo tipo de cambio fijo, convertibilidad, tipos de cambios múltiples, tablita, cepo, tipo de cambio libre administrado, tipo de cambio flotante, etc. Pero ningún sistema resultó estable más allá de algunos años y en muchos casos con costos altísimos cuando no quedaba otra más que abandonarlo, por lo general, como consecuencia de una apreciación real asfixiante. Hablar de bajar el "costo argentino" se vuelve recurrentemente un lugar común y surge como consenso que el tipo de cambio no resuelve nada y que la clave son las reformas estructurales. Pero de nuevo, si bien muy necesarias, no todos los actores involucrados quieren esas reformas, y en muchos casos sirven como excusa para no hacer lo que hay que hacer en materia macro.
Genético
Como la inflación alta, el déficit fiscal también ha sido una constante. Sólo unos pocos años en los noventa, gracias a las privatizaciones, y los primeros años del kirchnerismo, gracias a las retenciones a las exportaciones, hubo superávit primario; pero siempre hubo déficit financiero (computando los intereses de la deuda pública). Lo más dramático de ese déficit genético es que ha sido el resultado de un gasto público no solo infinanciable sino altamente ineficaz e ineficiente. La provisión de bienes públicos (educación, salud, seguridad, Justicia) se ha deteriorado enormemente y no hay incremento de gasto que alcance para compensar su pésima calidad.
Basta con mirar lo sucedido en los últimos quince años para darse cuenta de ello. El gasto público duplicó su tamaño en términos del PBI, llegando a niveles incluso superiores a los de los países desarrollados, pero luce más que nunca por su ausencia. El gasto público social, en ausencia de un Estado capaz de proveer bienes públicos en la cantidad, de la calidad y en el lugar adecuado, no logra compensar, por más grande que sea, las consecuencias de las malas políticas económicas sobre la pobreza, la distribución del ingreso y la equidad. Sin embargo, una gran mayoría de los argentinos y casi toda la clase política siguen manifestando su inclinación por un Estado grande y omnipresente.
Las elecciones de medio término quedaron atrás con un triunfo importante del oficialismo. Y la atención ahora se centra en las iniciativas que abrirían lo que el mismo presidente Macri llamó "la etapa de la reforma permanente". Pero como con reforma se pueden denominar iniciativas que no significan, per se, un cambio de régimen o un antes y un después, las expectativas que se habían generado no fueron del todo honradas.
Por un lado, el nombre reforma parece quedarle demasiado grande al paquete de medidas tributarias y previsionales. El acuerdo firmado con las provincias y la reparación histórica a la provincia de Buenos Aires tienen un costo fiscal del que se tendrá que hacer cargo el Tesoro Nacional. Pero ese costo fiscal apenas se traduce en una reducción de impuestos para las familias o las empresas. El Gobierno plantea que el acuerdo tiende a ser neutro fiscalmente gracias al ahorro que permite la nueva fórmula de aumento de las jubilaciones. La ANSES podrá por algún tiempo cubrir el déficit del Tesoro comprando su deuda. Pero en la práctica se trata de un "canapé" para un sistema que sigue quebrado inter temporalmente. Hay que decir las cosas como son: no hay fórmula de actualización que por sí sola pueda devolverle al sistema su solvencia. Por su parte, el paquete tributario que forma parte del acuerdo, no tiene la contundencia suficiente para contrarrestar la apreciación real del peso ni la reforma laboral brasileña.
Oposición
La reforma laboral, que prometía mucho más, ya devaluada en varias de las iniciativas inicialmente incluidas, sigue enfrentando la oposición del sindicalismo. O digamos mejor de una parte del sindicalismo. Oposición suficiente de todas maneras para que el senado postergara su tratamiento hasta febrero. Y aunque se apruebe el proyecto tal como está hoy, tampoco tiene la contundencia que se necesita para destrabar el mercado laboral, reducir costos y favorecer la inversión en capital humano.
En síntesis, el paquete de medidas post-elecciones deja sabor a poco. Se queda corto en relación a las expectativas creadas y envía algunas señales confusas respecto de la verdadera vocación de cambio de la Administración Macri. Argentina necesita políticas macroeconómicas y de cambio estructural mucho más integrales y ambiciosas para superar su larga historia de frustración y decadencia.
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