- ámbito
- Edición Impresa
Autónoma, Cristina como árbitro “moral” de herederos y críticos
Cristina de Kirchner durante el acto en Plaza de Mayo, que se modificó por la tormenta del sábado. Detrás, cuatro caciquejos de La Cámpora: De Pedro, Larroque, Recalde y Ottavis.
En su último show presidencial del 10 de diciembre, la Presidente terminó de configurar ese rol, como gerente de recursos humanos que fija la agenda de debate y califica a los candidatos. El envión inicial lo dio detrás de una parrafada sinuosa de Mauricio Macri sobre la política de derechos humanos que, como si estuviese cómodo en el equívoco, no mandó a enmendar.
Pero el fraseo del porteño la Presidente lo usó para poner en agenda un expediente que es, quizá, el que establece una categoría de pertenencia explícita al kirchnerismo, un rasgo que predefine a los K más convencidos y no permite, al menos hasta acá, hacia dentro de la galaxia oficial, matices ni tropiezos.
Al antagonismo con Macri, una herencia de Néstor Kirchner -que siempre señaló al porteño como la antítesis preferida, un enemigo perfecto que se volvía vulnerable en la polarización-, gesto que sugiere cierto temor por Sergio Massa, quien pasó por la fragua del patagónico, se le sumó el mensaje interno, la metralla a Scioli que, en rigor, opera de rebote como un castigo general.
En criollo, Scioli fue desde el principio castigado por los Kirchner por aquello que le permitió sobrevivir como sujeto electoral durante la década K. El campañismo autónomo del gobernador, hasta en el detalle que parecía anecdótico del color, parece inquietar a la Presidente, que en la euforia del discurso placero cuestionó el estilo marketinero de la Ola Naranja.
En el sciolismo, los que se desmarcan de la hiperkirchnerización verbal del candidato suelen decir que las críticas de la Presidente tienen hasta cierto beneficio. "Es lo que nos hace distintos, con eso la Presidente refuerza el rasgo Scioli, que puede decir lo mismo que la Presidente pero es distinto", interpreta un funcionario.
El doble raspaje de Cristina de Kirchner a Scioli -también se tradujo como un buscapié al gobernador lo de "silencios cómplices" en Morón- certifica otra obviedad: el sciolismo, sectores del PJ y dirigentes ultra-K creían cosa juzgada que ocho meses antes del cierre de listas Cristina de Kirchner se había resignado, por una incierta consideración táctica, a que Scioli era su candidato inevitable.
Algunos coqueteos, públicos y privados, de La Cámpora -a cuyos referentes hizo ubicar detrás de ella en el escenario-, extensión con el gobernador, fueron el elemento que instaló esa idea que contraría el protocolo político K y de cualquier oficialismo que se está yendo: anticipar una preferencia es acelerar la despedida. Sobre todo cuando la presidente insistió -como hizo hace un año, cuando la postuló Carlos Kunkel- que no la nominen para ningún cargo electoral, lo que, a priori, modifica un factor esencial: sin su nombre en la boleta, para bien o para mal del oficialismo, su protagonismo se reduce.
El sábado Cristina de Kirchner jugó con la idea de intervenir como fiscal de todos los candidatos al plantear que quiere saber qué planes tienen y qué piensan -pocas cosas son tan vaporosas como lo que dice un candidato en campaña- para ubicarse en el centro de la escena y, como un jurado unipersonal, repartir premios y castigos. Le cursó, por caso, un respaldo a Amado Boudou, aquel dirigente que a principios del mandato que termina irrumpió como una amenaza K contra Scioli.
Ese papel le toca, ahora, a Randazzo, que acató, como Scioli, Massa y Julián Domínguez, los términos de Cristina de Kirchner al hablar sobre DD.HH. Con el gobernador, a dúo, refutaron el planteo del tigrense respecto de "cerrar la etapa de derechos humanos". Domínguez redobló al plantear que Massa y Macri, si son presidentes, "liberarán a todos los dictadores". El libreto oficial, más allá de tonalidades, como biblia de los candidatos K.


Dejá tu comentario