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Bancos superan test de balances (¿o es una trampa contable?)
Ben Bernanke
Abril es mes de balances. Y como tal, estamos a mitad del río. Pero la ley de la Bolsa es anticiparse. Y si el avance de las cotizaciones no se apea es porque no se avistan moros en la costa. Wells Fargo, Goldman Sachs, JP Morgan Chase, Citigroup y GE (un conglomerado que incluye un gigante financiero como GE Capital) ya difundieron los resultados del primer trimestre. Faltan piezas para completar el rompecabezas (Bank of America y American Express están agendados para hoy) pero, aun así, se recorta un perfil de rotundo contraste con el pasado reciente. Sin excepción, todos los nombrados arrojaron números muy superiores a las expectativas de los analistas. Es verdad que, a esta altura, la vara de referencia ya no es lo que era, pero lo que importa es que, por primera vez, los bancos no sucumben de bruces ante la exigencia. Podría citarse quizás a UBS como contraejemplo (y recordatorio de que los tiempos difíciles no se escurrirán con facilidad), pero lo cierto es que Wall Street ni pestañeó, concentrado en la suerte de los bancos de los EE.UU. y muy conforme con la progresión de sus anuncios.
Nadie más enfático que Ben Bernanke, el titular de la Fed, en ponderar la necesidad de estabilizar el sistema financiero. Es difícil discrepar cuando afirma que sin aquietar primero esas aguas no será posible conjurar la recesión. Por eso, que los bancos logren sortear, por primera vez, la encrucijada de los balances es un paso de gran importancia. Que repunten las cotizaciones de sus acciones es también un condimento necesario. A los precios de principios de marzo, teniendo en cuenta la premisa del Gobierno de no tolerar otro Lehman, el dictamen de los mercados era que el sistema financiero era insolvente o estaba, al menos, a un tris de serlo. Sin capital privado a la vista y con un horizonte de pérdidas en tropel, la nacionalización de los bancos era la vía inexorable para mantenerlos abiertos. Goldman
Sachs, la semana pasada, mostró que otro camino es posible. Un buen balance puede forzar un cambio de expectativas y entre ambos tender un puente para que arribe nuevo capital de riesgo. Es más, Goldman colocó 5 mil millones de dólares en acciones -sin provocarle ninguna disrupción al valor de sus papeles- con el ánimo de repagar por anticipado los 10 mil millones que le inyectó el Tesoro a través del plan TARP. O sea, lo que el banco de inversión propone es un viraje, en sentido contrario, hacia la desnacionalización total de su capital tier 1.
Los bancos están sorteando la trampa de los balances pero, ¿será porque recurren a otra trampa -la de la contabilidad artística- o porque experimentan una mejoría real? El 4 de mayo se conocerán los resultados de los «exámenes de estrés» a los que la Fed sometió a los 19 bancos principales del país. Es una batería adicional de pruebas para medir la corrosión de los patrimonios en un contexto adverso (salvo que el peor escenario contemplado luce mucho más benigno que la dura realidad en curso). El Gobierno es juez, pero también es parte. Y muy interesada. Si faltase capital, es el primer anotado (cuando no el único) en la lista de aportantes. ¿Serán creíbles los resultados o cederán a la tentación del maquillaje? Conviene, pues, hurgar en la evidencia.
A grandes trazos, los balances conocidos muestran un elemento que se repite: un muy fuerte aumento de los ingresos. Es la sorpresa principal. Pero ¿es un salto sostenible? No lo parece. Factores no recurrentes -con las utilidades por negociación («trading») a la cabeza- explican el avance. Citi provee un caso extremo. Los ingresos se duplicaron en el primer trimestre (contra igual período de 2008). Pero los ingresos por intereses, en rigor, cayeron un 1%. Y este capítulo es el 105% de las entradas totales el año pasado. O sea, toda la mejoría provino de una fuente extra; por lo visto, altamente volátil. Cuando se desbroza el informe, se advierte que el alza de los ingresos no vinculados a intereses refleja un menor castigo en la valuación de activos de riesgo y no un aumento de los ingresos en sí. Ello lleva a un segundo patrón común: el deterioro crediticio. Que sólo disminuye en los casilleros de activos en extinción (por ventas masivas o amortización muy avanzada), pero aumenta en áreas críticas como hipotecas o tarjetas de crédito. Si se dan por buenas las cifras del Citi, las pérdidas crediticias netas pasaron del 5,81% del total de activos en tarjetas al 10,18% en un año. Y se triplicaron en hipotecas: del 1% al 3,12%. Del total de primeras hipotecas, más del 7% presenta atrasos mayores que 3 meses (el 136% más que un año atrás).
En aras de ser breve, la historia general puede resumirse así: un brusco aumento de los ingresos enjugó la pertinaz erosión de la calidad del crédito. Pero será arduo, si no imposible, mantener el umbral de los ingresos extraordinarios mientras que la inercia de las pérdidas crediticias (una función de la recesión, del desempleo en alza y de la caída de los precios de la vivienda) luce permanente. Y esto es válido aun dando por buena la contabilidad. Un crédito, como se sabe, harto riesgoso. ¿Llegó el tiempo de repagar el TARP como propone Goldman Sachs? Todo sugiere que sería una imprudencia mayúscula.


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