27 de noviembre 2013 - 00:00

Baron Biza y un acto literario extremo

Baron Biza y un acto literario extremo
Jorge Baron Biza "El desierto y su semilla" (Bs.As., Eterna Cadencia, 2013, 220 págs.)

El 16 de agosto de 1964 a la ocho de la noche, en el departamento 33 del edificio de la calle Esmeralda 1256 se reunió Clotilde Sabattini con su abogado para firmar el acuerdo de divorcio de su marido, Raúl Baron Biza, en presencia de su abogado y de su hijo Jorge. Para cerrar el acto Raúl Baron Biza ofreció vasos de whisky a los presentes. El último para su ahora ex esposa contenía vitriolo, que le arrojó a la cara. Todo fue gritos de desesperación. Los abogados, acompañados por el hijo, llevaron apresuradamente a Clotilde al Hospital del Quemado. Mientras tanto, Raúl Baron Biza se encerraba en su dormitorio, se ponía una robre de chambre de pelo de camello con alamares y solapas de seda negra. Bebía un trago de whisky, se recostaba en la cama, tomaba un 38 largo y se disparaba un tiro en la sien derecha.

Era el comienzo de una zaga de suicidios familiares. La secuencia podría haber sido parte de una película de Luchino Visconti sobre la decadencia de la clase alta, y en este caso los personajes tenían todas las características de los grandes protagonistas. Raúl Baron Biza era estanciero, magnate, playboy, político antifascista, mujeriego empedernido, escritor pionero de la pornografía literaria en la Argentina, un militante radical capaz de alquilar un tren para levar a cordobeses al entierro de Hipólito Yrigoyen. A los 36 años, poco después de que muriera su primera esposa, una actriz austríaca, se casó en secreto con Rosa Clotilde Sabattini, de 16 años, la hija del ex gobernador radical de Córdoba Amadeo Sabatini. Tuvieron tres hijos: Carlos, Jorge y Marisa Cristina. Clotilde pudo seguir sus estudios y recibirse de profesora de Historia. Desde hacía una década se llevaban mal, vivían separados.

En 1958, Arturo Frondizi, Presidente de la Nación le ofreció a Clotilde, con quien se decía que mantenía relaciones demasiado íntimas, presidir el Consejo Nacional de Educación, donde desarrolló una obra progresista y trascendente. A la vez, Frondizi, sabiendo la situación matrimonial conflictiva que vivía Clotilde, le ofreció a su marido que fuera representante diplomático en Hungría, algo que a Baron Biza le hizo incrementar su furia. Lo ocurrido en el departamento de la calle Esmeralda, en lo que aún se llamaba el barrio de El Socorro, tiene una rápida repercusión pública, se vuelve una tragedia sensacionalista que se comenta por todas partes. Clotilde parte hacia Milán a dilapidar la fortuna familiar en la clínica de una eminencia médica que reparó rostros durante la guerra.

Treinta años después de ese aciago 1964, Jorge Baron Biza, el espectador de aquel drama, presenta en el concurso de novela de Planeta "El desierto y su semilla". La novela no es ni siquiera seleccionada. Jorge Baron Biza, crítico de arte que solía firmar sus notas como Jorge Baron Sabattini, profesor de Letras en la Universidad de Córdoba, ha escrito una obra magistralmente inclasificable. Parte del momento en que su madre, que en la obra se llama Eligia, busca reconstruir su rostro, y a partir de ahí reconstruye sus propios padecimientos, su indolencias en una excepcional autoficción, una autobiogra fía tan descarnada como la de su madre, esa mujer que fuera bellísima y que con la ayuda de la cirugía va transformando su rostro en el más horrible de una película de terror, en un rostro que parece el modelo para "El grito" de Munch. El narrador encuentra en el intento de femicidio cometido por su padre la múltiples formas de violación del cuerpo femenino. Vincula la mutilación de Eligia con el cuerpo momificado, vulnerado, secuestrado de Eva Perón, esa mujer con la que su madre confrontó políticamente tantas veces. Y pone en evidencia ese envilecimiento en el cuerpo de Dina, esa prostituta que lo redime de su ausencia de amor, y a la que el descarta con un inmerecido desprecio.

Jorge Baron Biza convierte ese narrar en un acto literario extremo. Busca salir de la lengua madre utilizando un cocoliche que en el pasado, desde que lo descubriera Pepe Podestá en su Circo Criollo, y se esparciera a través del sainete, sirvió para naturalizar lo ajeno, para arraigar lo venido de lejos. Y ése es el camino de la comprensión de lo extraño que ayuda a la complejidad de la obra, a valorar por momentos a su padre, que en la obra lleva el nombre de Aron Grageac, porque "había sido violento, cruel, furioso, pero hizo las cosas con pasión, se había jugado por ideas, había gastado fortunas en combatir a los dictadores, después de malgastar otras mayores en putas europeas", y a la vez tener la más absoluta indignación frente ese hombre que terminó abriéndose al desierto, no teniendo ningún límite, destruyendo lo poco de bueno que tenía. Y se dice que no sabe qué va a hacer con la herencia que esos padres le han dejado. "No sé que voy a hacer con ella, pero sobre todo, no sé qué va a hacer ella conmigo". Jorge Barón Biza, autor de esta obra magna, libro clave de un espacio innovador de las letras argentinas, se suicidó en la ciudad de Córdoba tres años después de la aparición de "El desierto y la semilla", edición que el pagó de su bolsillo, que estuvo agotada, desaparecida, y que afortunadamente ahora ha sido recuperada.

M.S.

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