¿Por qué estamos como estamos? ¿Cómo puede ser que el autodenominado “dream team” de los últimos cincuenta años terminara pidiendo la hora, recién en los cuartos de final, al referí del Fondo Monetario? Estos son, seguramente, algunos de los interrogantes que se plantean los argentinos tras la crisis cambiaria y financiera de 2018, con miras a las próximas elecciones presidenciales.
En 2015 el PRO pecó de optimista; ¿aprendió? (Grecia coloca deuda)
MIENTRAS TANTO, EL PAÍS HELENO VOLVIÓ A LOS MERCADOS INTERNACIONALES - Se han cometido muchos errores, como el diagnóstico. La historia alecciona. El Gobierno pasó del "don't worry be happy!" al rescate del Fondo Monetario.
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Pero quienes conocían los planes del equipo económico de Cambiemos en 2015, que dicho sea de paso, mostraba serias disidencias en el seno de la Fundación Pensar, como lo mostró la historia reciente, advertían no sólo problemas de diagnóstico sino un exacerbado optimismo. Desde el “¡Ahora venimos nosotros (Macri) y van a llover inversiones!” hasta el “Argentina no necesita un ajuste” pasando por el de “La macro es el menor de los desafíos” fueron parte del repertorio de afirmaciones preelectorales de los principales “voceros” económicos y políticos del ahora oficialismo cuando se preparaba para octubre del 2015.
Con solo mirar cómo proyectaban, por aquellos meses del 2015, que estaría la macro hoy en día se entienden, parte, de los errores cometidos (ver copy aparte).
Por empezar, consideraban que Argentina, con referencia a Brasil y Grecia, no necesitaba un ajuste macro. Sin duda algo se hizo y se pensó mal. Ya que ayer Grecia, cuyos cimientos sucumbieron con la crisis de 2008 y fue rescatada por la troika y ayer (ver aparte) retornó a los mercados internacionales de deuda con una colocación a 5 años por 2.500 millones de euros al 3,6% anual frente a una demanda que la superó cuatro veces.
En las semanas previas a las elecciones de 2015 uno de los mentores del plan económico, que luego ocupara la presidencia del BCRA, Federico Sturzenegger, emergía como “vocero” en las sombras de lo que pensaba hacer, en materia económica, Cambiemos. El pensamiento que intentaba transmitir, además de blandir el estandarte del “optimismo”, tenía estos preceptos o ideas madre:
La herencia económica del kirchnerismo era buena. Existen grandes problemas de la herencia vinculados con la institucionalidad.
Los riesgos de corto plazo eran mayores a los del largo plazo. O sea, el contexto internacional era amigable.
Argentina no tenía déficit de cuenta corriente, o sea no había un exceso de gasto, por lo que era fácil salir del cepo cambiario.
Argentina no va a ir a un ajuste, va a ir a una expansión del gasto en 2016 (de ahí el programa fiscal expansivo del primer año de gobierno).
El kirchnerismo no dejó un alto endeudamiento y hay acumulación de ahorro. La deuda neta del sector público era del 19% del PBI y la del sector privado el 12%.
De los desafíos del próximo gobierno (2015-2019), la macroeconomía es el problema menor.
Existía una crisis de crecimiento, no una crisis macro.
Un tema no menor es que en el cuadro de situación que pintaron en Pensar sostenían que la provincia de Buenos Aires estaba en equilibrio.
¿Cuál era la secuencia del programa pergeñado?:
Se sustituiría el impuesto inflacionario por otras fuentes de ingreso, en el margen con un poco más de deuda (programa fiscal expansivo).
Se aumentaría el gasto en infraestructura, pero solo el 50% del aumento será financiado por el Estado.
Se reacomodaría la estructura impositiva buscando una verdadera progresividad.
La política monetaria pasa a ser exógena, con foco en bajar la inflación, buscando una meta de 0 a 4% a partir del tercer año.
Se libera el cepo.
Respecto de los holdouts señalaban que “un acuerdo con los bonistas es muy conveniente, pero no imprescindible”.
Los grandes números fiscales mostraban que de un déficit primario del 3,6% del PBI (u$s21.480 M) se pasaba a uno de 1,5% en 2016 (u$s7.238 M). Los intereses subían del 1,8% (u$s10.875 M) al 2,7% del PBI (u$s13.190 M). Y las necesidades de financiamiento del 4,4% (u$s26.104 M) al 3% del PBI (u$s14.302 M). Así resultaba un programa financiero “holgado”. Para 2016 pensaban una reducción del déficit primario en 2,1% del PBI por reforma tributaria (efecto neutro), reducción de subsidios (+1,6%), y otras medidas fiscales (como efecto devaluación sobre impuestos al comercio exterior +1%). Se incrementaría el gasto en infraestructura (-0,5%) y el resto de las partidas presupuestarias constantes en términos reales, excepto jubilaciones y pensiones que se ajustan por movilidad. Luego entre 2017 y 2019 el gasto corriente se mantendría constante en términos reales. Y las prestaciones de la seguridad social crecerán cada año que baje la inflación, por lo que deberán ajustarse otras partidas para dar prioridad a éstas. El costo sería 1,1% del PBI en 2017, y 0,4% y 0,3% en 2018 y 2019 respectivamente.
Con respecto al crecimiento, estimaban que el PBI crecería 1% en 2016, 4% en 2017, y 3% en 2018 y en 2019. O sea, ¡en el cuatrienio el PBI crecería no menos de 11%! Todo el andamiaje pensado “garantizaba la sustentabilidad fiscal hasta 2019”, según las proyecciones llegando a un déficit primario del 1,4% y 1,5% en 2018 y 2019 respectivamente. Las necesidades de financiamiento serían del 4,9% y 4% en 2018 y 2019. Y el stock de deuda con el sector privado y organismos internacionales al 29% del PBI y 30% en 2018 y 2019. Mientras que el stock de deuda total llegaría al 59% del PBI en 2018 y 58% en 2019.
Tras la salida de cepo, “el equilibrio monetario implica una evolución de la inflación rápidamente decreciente” a niveles de 11,1% anual en diciembre 2016, 6,8% a fin de 2017 y 4,2% a fin de 2018. Este comportamiento tendencial de la inflación iba ligado con la evolución de la base monetaria que crecería en dichas fechas a tasas interanual cercanas al 15%, 10% y 6% respectivamente.
Por último, el ingrediente de las paritarias fue analizado como que “no afectaban la demanda agregada (redistribuyen ingresos entre empleadores y empleados), solo afectan la trayectoria inflacionaria si afectan expectativas. Solo hay que pedir que el headline no sea muy alto, o impulsar acuerdos con cláusulas gatillo. El programa económico concluía bajo un llamativo optimismo: “don’t worry be happy!”. Restan los comentarios. Sin duda, jamás pensaron que hoy estaríamos donde estamos.
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