27 de marzo 2012 - 00:00

Bernanke relanza el “tasa baja para todos” (y ayuda a Wall St.)

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
¿Habemus QE3? ¿Son las palabras de Ben Bernanke la señal en código que confirma que se avecina una nueva ronda de compra de bonos de largo plazo a gran escala? El entusiasmo de Wall Street no debería tergiversar la realidad: no hay tal promesa. Si se toma su presentación al pie de la letra, lo que Bernanke ratifica es la visión que la Fed consagró en enero, que las tasas cortas permanecerán a ras del suelo hasta fines de 2014, que es lo mismo que decir hasta donde llega la vista. Tajante, el titular del banco central defendió la «continuidad» de la política monetaria de relajación. Pero no mencionó la necesidad de acrecentar la apuesta, y pudo haberlo hecho al revisar en detalle las penurias del mercado de trabajo. Si se rescata del olvido la existencia de la «operación Twist» -que expira en junio-, puede alegarse que, si lo deseable es mantener el statu quo, entonces habrá que renovar la iniciativa a su vencimiento. Como ya se comentó, el Twist2 es mucho más probable que el QE3. En ese caso habría compra de bonos largos financiada por la venta de títulos cortos y el consecuente traspaso del riesgo de duración (de los mercados de bonos hacia la Fed). A grandes rasgos, una transacción inocua para la economía real, aunque si las compras se sesgaran hacia los bonos hipotecarios podrían alentar marginalmente el mercado de la vivienda. Para quienes abogan a viva voz por el QE3 -nadie más enfático que Bill Gross, el administrador de la mayor familia de fondos de renta fija- un Twist2 «hipotecario» debería calzar como un guante con su posicionamiento. Apenas sería un par de números más chico que el talle ideal (la compra de bonos con aumento de los pasivos monetarios de la Fed).

¿Hora de tachar el casillero del QE3 como si fuera la ilusión desmedida de obtener una doble generala? Ya se hubiera hecho, de no ser por la insistencia de la propia Fed. La salud de la economía, o el vigor de los activos de riesgo, no claman por asistencia adicional. El QE2, por su parte, fue muy efectivo en liquidar la amenaza de la desinflación. Y el mismo racconto de las peripecias del mercado de trabajo, que Ben Bernanke desglosó con método, revela la paradoja de que, en el último año, la economía de los EE.UU. creó más empleos que los que hubiera vaticinado la vieja Ley de Okun (y así la desocupación se redujo más de lo predicho por un crecimiento cansino). Debe quedar en claro, pues, que si el QE3 está vivo en la discusión es porque la Fed, y en especial Bernanke, se han ocupado de que así sea. Basta hacer memoria. Primero fue la filtración en la prensa de que se estudiaba la viabilidad de ejecutar un QE3 con simultánea esterilización. Después fue Bernanke, en Nashville, en su visita a una asociación de bancos de pequeñas comunidades: allí se quejó de una «recuperación frustrantemente lenta». Ayer planteó que, si las recientes desviaciones de la Ley de Okun «cesan», entonces hará falta un ritmo más rápido de expansión de la producción y la demanda para lograr una reducción «significativa» de la tasa de desempleo (que es el terreno en donde la Fed está en falta). En principio, el banco central podría monitorear la cuestión y responder cuando la paradoja «cese» o la creación de empleo cabecee. Pero aun en ese caso, Bernanke dixit, la producción y la demanda podrían acelerarse como fruto de la «continuidad» de la política monetaria de acomodación. ¿Urgencias aquí? Ninguna a simple vista.

Pero, si Bernanke no le abre la puerta al QE3, tampoco deja que se cierre. En lo que luce como un mensaje en diagonal, el debate interno de la institución volvió a cobrar notoriedad pública. La semana pasada, James Bullard, titular de la Fed de St. Louis, y Dennis Lockhardt, de la Fed de Atlanta, se pronunciaron en contra de más estímulo. Bullard, inclusive, aventuró que la Fed deberá subir las tasas cortas el año próximo (sin esperar al fin de 2014). El vocal Charles Evans, de la Fed de Chicago, en cambio, es el principal publicista del QE3. Y de la necesidad de repiquetear con el activismo monetario hasta abatir la tasa de desocupación a su nivel deseado de «pleno empleo». Contrario sensu, Bullard, en un «paper» de febrero, atacó la idea de que rige «una gran brecha de producto». Eso es lo mismo que decir que Evans propone embestir contra los molinos de viento. Pero ayer Bernanke, que consideró que a la hora de explicar el desempleo los factores cíclicos (como una demanda agregada insuficiente) pesan más que los cambios estructurales, tomó un partido más cercano a la postura de Evans. Su preocupación por el paro de largo plazo, y el deterioro veloz del capital humano cuando permanece inactivo, no es ajena a la partitura del hombre de Chicago. ¿Un cuadro confuso? Deliberadamente (en la medida que se alienta la difusión pública de ideas antagónicas que luego, sí o sí, se someterán a un tamiz). Ha sido la regla cuando se gestaron pasos relevantes en la arena monetaria no convencional. Si sirve de ejemplo: antes de resolver el QE2 se podían contabilizar siete posiciones distintas en el seno de la Fed. No hay por qué no creerle a Bill Dudley, el operador del banco central, cuando dice que no existe una decisión tomada. Pero, queda claro, será Bernanke el que imponga el «corte» final. La doble reunión del 26 y 27 de abril -que trae el añadido de una conferencia de prensa- debería ser la plataforma que despeje los interrogantes. Como no hay prisa aún para decantar posiciones, el misterio continuará. La semana próxima, la publicación de las minutas de la reunión del 15 de marzo nos mostrará mejor el perfil de las iniciativas en danza.