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Bernanke relanza el “tasa baja para todos” (y ayuda a Wall St.)
José Siaba Serrate - Economista
¿Hora de tachar el casillero del QE3 como si fuera la ilusión desmedida de obtener una doble generala? Ya se hubiera hecho, de no ser por la insistencia de la propia Fed. La salud de la economía, o el vigor de los activos de riesgo, no claman por asistencia adicional. El QE2, por su parte, fue muy efectivo en liquidar la amenaza de la desinflación. Y el mismo racconto de las peripecias del mercado de trabajo, que Ben Bernanke desglosó con método, revela la paradoja de que, en el último año, la economía de los EE.UU. creó más empleos que los que hubiera vaticinado la vieja Ley de Okun (y así la desocupación se redujo más de lo predicho por un crecimiento cansino). Debe quedar en claro, pues, que si el QE3 está vivo en la discusión es porque la Fed, y en especial Bernanke, se han ocupado de que así sea. Basta hacer memoria. Primero fue la filtración en la prensa de que se estudiaba la viabilidad de ejecutar un QE3 con simultánea esterilización. Después fue Bernanke, en Nashville, en su visita a una asociación de bancos de pequeñas comunidades: allí se quejó de una «recuperación frustrantemente lenta». Ayer planteó que, si las recientes desviaciones de la Ley de Okun «cesan», entonces hará falta un ritmo más rápido de expansión de la producción y la demanda para lograr una reducción «significativa» de la tasa de desempleo (que es el terreno en donde la Fed está en falta). En principio, el banco central podría monitorear la cuestión y responder cuando la paradoja «cese» o la creación de empleo cabecee. Pero aun en ese caso, Bernanke dixit, la producción y la demanda podrían acelerarse como fruto de la «continuidad» de la política monetaria de acomodación. ¿Urgencias aquí? Ninguna a simple vista.
Pero, si Bernanke no le abre la puerta al QE3, tampoco deja que se cierre. En lo que luce como un mensaje en diagonal, el debate interno de la institución volvió a cobrar notoriedad pública. La semana pasada, James Bullard, titular de la Fed de St. Louis, y Dennis Lockhardt, de la Fed de Atlanta, se pronunciaron en contra de más estímulo. Bullard, inclusive, aventuró que la Fed deberá subir las tasas cortas el año próximo (sin esperar al fin de 2014). El vocal Charles Evans, de la Fed de Chicago, en cambio, es el principal publicista del QE3. Y de la necesidad de repiquetear con el activismo monetario hasta abatir la tasa de desocupación a su nivel deseado de «pleno empleo». Contrario sensu, Bullard, en un «paper» de febrero, atacó la idea de que rige «una gran brecha de producto». Eso es lo mismo que decir que Evans propone embestir contra los molinos de viento. Pero ayer Bernanke, que consideró que a la hora de explicar el desempleo los factores cíclicos (como una demanda agregada insuficiente) pesan más que los cambios estructurales, tomó un partido más cercano a la postura de Evans. Su preocupación por el paro de largo plazo, y el deterioro veloz del capital humano cuando permanece inactivo, no es ajena a la partitura del hombre de Chicago. ¿Un cuadro confuso? Deliberadamente (en la medida que se alienta la difusión pública de ideas antagónicas que luego, sí o sí, se someterán a un tamiz). Ha sido la regla cuando se gestaron pasos relevantes en la arena monetaria no convencional. Si sirve de ejemplo: antes de resolver el QE2 se podían contabilizar siete posiciones distintas en el seno de la Fed. No hay por qué no creerle a Bill Dudley, el operador del banco central, cuando dice que no existe una decisión tomada. Pero, queda claro, será Bernanke el que imponga el «corte» final. La doble reunión del 26 y 27 de abril -que trae el añadido de una conferencia de prensa- debería ser la plataforma que despeje los interrogantes. Como no hay prisa aún para decantar posiciones, el misterio continuará. La semana próxima, la publicación de las minutas de la reunión del 15 de marzo nos mostrará mejor el perfil de las iniciativas en danza.

