28 de septiembre 2011 - 00:00

Brasil: crece partido que atrae “borocotós”

Con un 48% de popularidad, Dilma no duerme tranquila. La crisis financiera internacional la desvela, claro, pero también la gobernabilidad de Brasil. ¿Gobernabilidad cuando ganó en octubre pasado con el 56% de los votos? Sí, pero no: su aliado gubernamental, el centrista PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) es el partido mayoritario y más extendido de Brasil, y, además, la pesadilla que la presidenta no puede controlar.

Ya está en marcha, por eso, un antídoto para esa «pemedebitis» que abarca demasiado: es el Partido Social Demócrata (PSD), fundado en abril por el intendente de San Pablo, Paulo Kassab, y cerca de 40 legisladores, dos gobernadores y cuatro vices, provenientes de distintos partidos de oposición.

Podrá decirse que el PSD es un partido-ambulancia, que levanta heridos políticos. Lo cierto es que los actuales partidos de oposición brasileños vienen perdiendo votos. ¿Los motivos? La falta de recambio generacional, el anquilosamiento del discurso: todo esto llevó a la pérdida de predicamento entre una clase media de 105 millones, que ya supera la mitad de la población de Brasil.

Los números son reveladores: de los 18,1 millones de votos que en 1998 obtuvo el PSDB (socialdemocracia, centroderecha) de Fernando Henrique Cardoso y José Serra, la elección de 2010 los rebajó a 11,7 millones. De los 18,3 millones que logró el DEM (demócratas, centro, aliados de los anteriores) en 1998 (entonces era el PFL), la votación de 2010 los dejó en 7,4 millones de sufragios. También el PMDB, que colocó al poderoso Michel Temer como vicepresidente de Dilma, se vio mermado: de los 20,3 millones de la elección de 1994 se redujo a 12,9 millones en 2010.

Mientras tanto, el PT de Lula y de Dilma hizo el camino inverso. Pasó de 12,7 millones de votos en 1998 a 16,8 millones en 2010. Pero no alcanzan. El centro de la cuestión está en esa clase media, no convencida del todo -por ahora- sobre los «fundamentals» del PT.

Por eso, Dilma necesitó articular una «base política aliada» en el Congreso, más amplia y colorida políticamente que las de las dos presidencias de Lula, pero al mismo tiempo más difícil de manejar. En paralelo, emprendió otras batallas para la conquista y retención del voto de esa Clase C: la defensa de los derechos humanos y la Comisión de la Verdad, el combate a la corrupción (mediante el recambio de cinco ministros) y un estilo recatado que contrasta con la exuberancia tropical de Lula.

Tampoco es suficiente. Según el cientista político brasileño Marcos Nobre, en el paisaje político ya se apagó la polarización PT vs. PSDB para ser reemplazada por un partido de Gobierno (el PT) que actúa como síndico del mayoritario PMDB y algunas otras siglas de ese PMDB «masterizadas», como es el nuevo PSD. ¿Enfrente de ellos? Poco y nada. De allí la importancia del flamante PSD, «que permite la adhesión al Gobierno (cualquiera sea, en cualquier nivel de federación) y abre espacio para nuevas figuras que alguna vez fueron bloqueadas por la vieja guardia del PMDB», agrega Nobre.

Sin embargo, además de ser un partido «comodín» (como el PMDB, cuya adhesión al Gobierno de turno se compensa con cargos -y hasta ministerios, secretarías- en el Estado), el PSD tiene otras utilidades. Por un lado, las caras nuevas, portadoras de DNI con números más altos, que son el recambio generacional demandado por el electorado.

Por el otro, por ser nuevo, podría circunvalar una disposición sobre fidelidad partidaria de la Ley Electoral, que castiga con pérdida del mandato a los parlamentarios que se pasan de filas. Si, como aseguraron desde Brasilia a este diario, la Justicia Electoral hiciese la vista gorda a la «borocotización» o ¿»felipización»? de parlamentarios desde otros partidos hacia el nuevo PSD, «éste podría convertirse, por su volumen parlamentario futuro, en el tercer partido de Brasil, después del PT y el PMDB».

Se sabe que el PSD no va a tener chances para las presidenciales de 2014 y por eso apuesta a 2018. El politólogo Nobre no descarta, mientras tanto, una fusión del PSD fundado por Kassab (un ex DEM) y los maltrechos del PSB (Partido Socialista Brasileño), en un «partido-espejo» al PMDB. Ese espejo reflejaría una imagen más controlable para el Planalto de Dilma: como partido, el PSD tendería a la concentración tanto como hoy lo hace el temido PMDB, pero sin las mañas y el clientelismo adoptados en las últimas décadas.

Por eso, en Brasilia recomiendan poner la lente sobre las filas del PSD. Además de fiel de la balanza en el Congreso en el futuro cercano, de sus filas saldrían los reemplazantes para la declinante oposición liderada por el PSDB y representada por el octogenario Fernando Henrique Cardoso, José Serra, y los debilitados Geraldo Alckmin y Aécio Neves. «El PMDB ya es historia», concluyen. ¿Será el PSD su reemplazante?

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