10 de noviembre 2011 - 00:00

Cambian embajador en EE.UU.: señal a Obama (y a gabinete)

Jorge Argüello
Jorge Argüello
Cristina de Kirchner le sacó a Héctor Timerman la marca de otro aspirante a sucederlo, al menos en las fabricaciones periodísticas de las últimas semanas. El martes por la tarde le ofreció a Jorge Argüello la embajada en Washington con el argumento de que lo necesita para este nuevo capítulo de relanzamiento de las relaciones que sigue a la cita en Cannes con Barack Obama. Los estilistas de la semiótica oficial celebrarán que este cambio es el segundo que anuncia la Presidente desde su reelección; primero Brasil, ahora EE.UU., o sea, un reconocimiento de la importancia de este nuevo capítulo de la amistad con el imperio.

¿No le servía para este relanzamiento Alfredo Chiaradía, que no alcanzó a cumplir un año y medio en la silla de Washington? Seguro que sí, pero le sirve más que Argüello salga de la lista de postulantes a reemplazar a Timerman; Chiaradía, después de todo, es un profesional, entiende cómo son estas cosas y hasta podría volver a la Casa con destino estelar -figura entre los funcionarios predilectos de la Cancillería para Olivos-, como por ejemplo regresar al cargo de secretario de Comercio Internacional que ocupó hasta que lo mandaron de embajador. Es el puesto que deja ahora el otro desplazado de las peleas de la corte, Luis Kreckler, que va de embajador a Brasil.

Pero en realidad, Chiaradía es un hombre al borde de la jubilación (cumple 66 años) y ya antes de viajar a Washington decía que quería retirarse. Sus cargos en el rubro comercio exterior le aseguran un desempeño exitoso en ese terreno en la actividad privada. El Gobierno le ofrecerá un cargo de asesor en el gabinete del canciller para ocuparse de negociaciones internacionales. Es una oferta que no rechazará.

Argüello será recibido hoy a las 11 por la Presidente después de que el Gobierno publicitase su nombramiento. Deja la representación en la ONU, un bombón para los profesionales de la Casa y donde hasta ahora Argüello decía que quería estar hasta 2014, cuando la Argentina ocupará la presidencia del Consejo de Seguridad. Verá esto desde otra ventana: en la reunión del martes con la Presidente, a la que asistió también Timerman, la instrucción es que aborde no sólo temas políticos, como hasta ahora en la ONU -por ejemplo, la cruzada malvinera-, sino también económicos, y que aplique su conocimiento de la vida legislativa para pelear posiciones pro Argentina en el Capitolio. Argüello ha sido toda su vida un legislador (concejal, después diputado nacional) y no de los puntos débiles que dejó la salida de Timerman de la embajada fue la pelea en las entrañas del congreso americano, por cuyos pasillos merodean, creen en Buenos Aires, los malos de la película.

Por presiones del Congreso, entienden en el Gobierno, es que Estados Unidos ha vuelto a votar en contra de la concesión de créditos de organismos multilaterales a la Argentina, sabiendo todos que esos créditos igual van a ser aprobados. «Tienen que hacerle caso al Congreso, pero saben que eso no frena los créditos», dicen en el Gobierno, que además festejó ayer la frase del vocero de Hillary Clinton cuando un corresponsal de un diario argentino le preguntó si ese voto implicaba un castigo para la Argentina. Mark C. Toner contestó: «Necesariamente yo no acepto su pregunta, en la que dice que de alguna manera nosotros estamos castigando a la Argentina. Lo que yo diría es que el Gobierno de Estados Unidos alienta al Gobierno de la Argentina a resolver todas esas demandas arbitrales pendientes con la ICSID, así como adoptar las medidas necesarias para normalizar plenamente y de manera concluyente las relaciones con sus acreedores. Yo diría que el presidente Obama y la presidente Cristina de Kirchner tuvieron una muy buena, muy productiva y cálida reunión en Cannes, y que Estados Unidos y la Argentina comparten sin duda una fuerte historia de cooperación, y nosotros esperamos construir esa historia de cooperación avanzando y profundizando nuestra asociación. Específicamente sobre esa clase de preguntas relacionadas con el ICSID (Ciadi), yo me remitiría al Tesoro para más información».

La aclaración tiene valor porque es la primera vez que, on the record, un funcionario de Washington habla de bonistas y juicios Ciadi.

Después de la reunión con la Presidente, ante quien no se resistió a aceptar el pase de Nueva York (sede de la ONU) a Washington, Argüello viajó en la noche del martes a Montevideo, donde asistió ayer junto a Michelle Bachelet (directora ejecutiva de ONU Mujeres), la senadora Lucía Topolansky (cónyuge de Pepe Mujica) y Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, a la IV Conferencia Intergubernamental de alto nivel sobre Unidos en la Acción, un encuentro para revisar la eficiencia de los mecanismos de cooperación según un programa del cual Uruguay es uno de los ocho conejillos de Indias. Un campeonato del aburrimiento para un hombre como Argüello, que debe ser uno de los diplomáticos más movedizos de la Cancillería. Un día está en China, otro en Dominicana, otro en Montevideo, con escala siempre en Buenos Aires, adonde llegó anoche -en el austero ferry, dicen que dicen- a prepararse para la cita de hoy con Cristina.

La designación en Washington parece un premio, más allá de la oportunidad de sacar a este abogado que ganó crédito en los años 90 como uno de los dirigentes más importantes del peronismo porteño de la pelea en los medios para reemplazarlo a Timerman, quien gana bonos de sobrevida con estos movimientos que lo afirman en el cargo. Argüello, en realidad, es uno de los socios fundadores del kirchnerismo; estuvo en el núcleo original que en aquella década puso el domicilio legal para la primera inscripción del Frente para la Victoria en la Capital Federal. Fue en un estudio de abogado en la calle Lavalle, frente a la sede de Sadaic, que compartía Argüello con el dirigente -también neuquino de cuna, como él- Eduardo Valdés. Los dos habían sido hombres de Victoria Peronista, la agrupación que dominó en el PJ porteño bajo el mando de Carlos Grosso. Valdés fue secretario de Gobierno de esa administración; Argüello, concejal y hasta presidente del Concejo Deliberante antes de su disolución. Ese dúo, junto con Alberto Fernández, prestó su estructura para aquel primer kirchnerismo que después se consolidó en el llamado grupo Calafate.

Ese grupo tuvo su romance macrista. Fernández fue precandidato en 2002 a renovar la banca de legislador que había ganado en las listas de Gustavo Béliz-Domingo Cavallo, ahora por las primeras listas del PRO. La elección se postergó y cuando llegó en 2003 el momento de oficializar listas, este Fernández ya era jefe de Gabinete del electo Néstor Kirchner.

Argüello permaneció en el protomacrismo, y fue elegido por el PRO diputado nacional en 2003. Duró poco allí y ya en la banca se reconcilió con el peronismo y el kirchnerismo, que en 2007 lo hizo representante argentino ante la ONU. Siguió en estos meandros un camino parecido al de Juan Pablo Schiavi, hoy secretario de Transportes de la Nación, que estuvo en el Gobierno de Grosso y fue después jefe de campaña de Mauricio Macri para regresar también al peronismo que gobierna.

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