16 de junio 2011 - 00:00

Cameron, como Thatcher, forzado por la crisis

Sin más argumento que la fuerza, el primer ministro británico, David Cameron, le respondió ayer a la Argentina que la soberanía de las islas Malvinas no es negociable. Habló en la Cámara de los Comunes durante la sesión semanal de preguntas al primer ministro.

Esta semana, la visita del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, dio pie al Gobierno para insistir en el reclamo justo de negociar la soberanía del archipiélago. A uno y otro lado del Atlántico Norte y Sur, los máximos jefes de Estado levantaron el voltaje verbal de la cuestión Malvinas en coincidencia con la fecha -14 de junio- en que finalizaron las acciones militares en 1982.

Cameron, en medio de la crisis económica de la UE con foco en Grecia, está en campaña para doblegar la presión de los laboristas, que no quieren ceder a los recortes presupuestarios que impulsa el partido conservador en el programa de asistencia social. «Falklands» es un tópico que unifica criterios.

Aquí, el Gobierno nacional está en marcha por la continuidad de gestión en 2012, luego, Malvinas es un sentimiento. La burbuja local duró tan sólo el tiempo que demandó la traducción de los primeros cables de noticias, entre ellos de la BBC: «Mientras las islas quieran ser territorio soberano británico deben seguir siendo territorio soberano británico. Punto. Final de la historia», afirmó Cameron ante la pregunta de un diputado de su partido, Andrew Rosindel.

En la misma sesión, con lenguaje desafiante, Cameron contó a los legisladores el llamado de atención que hizo al jefe de la Royal Navy, quien había planteado dudas acerca de la participación británica junto con la OTAN en el conflicto de Libia. «Gran Bretaña mantendrá su intervención militar en Libia tanto como lo necesitemos», dijo con tono guerrero el premier a los parlamentarios. El jefe de la Royal Navy, almirante Mark Stanhope, primer lord del Mar, despertó la ira de Cameron cuando hizo pública su opinión, el martes pasado, acerca de que el Gobierno de Londres debería revisar las decisiones en caso de que la operación sobre Libia se extendiera por más de seis meses. Revelación que a ojos de cualquier analista del sector llevaría a concluir que el aparato bélico del Reino Unido no está en su mejor forma. Casi una repetición de aquellas filtraciones en tiempos de Margaret Thatcher, cuando se exhibía como carnada a la lupa militar criolla la debilidad de la Royal Navy por los recortes presupuestarios.

Hubo más, el parlamentario le pidió al premier que la próxima vez que viera al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, le recordara que «el Gobierno de su majestad nunca aceptará negociaciones sobre el archipiélago cuya soberanía reclama la Argentina».

El tiro por elevación a la administración estadounidense vino porque en la 41ª Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), que se llevó a cabo a principios de junio, se firmó una declaración final que insta a Gran Bretaña a retomar el camino de la negociación. Los Estados Unidos -socios estratégicos históricos de Gran Bretaña- adhirieron al consenso general del documento de la OEA. ¿Podrían haber elegido la abstención o quizá romper con el criterio regional como parece sugerir el sector halcón de los conservadores? Un trance difícil, sino imposible, significaría torcer el objetivo fundacional de la organización regional: lograr «un orden de paz y de justicia, fomentar su solidaridad, robustecer su colaboración y defender su soberanía, su integridad territorial y su independencia». Obama, como Cameron y Cristina de Kirchner, también tiene su campaña y busca ser reelecto; potenciales votantes latinos de los países miembro de la OEA residen en los Estados Unidos, particularmente en Florida, donde en 2008 ganó con una diferencia de sólo dos puntos.

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