31 de marzo 2011 - 00:00

Cavallo: “Debimos flexibilizar el uno a uno en el año 97”

El entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, anunció la Ley de Convertibilidad el 20 de marzo de 1991, junto a Roque Fernández, Carlos Sánchez y Vittorio Orsi.
El entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, anunció la Ley de Convertibilidad el 20 de marzo de 1991, junto a Roque Fernández, Carlos Sánchez y Vittorio Orsi.
El ex ministro de Economía Domingo Cavallo, analizó en una entrevista con ámbito.com los 20 años que pasaron desde que anunció la convertibilidad. Aseguró que fue un error abandonar el sistema en vez de pasar a tener «convertibilidad con un tipo de cambio flotante» y advirtió sobre el riesgo actual de no controlar la inflación. «Si la Argentina sigue emitiendo al nivel actual y el gasto público sigue alto, se seguirá acortando el plazo que falta hasta que haya peligro de espiralización de la inflación por una nueva devaluación», dijo. Y sentenció: «Ahora, aunque se planche el dólar como lo hace el Gobierno, es probable que la inflación no se frene. Ya está metida dentro de la economía».

Aquí lo destacado de la entrevista con Domingo Cavallo:

Periodista: ¿Cómo surgió la convertibilidad?

Domingo Cavallo: La Argentina estaba sufriendo una hiperinflación desde fines de 1988, luego de 15 años en estanflación y con una historia de 45 años de inflación persistente. Había que revertir un fenómeno inflacionario que había llegado a una situación de virtual destrucción del sistema monetario. Entonces, pensé que había que reconstruir el sistema. Sabía que casi todos estos sistemas habían nacido a través de un régimen de moneda patrón, para dotarla de credibilidad. Los que trabajamos en este tema pensamos en un esquema de moneda respaldada por el dólar, al estilo del de Bretton Woods. Teníamos un antecedente; habíamos tenido la moneda atada al patrón oro desde 1891 hasta 1930, a través de la Caja de Conversión. Dio resultado. La gente empezó a razonar como en los países que tienen moneda creíble.

P.: ¿Cuánto llevó el diseño del plan y con quién trabajó?

D.C.: Lo veníamos discutiendo con Juan Llach, Horacio Liendo y Carlos Sánchez. Yo tenía la idea de que se aplicara inmediatamente que asumiera el nuevo Gobierno de Carlos Menem, pero los dos primeros ministros de Economía no estuvieron interesados, pues tenían otro esquema en mente. Cuando asumió Erman González tampoco lo aplicó, a pesar de que tuvo hiperinflación en 1990. Cuando fui designado ministro de Economía tomé la decisión de que tan pronto como el Congreso aprobara la ley, pondríamos en marcha el nuevo sistema. Presentamos el proyecto el 14 de marzo, se aprobó el 28 de marzo y el 1 de abril entró en vigencia.

P.: ¿Qué contribuyó para que la medida tuviera aceptación?

D.C.: La gente estaba cansada de sufrir la inflación y la hiperinflación de los últimos tres años. Estaba ansiosa por vivir en estabilidad y al ofrecérsele un plan que de cuajo eliminaba la inflación y ofrecía la posibilidad de vivir como se vive en economías estables, obviamente lo aceptó.

P.: ¿De qué manera se eliminó de cuajo la inflación?

D.C.: La inflación es un fenómeno que tiene que ver con la confianza que inspira la moneda. Cuando la gente piensa que se desvaloriza día a día, sale a gastar la plata no bien la recibe y entonces la velocidad de circulación de la moneda es prácticamente infinita. Al introducirse una moneda que promete no desvalorizarse, la gente no está desesperada por gastar. Tampoco los comerciantes se desesperan por aumentar porque saben que el valor de la moneda no va a quedar atrasado.

P.: El respaldo era el dólar.

D.C.: La gente ya estaba acostumbrada a manejarse con el dólar porque las transacciones se hacían más en dólares que en australes. Era imposible recordar los precios en australes porque cambiaban constantemente. Al fijar una nueva moneda cuyo valor era igual al dólar, pero también dando la libertad de poder manejarse en dólares, la gente sintió que estaba viviendo en un clima de estabilidad. A partir de ahí la economía empezó a mejorar sin inflación, y no fue necesaria una recesión como sucede en muchos países. La economía empezó a crecer de inmediato. El primer año se creció un 10%.

P.: ¿La convertibilidad debía haberse flexibilizado?

D.C.: Siempre pensé que a la convertibilidad -con tipo de cambio fijo- iba a seguir un período de convertibilidad con un tipo de cambio flotante, como en todos los países. Convertibilidad significa que se puede convertir la moneda sin ningún tipo de limitación a cualquier otra moneda. Puede ser con tipo de cambio fijo en relación con alguna moneda patrón o puede ser como la mayoría de las monedas convertibles pero flotantes, una moneda que no tiene valor fijo respecto de las otras, sino flotante. Es lo que ocurre con el euro, el dólar canadiense y el yen, y como va a tender a ocurrir con el yuan.

P. ¿Cuándo hubiera sido conveniente hacerlo?

D.C.:
El momento oportuno hubiera sido en 1997, porque había una enorme entrada de capitales. En ese momento habría que haberlo dejado flotar y el peso no se hubiera devaluado, sino que se hubiera apreciado.

P.: ¿Por qué cree que no se hizo?

D.C.: Había resistencia. En ese momento, a los exportadores no les convenía la flotación porque iba a apreciarse la moneda (y les sería más difícil exportar). A los bancos tampoco, porque preferían que entraran muchos capitales, ya que el Central compraba dólares y eso les daba liquidez para prestar plata. A las provincias, que eran las que estaban gastando mucho y necesitaban pedir crédito a los bancos, tampoco les convenía porque si se dejaba flotar, el BCRA no monetizaría los dólares y los bancos no tendrían liquidez para prestarles. Se unieron esos intereses y los bancos dieron mucho crédito a provincias, que gastaron más de la cuenta, se endeudaron con el sistema bancario y ahí se fue gestando la crisis financiera de fines de 2001, que llevó a la destrucción del sistema monetario y de todas las reglas de juego que se habían instalado en los 90. El error no estuvo en no haber devaluado, sino en no haber dejado flotar cuando la moneda en lugar de devaluarse tendía a apreciarse.

P.: ¿Cómo se tomó la decisión de abandonar la convertibilidad?

D.C.:
Fue la forma de defaultear la deuda interna. La pesificación de los pasivos y activos más el abandono de la convertibilidad fue una forma de licuar las deudas, pero también se licuaron los activos de la gente, o sea, se desvalorizó el ahorro, con un costo social enorme y reintroduciendo la inflación como problema crónico de la economía.

P.: Una de las críticas que se le hace a la convertibilidad fue que no permitió a los sectores industriales competir con la oferta externa.

D.C.: Esa crítica no la hacían cuando yo estaba al frente del Ministerio, sino a partir de 1999, cuando Brasil devaluó. El problema de la desocupación y la desindustrialización sobrevino como consecuencia de que el dólar se hizo fuerte respecto de casi todas las monedas, en particular el real y el euro. En ese momento, el dólar estaba demasiado fuerte, nuestra moneda atada al dólar estaba demasiado fuerte, y las provincias en particular y el Estado nacional en alguna medida, se habían endeudado con el sistema bancario argentino a tasas de interés exorbitantes y no podían saldar esas deudas. Eso fue gestando la crisis financiera de 2001.

P.: ¿Usted fue convocado por el Gobierno de la Alianza para desarmar el sistema?

D.C.: No, fui convocado para desarmar el tipo de cambio fijo. La convertibilidad la defendía a muerte. Para mí, uno de los problemas que tiene la Argentina hoy es que no tiene una moneda convertible, hay muchas restricciones para comprar o vender dólares, ya ha aparecido el mercado paralelo, lo que va a acentuar los problemas a futuro. Yo nunca hubiera permitido que la moneda se transformara en inconvertible como es ahora, una moneda prácticamente desvinculada de las demás del mundo. Lo que yo sí quería desarmar era el tipo de cambio fijo. Pero como ya en ese momento haber dejado flotar hubiera significado lo que después ocurrió en 2002 -una fuerte devaluación-, y hubiera habido mucha presión para la pesificación, yo no era partidario de la libre flotación, sino de flexibilizar el tipo de cambio fijo por vía de una canasta de monedas. La idea era que cuando el dólar se igualara al euro, un peso iba a valer un dólar o un euro.

P.: ¿Hoy contra qué flotaría el peso?

D.C.: Hoy sería igual al dólar porque el dólar está muy débil. El dólar de hoy no es el de aquella época. Hoy los precios en dólares son altísimos para nuestros productos de exportación. El problema no se suscitó cuando el dólar estaba débil como está ahora, sino cuando el dólar estaba fuerte, como ocurrió entre 1995 y 2002, porque en 1995 se devaluaron varias monedas como el yuan chino y el peso mexicano. En 1997 se devaluaron frente al dólar muchas monedas asiáticas. En el 98, el rublo ruso; en el 99 se devaluó el real -el que más nos afectó- y hasta mediados de 2002 estuvo devaluándose el euro. En ese período, el dólar se fue haciendo fuerte y nosotros estábamos atados a la moneda más fuerte de todas. Eso fue inconveniente. Si nos hubiéramos desenganchado del dólar a mediados de 1997, lo hubiéramos hecho sin trauma porque había mucha entrada de capitales y el peso se hubiera apreciado. Cuando se devaluó el real, el peso seguramente también se hubiera devaluado con respecto al dólar, pero una devaluación como la que ocurre hoy con las monedas flotantes. Es decir, que no tiene efecto traumático porque es la otra cara de la moneda de lo que ocurre con los precios. La moneda devaluada en 1999 y 2000 no hubiera significado inflación en la Argentina porque los precios internacionales estaban por el suelo. Ahora sería al revés, ahora nuestra moneda estaría quizás apreciada frente al dólar, lo que le pasa a Brasil.

P.: ¿Qué ventaja tendríamos hoy si hubiera una moneda convertible y flotante?

D.C.: Que tendríamos inflación baja.

P.: Se están escuchando quejas en la Argentina porque muchos sostienen que el tipo de cambio no es fijo, pero se está en una situación parecida a la de la convertibilidad. ¿Coincide?

D.C.: Después de devaluar y del zafarrancho que se hizo en 2002, a fines de ese año se necesitaban 4 reales para comprar un dólar y 4 pesos para comprar un dólar. Si la Argentina hubiera hecho lo mismo que Brasil -dejar flotar-, hoy el peso estaría como el real. Estaríamos mucho mejor porque los precios no hubieran subido tanto. Al no haber dejado flotar la moneda y como el BCRA compró muchos dólares para evitar la apreciación del peso, permitió que subieran todos los precios y los salarios. Hoy, si se compara el precio del dólar con los costos internos, la situación es ya cercana al límite. Si los precios internos siguen aumentando y el dólar no aumenta, la gente va a sentir que la Argentina dejó de ser competitiva. Pero la cuestión es que una vez que se reintroduce la inflación en la economía, hay una inercia inflacionaria. Ahora, aunque se planche el dólar como lo hace el Gobierno, es probable que la inflación no se frene. Ya está metida dentro de la economía, lo que significa que dentro de algún tiempo, el dólar va a tener que pegar un salto hacia arriba y en ese momento va a haber una sensación de crisis.

P.: ¿Todavía no se ven condiciones de espiralización de la inflación?

D.C.: No, porque al estar débil el dólar en el mundo y los precios de exportación tan elevados, están ayudando a la Argentina a prolongar este período de recuperación de precios y salarios respecto del nivel del dólar. Pero si se revierten las tendencias internacionales y si la Argentina sigue emitiendo al nivel actual y con el gasto público alto, seguirá acortando el plazo que falta hasta que haya peligro de espiralización de la inflación por una nueva devaluación.

P.: ¿Una nueva crisis?

D.C.: Sólo si no se ataca el problema inflacionario antes. Seguro que antes de una elección no va a haber señales en esta dirección. Por parte del Gobierno, no la puede haber porque significaría reconocer que la inflación existe, y la estrategia del Gobierno es desconocer ese problema. Si la oposición bosquejara un plan antiinflacionario, el Gobierno diría que está buscando enfriar la economía y eso le puede restar votos. En un clima preelectoral, lo más probable es que nadie hable de un plan serio. Cualquiera sea, cuando asuma el nuevo Gobierno, lo primero que deberá hacer es enfrentar el problema inflacionario. De lo contrario, cada vez estaremos más cerca de una situación crítica.

P.: ¿Lo ve factible?

D.C.: Un Gobierno inteligente, después de ganar las elecciones debería tener un plan antiinflacionario serio de entrada, que va a ser menos costoso que un plan en medio de una tremenda crisis. Si quien gana las elecciones entiende bien los riesgos que tiene, con la baja probabilidad que existe de que pueda tirar cuatro años más como se ha venido tirando en últimos tiempos, lo más sensato sería encarar el problema de entrada.

P.: ¿Cómo debería ser ese plan?

D.C.: Tiene que producir un sinceramiento en la economía. No se puede frenar la inflación manteniendo los desequilibrios fiscales en potencia que hoy existen por los enormes subsidios para mantener congelado el precio del transporte, la electricidad, el gas.

P.: ¿Es viable ajustar las tarifas?

D.C.: Va a ser más viable apenas asuma un nuevo Gobierno que a medida que pase el tiempo y se aproximen nuevas elecciones. Además, no es la única medida el ajuste de tarifas, hay que bajar el gasto, eliminar impuestos distorsivos que desalientan la inversión y la producción. Se necesita un programa económico integral creíble para la gente, explicado de manera sincera. No es fácil esa tarea; nunca ha sido fácil frenar un proceso inflacionario. Por eso, la Argentina lo frenó 45 años después de que empezó la inflación. Todos los planes anteriores, el del 52 de Perón, el de 58-59 de Arturo Frondizi, el de Adalbert Krieger Vasena, todos los planes de estabilización terminaron mal. A los dos o tres años, se abandonaron y la inflación fue más alta que antes de implementar el plan. Por eso pasamos de una inflación del 15% al 30% anual a otra superior al 150% después del Rodrigazo y a la hiperinflación del 89. Luchar contra la inflación es muy complicado y requiere gran determinación e inteligencia política, además de una gran convicción de que la inflación es mala para la economía y que es la principal causa del aumento de la pobreza.

P.: Se sigue escuchando que con inflación se puede crecer.

D.C.: Los dirigentes no deberían pensar así porque cada vez va a haber más inflación a menos que ese poquito se elimine. La estabilidad se logra sin inflación o con muy poca. Cuando hay inflación y va aumentando la tendencia, lo esperable es que va a haber más inflación, no menos. Los encargados de darse cuenta del riesgo son los dirigentes.

P.: ¿Qué es lo primero que debería hacer el nuevo Gobierno?

D.C.: Armar un plan económico que apunte a bajar la tasa de inflación. Debe reorganizar la economía, redefinir reglas de juego que lamentablemente han quedado totalmente distorsionadas desde 2002. Un nuevo Gobierno lo primero que tiene que hacer es dejar claro qué tipo de organización económica visualiza para el futuro que permita a la Argentina estar integrada al mundo y obtener beneficios duraderos. Hacer al Banco Central responsable de la lucha contra la inflación y darle autonomía para manejar la política monetaria para bajarla. Necesitamos una moneda convertible, pero flotante y un Central enderezado a mantener baja la inflación; eso va a producir los mismos efectos que en su momento produjo la convertibilidad con tipo de cambio fijo, que fue ayudar a un clima de estabilidad.

Entrevista de Liliana Franco

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