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Cede la Argentina con Lula para liberar comercio con Brasil
Risas y abrazos en la recepción ayer de Luiz Inácio Lula da Silva a Cristina de Kirchner en la Cancillería en Brasilia. Hubo claros intentos de ambos por calmar el impacto de la crisis comercial entre los dos países, pero ninguna solución de fondo.
Hubo, de todas formas, alegrías para los argentinos. La empresa Vale do Rio Doce le confirmó a Cristina de Kirchner una inversión por u$s 3.500 millones en la zona mendocina de Malargüe para la producción de potasio; se definió la operación de compra por parte de la Argentina de 19 aviones Embraer para reemplazar a los MD 80 que vuelan para Aerolíneas Argentinas y Austral por un total de u$s 700 millones, que serán financiados en un 85% por Brasil, con 40% de esos fondos acordados entre el BNDES y el Banco Nación.
Así, los abrazos, fotos y acuerdos firmados ayer entre los dos presidentes no alcanzaron para solucionar la crisis comercial entre los dos países. La declaración final de la cumbre de ayer en Brasilia terminó, para colmo, con un cruce de discursos donde Lula le recordó a la Argentina su dependencia del mercado basileño por el nivel de exportaciones y compras (en algunos párrafos hasta exageradas en los números) y Cristina de Kirchner pidió considerar las diferencias en el tamaño de cada una de las economías a la hora de discutir sobre intercambio comercial.
Otra prueba de la mecánica con que se maneja la diplomacia comercial brasileña la dio ayer la poderosa FIESP, la central industrial, símil de la UIA argentina, pero con poder real. Esos industriales, en boca de Paulo Skaf, su presidente, le dieron la bienvenida a Cristina de Kirchner a Brasilia con una protesta en los medios contra las restricciones que aplicó el Gobierno en manos de Guillermo Moreno a la importación de productos brasileños. Por si no les quedaba claro a los argentinos el impacto de esa medida en Brasil le recordaron que terminaron afectando el 17% de las exportaciones a la Argentina, el doble de lo que había declarado Amado Boudou en Buenos Aires. Nadie negaba ayer en Brasilia que la protesta de la FIESP no hubiera estado acordada con el Gobierno de Lula para aumentar la presión de la negociación.
Ése fue el tema central de la reunión de ayer, que comenzó con un encuentro entre Lula, Cristina de Kirchner, los cancilleres Jorge Taiana y Celso Amorim; los ministros de Industria, Débora Giorgi y Miguel Jorge; y los de Economía, Guido Mantega y Boudou; y Alfredo Chiaradía, secretario de Relaciones Económicas Internacionales. Continuó luego en un aparte de Lula y Cristina de Kirchner sólo con los cancilleres.
Fue el momento de pasar el peine fino al conflicto y emitir un comunicado conjunto específico sobre los problemas comerciales para intentar salvar lo que la negociación a puertas cerradas no había podido acordar. Durante dos horas parte de los gabinetes de la Argentina y Brasil discutieron junto con los presidentes sobre los lentos avances en el inicio de la construcción de la represa Garabí, sobre el río Uruguay; la planificación para una segunda central sobre el mismo río; acuerdos de cooperación técnica y turística; un sistema de coordinación para el registro de medicamentos, y la compra de aviones y subtes. Pero poco avance hubo sobre el freno comercial que suponen las restricciones argentinas al ingreso de productos industriales brasileños que aplicó Moreno y las que sufrieron los exportadores locales en su intento por vender alimentos a Brasil.


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