26 de septiembre 2012 - 00:00

Centenaria teoría contra Fed, BCE, Merkel y Obama

Wall Street conoce una máxima de hierro: «No hay que pelear con la Fed». Si en plena campaña electoral, Ben Bernanke, su titular, alumbra el bendito QE3 -y para mejor lo define como una chequera sin tope de monto- ¿qué sentido tendría ir de punta, a contramano de la promesa de estímulo ilimitado, y apostar por un traspié de la economía? Sin embargo, con las inclemencias del clima y el paso corrosivo del tiempo las verdades de hierro pueden oxidarse... ¿o no? No es la tesitura, por cierto, que asume el grueso de los inversores de riesgo. Las Bolsas treparon a cuenta y después de una catarata de anuncios favorables la suba prosigue con cautela. No se observa una carrera desbocada como podría pensarse, pero tampoco existe el ánimo de litigio. Habría que pelear no sólo con la Fed como desaconseja el refrán. La lista de contrincantes incluye al BCE y su compromiso de intervención, a la canciller Merkel en una faceta extrañamente contemporarizadora (casi zen) y, por último, a la mano invisible de Barack Obama que no deja rastro pero tampoco deja de acumular agua para su molino. ¿Quién, en su sano juicio, embistiría contra esa legión emblemática? Hay un único querellante: el índice Dow Jones de Transporte (DJT), una canasta de 20 acciones que reúne aerolíneas, correos privados, compañías ferroviarias y de transporte por carretera. Así mientras el Dow Jones Industrial, la principal referencia de Wall Street, alcanzó nuevos máximos post-Lehman la semana pasada, el DJT se derrumbó el 5,9%. Lejos de flirtear con los récords fue la caída más profunda desde noviembre de 2011.

Para los seguidores de la centenaria Teoría de Charles Dow (el padre de los índices) la divergencia es pésima señal. La contradicción es imposible de obviar: la tendencia del DJT apunta a la baja desde sus máximos de julio de 2011. Y su comportamiento no es caprichoso. El balance de FedEx le propinó el último empujón. La debilidad de la economía global mordió los márgenes de la compañía. Y si el transporte va de la mano de la producción (en especial, de la producción de bienes) la caída de los despachos de FedEx no augura nada bueno. No vislumbra, al menos, el escenario rosado que promete el DJ Industrial.

¿Qué hacer en la disyuntiva? ¿Ignorar el punto? La estrategia del avestruz rara vez provee una solución inteligente. ¿Tomarlo como una aberración? De hecho, no lo es. El DJT expone una realidad fácil de reconocer: el vigor de la recuperación económica -dentro y fuera de los EE.UU.- se escurre entre los dedos.

El quid de la coyuntura no pasa por los fundamentos sino más bien por la liquidez de los portafolios. Hay demasiado efectivo en las carteras (o instrumentos de renta fija con rendimientos irrisorios) como para gatillar una corrección de los activos de riesgo que no se interrumpa por la aparición de nuevos compradores. Hay que entender que la película que proyecta el DJT no exagera, mas es difícil de vender fuera del sector directamente involucrado. Existe, en efecto, una economía preñada de debilidad. Pero esa debilidad es la que forzó a los bancos centrales a salir al ruedo de manera agresiva. En definitiva, el DJT alerta sobre un problema que no se desconoce. Todo lo contrario. La política económica del G-7 ya descerrajó su artillería. Al unísono (como no ocurría desde 2009). ¿Tendrá éxito? Si no, se insistirá (el QE3 innova con un objetivo de (des)empleo). Pero, por lo visto, se aceptan apuestas. El DJT es escéptico. El DJ Industrial le da crédito. ¿Será porque estima que la cruzada monetaria saneará a la economía real? ¿O, simplemente, porque considera que tamaña bocanada de liquidez les dará soporte, por lo menos por un buen tiempo, a los mercados financieros? No hay manera de descifrarlo. No obstante, la mala espina que puede inculcar el DJT tiene, de momento, un muy buen antídoto en las promesas de volcar más asistencia si fuera necesario. En el corto plazo, inclusive, debería regir la lógica de «cuanto peor, mejor». Los pobres números económicos le darán la razón a la intervención realizada; no serán una comprobación de su fracaso ya que se sabe que hay que concederles tiempo a las medidas. Si los indicadores no progresan, la Fed dixit de su objetivo laboral, se vertirá más estímulo. Y, mientras dure el período de gracia, qué mejor aliciente para los activos de riesgo.