Circunstancias reales que compiten con la ficción

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En la avant premier de «El Mural», el director Héctor Olivera saludaba satisfecho. Pero un clima de suspenso se vivía antes de ingresar a la sala. «Ejercicio plástico» acababa de ser expropiado por el Estado, y en el lobby del cine se cruzaban los actores con los funcionarios encargados de ponerle precio al mural, que hoy mismo, como un trofeo, será instalado en la Aduana Taylor. También se encontraban allí quienes esperan cobrar el valor de la pintura o, al menos, una buena parte de esa suma. Hasta ayer el monto se mantenía en reserva, pero se sabe que no son monedas las que están en juego sino varios millones. No faltaban quienes estuvieron ese día en Tribunales, para declarar en un juicio comercial que se prolonga desde hace más de una década. Es decir, hoy como ayer, las circunstancias que rodean a «Ejercicio plástico», compiten con la ficción.

Consultado sobre el valor del mural, el experto James Oles, catedrático de la Universidad de Boston -donde Julia Roberts filmó «La sonrisa de la Mona Lisa»-, nos responde: «¿Cuánto valdría la estatua de Rodin en Buenos Aires? ¿Cuanto vale el Obelisco? ¿Cuanto vale un país sin monumentos?». Oles, enterado de un intento de venta, aclara: «Ejercicio plástico debería quedarse en el país en un museo público».

Mientras en el extranjero se considera el mural una obra clave de la vanguardia internacional, en la Argentina, los valores estéticos del mural fueron suplantados por un folletín, y se discuten todavía con obstinación, de un modo casi perverso. El mural permaneció en el sótano de la quinta Los Granados hasta que lo cortaron en pedazos como un mecano y a la medida de cuatro containers, para llevarlo de gira por el mundo y ganar dinero con su exhibición. Sentenciado a una playa de grúas, recién cuando se convirtió en razón de estado, pudo escapar a la prisión.

A.M.Q.

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